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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

PLEGARIA DEL PAPA JUAN PABLO II
 A LA INMACULADA VIRGEN MARÍA

Nagasaki, 26 de febrero de 1981

 

Al tener la oportunidad de visitar esta casa, marcada por la memoria del Beato Maximiliano Kolbe, quisiera hacerme partícipe, en cierto sentido, del espíritu de ese celo apostólico que le trajo a Japón y proferir aquí las palabras que este hijo de San Francisco, llama viva de amor, parece decirnos a nosotros todavía.

Estas palabras están dirigidas a Ti, Virgen Inmaculada. Fue a Ti a quien rogó el padre Maximiliano; a Ti, la única elegida eternamente para ser la Madre del Hijo de Dios; a Ti, la única a quien nunca tocó la mancha del pecado original, a causa de esa santa maternidad; a Ti, la única que fue su Madre y la Madre de nuestra esperanza.

Permíteme a mí, Juan Pablo II, Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro, y al mismo tiempo un hijo de la misma nación que el Beato Maximiliano Kolbe, permíteme, Inmaculada, confiarte la Iglesia de tu Hijo, la Iglesia que durante más de cuatrocientos años ha llevado a cabo su misión en Japón. Esta es la antigua Iglesia de los grandes mártires y recios confesores. Y es la Iglesia de hoy, que recorre su camino una vez más a través del servicio de los obispos, del trabajo de los sacerdotes, religiosos y religiosas, sean japoneses o misioneros, y a través del testimonio de los seglares cristianos que viven en sus familias y en las diferentes esferas de la sociedad, modelando su cultura y su civilización cada día y trabajando por el bien común.

Esta Iglesia es verdaderamente aquel "pequeño rebaño" del Evangelio, igual que los primeros discípulos y confesores, el pequeño rebaño a quien Cristo dijo: "No temáis... porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino" (Lc 12, 32).

¡Oh Madre Inmaculada de la Iglesia, a través de tu humilde intercesión ante tu Hijo, haz que este "pequeño rebaño" sea, cada día, un signo más elocuente del Reino de Dios en Japón! Haz que, a través de él, este Reino brille cada vez más intensamente en la vida de los hombres y se extienda a otros a través de la gracia de la fe, y a través del santo bautismo. Que se haga cada vez más fuerte por el ejemplo de vida cristiana de los hijos e hijas de la Iglesia en Japón. Que se haga fuerte en él la esperanza de la venida del Señor, cuando la historia y el mundo serán consumados sólo en Dios.

Todo esto te lo confío a Ti, oh Inmaculada, y esto imploro de Cristo por intercesión de todos los santos y beatos mártires japoneses, y del Beato Maximiliano Kolbe, el apóstol que tanto amó esta tierra. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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