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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL SECRETARIADO
PARA LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS


Sábado 18 de noviembre de 1978

 

Queridos hermanos en el Episcopado,
queridos hijos:

Me parece muy significativo que apenas un mes después de mi elección a la Sede de Roma, pueda recibiros a vosotros que habéis venido de los cinco continentes para tomar parte en la reunión plenaria del Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos. En efecto, la restauración dé la unidad entre todos los cristianos era uno de los objetivos principales del Concilio Va­ticano II (cf. Unitatis redintegratio, 1), y desde mi elección me comprometí formalmente a promover la puesta en práctica de sus normas y orientaciones, considerando que éste era para mí un deber primordial. Vuestra presencia aquí hoy tiene. por tanto, valor simbólico. Pone de manifiesto que la Iglesia católica, fiel a la orientación recibida del Concilio. no sólo quiere continuar avanzando por el camino que lleva a la restauración de la unidad. sino que desea intensificar a todos los niveles, en la medida de sus medios y con plena docilidad a las sugerencias del Espíritu (cf. ib., 24), su cooperación en este gran "movimiento" de todos los cristianos (cf. ib.. 4).

Un movimiento ni se detiene ni debe detenerse antes de haber alcanzado su objetivo. Ahora bien, no lo hemos alcanzado todavía. aunque es verdad que debemos dar gracias al Señor por el camino recorrido desde el Concilio. Precisamente os habéis reunido para hacer balance, para ver dónde estamos. Después de estos años de tantos esfuerzos, animados de intensa buena voluntad y generosidad incansable, alimentados con tantas oraciones y sacrificios, ha sido oportuno echar una mirada panorámica a fin de evaluar los resultados obtenidos y discernir cuáles son las vías mejores para continuar avanzando. Pues de esto se trata. Como nos aconseja el Apóstol, hace falta ir siempre hacia adelante para seguir nuestra carrera (cf. Flp 3, 13), con una fe que no conozca miedos, pues sabe en quién cree y con quién cuenta. Pero nuestra prisa por llegar, la urgencia de poner fin al escándalo intolerable de la desunión de los cristianos, nos obligan a evitar "toda ligereza o celo imprudente que puedan perjudicar el progreso de la unidad" (Unitatis redintegratio, 24). No se cura el mal suministrando analgésicos, sino atacando las causas.

En particular quisiera recordar ahora que el Concilio tenía la persuasión de que la Iglesia se manifiesta principalmente en la reunión de los suyos para celebrar una misma Eucaristía en un único altar, que preside el obispo rodeado de su presbiterio y de sus ministros (Sacrosanctum Concilium, 41). Aunque es verdad que una tal celebración eucarística solemne así, puede tener lugar sólo raras veces en nuestro mundo moderno, no es menos cierto que en cada celebración eucarística entra en acción toda la fe de la Iglesia, y se manifiesta y realiza la comunión eclesial en todas sus dimensiones. No se pueden disociar arbitrariamente los elementos que la componen. Actuar así sería dar prueba de esa ligereza que el Concilio nos pide evitar. Sería no captar todas las riquezas, exigencias y la estrecha relación entre la Eucaristía y la unidad de la Iglesia. Yo sé que cuanto más nos reunimos como hermanos en la caridad de Cristo, tanto más penoso nos resulta no poder participar juntos en este gran misterio. ¿No he dicho ya que resultan intolerables las divisiones entre cristianos? Este sufrimiento debe estimularnos a vencer los obstáculos que todavía nos separan de la profesión unánime de la misma fe, y de la reunificación de nuestras comunidades separadas con un mismo ministerio sacramental. No podemos dispensarnos de resolver juntos estas cuestiones que han separado a los cristianos. Sería una caridad muy mal iluminada la que quisiera manifestarse a costa de la verdad. Buscar la verdad en la caridad es un principio que se complacía en repetir el primer Presidente del Secretariado, el venerado cardenal Bea, de quien habéis conmemorado estos días el X aniversario de la muerte.

En colaboración estrecha y confiada con nuestros hermanos de las otras Iglesias, hace ya trece años que el Secretariado se consagra a la búsqueda de un acuerdo sobre los puntos que aún nos separan, a la vez que se esfuerza por fomentar dentro de la Iglesia católica una mentalidad, un espíritu y una fidelidad acordes con los deseos del Concilio, sin los cuales los resultados positivos ya logrados en los distintos diálogos, no podrían ser acogidos por el pueblo fiel.

Hay que recordar aquí que el Concilio pedía que se hiciera un esfuerzo especial en la enseñanza de la teología y en la formación de la mentalidad de los futuros sacerdotes (cf. Unitatis redintegratio, 10). Ello es particularmente importante en nuestros días, en los que esta enseñanza no puede ignorar los resultados de los diálogos que actualmente se llevan a cabo. ¿Cómo podrían encontrar estos sacerdotes, una vez dedicados al ministerio bajo la dirección del obispo, la manera pastoralmente responsable y prudente de informar al pueblo fiel acerca de los diálogos y su progreso, si ellos mismos no han sido iniciados en ellos antes. durante el tiempo de su formación?

Efectivamente, no puede haber ni desequilibrios ni menos aún la mínima oposición entre la profundización de la unidad de la Iglesia por medio de la renovación. y la búsqueda de la restauración de la unidad entre los cristianos divididos. Se trata de la misma unidad por la que Cristo ha orado y que el Espíritu Santo realiza; debe haber, por tanto, interacción incesante entre los dos aspectos inseparables de un mismo esfuerzo pastoral, que debe serlo de toda la Iglesia. Vosotros lo sabéis, vosotros que venís de vuestras diócesis a ayudarnos a explicitar, a la luz de vuestras experiencias, todo lo que implica el Concilio en el terreno de la unidad. y con miras a afrontar las exigencias nacidas de circunstancias nuevas que el mismo progreso del movimiento ecuménico ha originado.

Os agradezco de corazón que hayáis venido y me hayáis dedicado este tiempo, pues sé cuán precioso es.

A quienes terminan su servicio a la unidad en calidad de miembros del Secretariado, quiero expresarle mi gratitud muy particular, y confiar en que serán promotores inteligentes y entusiastas de la tarea ecuménica, a nivel local y regional en las diócesis y en las Conferencias Episcopales.

Los esfuerzos constantes de todos y la vigilancia son requisitos para fomentar y ahondar sin cesar esta unidad, que constituye el centro del ministerio de la Iglesia. ¿Acaso no es la Iglesia "como un sacramento en Cristo, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género huma­no"? (Lumen gentium, 1).

Servir a la Iglesia es servir a Cristo en su designio de "reunir en uno todos los hijos de Dios, que están dispersos" (Jn 11, 52). y de renovarlo todo y recapitularlo finalmente en El, para someterlo todo a su Padre a fin de que seamos todos en el Espíritu eternamente alabanza de su gloria. ¡Este servicio es grande! Es digno de todas nuestras energías. En verdad sobrepasa nuestras propias fuerzas. Nos obliga a orar continuamente. Que el Señor os ilumine y fortalezca. En su nombre os bendigo.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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