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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LA CONGREGACIÓN DE SAN JOSÉ (JOSEFINOS DE MURIALDO)
EN EL 150 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO
DE SAN LEONARDO MURIALDO
Viernes 1 de diciembre de 1978
Queridos hijos:
Reunidos en Roma para vuestro congreso organizativo anual, que esta vez
coincide con el 150 aniversario del nacimiento del fundador de vuestro
instituto, San Leonardo Murialdo, habéis expresado el deseo de encontraros con
el nuevo Papa, para manifestar al Vicario de Cristo vuestra fidelidad y para
recibir una palabra suya.
Al expresaros mi gratitud por este gesto diligente y gentil, presento, ante
todo, mi saludo más cordial a cada uno de vosotros y con mucho gusto me uno a
vuestra celebración, deseando que os sirva de estímulo para un renovado interés
en vuestra vida espiritual y en vuestro celo apostólico.
Deseo, además, aprovechar este encuentro para exhortares a manteneros fieles a
tres consignas de vuestro fundador.
1. La búsqueda de la santidad.
«Haceos santos y hacedlo pronto», ésa es la exhortación constante de Murialdo.
Esa debe ser vuestra primera preocupación y vuestro empeño fundamental.
La santidad consiste, primeramente, en vivir con convicción la realidad del amor
de Dios, a pesar de las dificultades de la historia y de la propia vida.
En su «Testamento espiritual» escribió Murialdo: «Desearía vivamente que la
congregación de San José mirase sobre todo a difundir a su alrededor, y
especialmente dentro de ella, el conocimiento del amor infinito, actual e
individual, que Dios tiene por todas las almas, mucho más por las fieles, y de
modo particular por sus elegidos y predilectos —los sacerdotes y religiosos—;
el amor personal que El tiene por cada uno. Se lee en los libros de piedad, se
predica desde el púlpito que Dios ha amado mucho a los hombres; pero no se
reflexiona que es ahora, actualmente, en esta misma hora, cuando Dios nos ama
verdadera e infinitamente...».
También yo quiero deciros esto a todos: en vuestras dificultades, en los
momentos de prueba y desaliento, cuando parece que toda dedicación está como
vacía de interés y de valor, ¡tened presente que Dios conoce vuestros afanes!
¡Dios os ama uno por uno, está cercano a vosotros, os comprende! Confiad en El,
y en esta certeza encontrad el coraje y la alegría para cumplir con amor y con
gozo vuestro deber.
La "santidad" consiste, además, en la vida de ocultamiento y de humildad:
saberse sumergir en el trabajo cotidiano de los hombres, pero en silencio, sin
ruidos de crónica, sin ecos mundanos. «Hagamos y callemos»: era el lema
programático de vuestro fundador. ¡Hacer y callar! Qué actualidad tiene también
hoy este programa de vida y de apostolado.
¡Aprovechad bien, hijos queridos, las enseñanzas de vuestro Santo! ¡Ellas
señalan el camino seguro para la venida del reino de Dios!
2. La segunda característica de San Leonardo Murialdo es el afán pedagógico.
Fue, sin duda, un gran educador, como Don Bosco, y dedicó su vida entera a la
educación de los niños y de los jóvenes, convencido del valor del método
preventivo y de la orientación cristocéntrica.
Meditemos juntos lo que él escribió a los hermanos reunidos en los ejercicios
espirituales de 1898: «El amor de Dios produzca el celo por la salvación de los
jovencitos: ne perdantur, dice San Juan Crisóstomo, "para que no se pierdan",
no se condenen y, por tanto,... verdadero celo de salvarlos, de instruirlos bien
en la religión, de insinuarles el amor de Dios, de Jesucristo, de María, y el
celo de salvarse. Pero todo esto no se conseguirá si no se tiene humildad de
corazón».
Es una exhortación de la que el Papa quiere hacerse eco esta mañana. Sea éste
vuestro estímulo: ¡Educar para salvar!
La «pedagogía de la salvación eterna» desencadena lógicamente la
«pedagogía del
amor». Comprometed totalmente vuestra vida para edificar, para formar a los
niños y a los jóvenes, comportándoos de tal manera que vuestra vida sea para
ellos un ejemplo constante de virtud: hay que hacerse pequeños con los
pequeños, hay que hacerse todo para todos, con el fin de ganar a todos para
Cristo.
La bondad de corazón, la afabilidad, la paciencia, la cortesía, la alegría son
elementos necesarios para "tener garra", para formar, para llevar a Cristo, para
salvar, y muchas veces exigen esfuerzo y sacrificio. A pesar de las
dificultades, debéis continuar en vuestro afán con amor y entrega, porque la
obra del educador tiene un valor eterno.
3. Finalmente, querría poner de relieve una última característica, que me
parece importante para definir más completamente la fisonomía de Murialdo, y
es su profunda fidelidad a la Iglesia y al Papa. Vivió en una época muy difícil
para la Iglesia, especialmente en Italia, y como hombre inteligente y previsor
que era, se había dado perfectamente cuenta de que los tiempos estaban
cambiando rápidamente, y que era mejor para la Iglesia no tener más
preocupaciones de "poder temporal". De ello dan fe sus escritos, tan profundos
y equilibrados. Confiaba en la Providencia, siguiendo el ejemplo de San José,
cuyo nombre lleva vuestra congregación.
¡Obrad así también vosotros! ¡Amad a la Iglesia! ¡Amad al Papa! Sed dóciles a sus enseñanzas y a sus orientaciones. bien convencidos de que el Señor
quiere la unidad en la verdad y en la caridad, y de que el Espíritu Santo asiste
al Vicario de Cristo en su obra indispensable y salvífica. Y rezad y haced rezar
por el Papa y por la Iglesia a vuestros jóvenes y fieles.
No podemos terminar más que dirigiéndonos a María Santísima, tan amada y
venerada por Murialdo, que recurría a Ella como a la Mediadora universal de
todas las gracias. En sus cartas continuamente volvía el pensamiento sobre
María. en ellas inculcaba el rezo del Rosario, confiaba a sus hijos la difusión
de la devoción a la Santísima Virgen, y afirmaba: «Si se quiere hacer un poco
de bien entre los jóvenes, es necesario infundirles el amor a Maria». La obra
benéfica desarrollada por vuestro fundador constituye la confirmación mejor de
esto Seguid también en ello su ejemplo.
Con estos deseos, mientras pienso con admiración en el gran trabajo que lleváis
a cabo en varias partes del mundo, especialmente en favor de la juventud, pido
al Señor la abundancia de sus gracias y favores sobre vuestro apostolado, y con
particular afecto. queridos hijos, os doy a vosotros y a todos vuestros jóvenes
y a vuestras parroquias la suplicada bendición apostólica.
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