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ALOCUCIÓN DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO
Miércoles 20 de diciembre de 1978
Queridos niños y niñas y queridos jóvenes:
También este miércoles tiene lugar el acostumbrado, pero cordial y
significativo, encuentro en esta Basílica Vaticana, entre el Papa y todos
vosotros, tan numerosos, alegres y elocuentes en vuestros animados rostros y
en vuestro afectuoso recibimiento.
El Papa, que representa la juventud de Cristo y de la Iglesia, se alegra
siempre al encontrarse con quienes son la expresión de la juventud de la vida y
de la humanidad.
Hay, pues, entre nosotros una afinidad de espíritu; se confirma una como
exigencia de entretenernos como verdaderos amigos; se siente el gozo de
comunicar alegrías, esperanzas, ideales; florece vivo y espontáneo el deseo de
diálogo que, por parte del Papa, se traduce en la enseñanza de la verdad y de la
bondad, en exhortación y estímulo, en afecto y bendición; mientras que, por
parte vuestra, niños y jóvenes, se manifiesta en la acogida libre y gustosa de
dichas enseñanzas paternas, se expresa en el propósito de llevar a la práctica
cuanto aquí se os dice, se concreta en el compromiso de ser testimonio entre
vuestros coetáneos de la verdadera alegría que florece en los corazones
buenos, puros, ricos de la gracia del Señor.
Quiero llamar hoy vuestra atención sobre esta gracia que se manifiesta, de
manera muy particular y emocionante, en la Encarnación del Verbo de Dios, o sea,
en el nacimiento temporal de Jesús, para que también vosotros, contemplando el
gran misterio de amor y de luz, que irradia el Niño celeste, podáis, como los
pastores de Belén, volver a vuestras casas llenos de alegría, cantando el
hosanna a Dios en lo alto de los cielos por el inefable don de su Hijo
Unigénito, hecho a los hombres, y comunicando esta misma alegría a los demás.
«¡El Señor está cerca!», nos repite la liturgia en estos días con acentos cada
vez más vibrantes y emocionados. Debemos decir sinceramente que, si el corazón
se alegra con este anuncio, la mente se plantea esta pregunta: ¿Para qué viene a
nosotros el Señor? A tal pregunta respondo, reanudando y completando el tema del
Adviento, iniciado en las semanas anteriores. En él se han esbozado tres
grandes verdades fundamentales: Dios, que crea y se revela a Sí mismo, a la
vez, en esta creación; el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios,
"refleja" a Dios en el mundo visible creado; Dios da su gracia, es decir, quiere
que «todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» Quiere
que cada hombre llegue a ser partícipe de su verdad, de su amor, de su misterio,
para que pueda participar de su misma vida divina.
¡Qué maravilloso destino! ¡Vivir de Dios y con Dios siempre, para ser felices
eternamente con El!
Pero Dios no quiere que nos salvemos y seamos felices de manera inconsciente
o a la fuerza, sino que pide nuestra consciente y libre colaboración,
poniéndonos frente al «árbol de la ciencia del bien y del mal», o sea, nos
propone una elección, nos exige una prueba de fidelidad.
Sabemos bien cómo Adán y Eva, los primeros, y sus descendientes después,
siguiendo su nefasto ejemplo, conocieron más la «ciencia del mal» que la del
bien. Así hizo su aparición en el mundo el pecado original, inicio y símbolo de
tantos pecados, de inmensa ruina, de muerte física y espiritual. ¡El pecado! El
catecismo nos dice que es la trasgresión del mandamiento de Dios. Sabemos bien
que con él se ofende al Señor, se rompe la amistad con El, se pierde su gracia,
se camina fuera de la vía justa, encaminándose hacia la ruina. Dios, por medio de sus mandamientos, nos enseña prácticamente cómo
debemos comportarnos para vivir de manera digna, humana, serena; con ellos nos
inculca el respeto a los padres y a los superiores (IV mandamiento), el respeto
a la vida en todas sus manifestaciones (V mandamiento), el respeto al cuerpo y
al amor (VI mandamiento), el respeto a las cosas de los otros (VII mandamiento),
el respeto a la verdad (VIII mandamiento). El pecado es ignorar, pisotear,
transgredir estas normas sabias y útiles que nos ha dado el Señor; ¡he aquí por
qué el pecado es desorden y ruina! En efecto, con tantas "voces" dentro y fuera
de nosotros, nos tienta, es decir, nos empuja a no creer a Dios, a no escuchar
sus paternales invitaciones, a preferir nuestro capricho a su amistad.
¡Cometiendo el pecado, nosotros estamos lejos de Dios, contra Dios, sin Dios!
El Adviento nos dice que el Señor viene «por nosotros y por nuestra salvación»,
esto es, para librarnos del pecado, para darnos de nuevo su amistad, para
iluminar con su luz nuestra mente y caldear con su amor nuestro corazón.
Jesús está próximo a venir: en la noche de Navidad vayamos a su encuentro para
decirle nuestro sincero y emocionado "gracias", pidiéndole la fuerza de
mantenernos siempre lejos del pecado y permanecer constantemente fieles a su
infinito amor.
No puedo separarme de vosotros sin presentaros un deseo paternal: el Niño de
Belén, junto con su dulcísima Madre y Madre nuestra, os sonría y colme a
vosotros y a todos vuestros seres queridos con los dones de la alegría, de la
paz, y la prosperidad, os conceda, en fin, su celestial bendición, de la que
la mía es anticipo y signo.
Saludo a los jóvenes
(Tras el canto del coro de niños y niñas de la Academia
Filarmónica Romana)
Un coro cantaba el bellísimo canto, pero había también otra voz
más bien baja que tomaba parte en el canto. No sé quién era el que cantaba con
aquella voz baja. Gracias. os agradezco mucho esta canción y también el haberme
permitido cantar... perturbar... el coro.
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