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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL SAGRADO COLEGIO EN SU FIESTA ONOMÁSTICA


Sábado 4 de noviembre de 1978

 

Deseo agradecer de todo corazón las expresiones de benevolencia hacia mi persona. El día del santo siempre hace converger la atención y cariño de los más cercanos, de la familia, hacia la persona que lleva un nombre determinado. Este nombre nos recuerda el amor de nuestros padres que al imponerlo querían en cierto modo precisar el puesto de su hijo en la comunidad de amor que es la familia. Ellos han sido los primeros que le han llamado con ese nombre y con ellos, los hermanos y hermanas, los parientes, los amigos y los compañeros. Y así el nombre ha trazado el camino del hombre entre los hombres; entre los hombres más cercanos y más queridos.

Pero el misterio del nombre va más lejos. Los padres, que impusieron el nombre al niño en el bautismo, querían indicar su puesto en la gran asamblea de amor que es la Familia de Dios. La Iglesia sobre la tierra propende incesantemente hacia las dimensiones de esta familia en el misterio de la Comunión de los Santos. Al imponer el nombre al propio hijo, los padres quieren introducirlo en la continuidad de este misterio.

Mis padres queridísimos me dieron el nombre de Karol (Carlos), que era también el nombre de mi padre. Ciertamente, jamás pudieron prever ellos (los dos murieron jóvenes) que este nombre iba a abrir a su niño el camino entre los grandes acontecimientos de la Iglesia de hoy.

¡San Carlos! Cuántas veces me he arrodillado ante sus reliquias en la catedral de Milán. Cuántas veces he meditado en su vida, contemplando en mi mente la figura gigantesca de este hombre de Dios y siervo de la Iglesia, Carlos Borromeo, cardenal, obispo de Milán y hombre del Concilio. Es él uno de los grandes protagonistas de la reforma profunda de la Iglesia del siglo XVI, realizada por el Concilio de Trento, que quedará siempre vinculada a su nombre; también es él uno de los artífices de la institución de los seminarios eclesiásticos, confirmada en toda su esencia por el Concilio Vaticano II. El fue asimismo siervo de las almas, que no se dejaba nunca amedrentar; siervo de los que sufrían, de los enfermos, de los condenados a muerte.

¡Mi Patrono! En su nombre mis padres, mi parroquia y mi patria se proponían prepararme desde el principio a un singular servicio a la Iglesia, en el contexto del actual Concilio, con tantas tareas inherentes a su puesta en práctica, y también en el conjunto de las experiencias y sufrimientos del hombre de hoy.

Que Dios os pague, venerados hermanos, cardenales de la Santa Iglesia Romana, el haber querido venerar conmigo hoy a San Carlos en mi indigna persona. Dios premie a todos cuantos lo hacen junto con vosotros.

¡Ojalá llegue a ser imitador suyo, al menos en parte!

Confío en que vuestras oraciones y las oraciones de todos los hombres buenos, nobles, benévolos, hermanos y hermanas míos, me ayudarán en ello.

Y ahora, antes de terminar este discurso, séame permitido dirigirme de modo particular a usted, venerado y querido Decano del Sacro Colegio, portador del mismo nombre de Carlos. Tenemos el mismo Patrono y celebramos el santo el mismo día. De mi parte, le deseo también todo lo mejor. Y lo hago desde lo hondo del corazón, con profundísima gratitud. El Decano del Sacro Colegio ha tenido conmigo gran benevolencia en estos primeros días de mi pontificado. Cada vez que habla, sus palabras rebosan amor y entrega; y yo recibo las expresiones que hoy me ha dirigido como señal de apoyo singular en mis primeros pasos al comenzar mi nueva misión. Se lo agradezco de corazón. Y pido a San Carlos, nuestro Patrono común, que bendiga su persona a lo largo de toda la vida, por todos los días llenos de amor a la Iglesia y caracterizados por un espíritu de entrega y servicio que a todos nos edifica.

Con mi bendición apostólica especial.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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