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 DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
 AL NUEVO EMBAJADOR DE
PANAMÁ
ANTE LA SANTA SEDE

Jueves 21 de diciembre de 1978

 

Señor Embajador,  

AL RECIBIR LAS CARTAS que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Panamá ante la Santa Sede, quiero en primer lugar dar a Vuestra Excelencia mi más cordial bienvenida a este Centro de la catolicidad, donde hoy inicia la nueva misión que le ha sido confiada por el Señor Presidente de su País, a quien deseo enviar mi deferente saludo. 

Sepa desde ahora, Señor Embajador, que en el desempeño de la alta función asumida, podrá contar con mi cordial benevolencia y con la decidida voluntad de favorecer en todo lo posible su tarea, para que sea muy provechosa y contribuya eficazmente a estrechar los sólidos vínculos de mutua estima y colaboración que unen a Panamá con la Santa Sede. 

En esta perspectiva, la presencia cercana de Vuestra Excelencia me hardi ver, más allá de su digna persona, al País que representa, con su privilegiada posición geográfica, su vasto acervo de cultura, de historia y de ricas tradiciones; y sobre todo me hará presente a un pueblo noble y generoso, en el que la Iglesia ha echado raíces profundas, cuyo benéfico influjo ha contribuido ampliamente a configurar sus propias esencias, también como Nación. 

Gracias, Señor Embajador, por el público testimonio de reconocimiento por la labor llevada a cabo por la Iglesia en favor de su País, y que ha querido evocar con elocuentes expresiones. Es un agradecimiento que la Iglesia y la Santa Sede traducen en propósito de continuidad, de desinteresado servicio, para que la sociedad panameña se impregne cada vez más de esos valores superiores que hagan más fecunda, más solidaria y fraterna la vida comunitaria. Con horizontes de creciente dignificación humana, abierta siempre a las esferas y aspiraciones más altas del hombre. Porque sólo podrá lograrse un orden temporal más perfecto, si avanza paralelamente el mejoramiento de los espíritus.

Señor Embajador: encomiendo al Altísimo estas intenciones, así como las suyas personales y familiares. A la vez envío a todos los queridos hijos de Panamá mi afectuoso recuerdo, que acompaño de los mejores votos de paz, de bienestar, de progreso cristiano, en un clima de sereno entendimiento y activa colaboración con las Naciones cercanas y las del mundo entero. 

 

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