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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS CARDENALES Y PRELADOS DE LA CURIA ROMANA


Viernes 22 de diciembre de 1978

 

¡Queridísimos hermanos del Sacro Colegio y vosotros hijos de la Iglesia Romana!

1. Al saludo que se me ha dirigido ahora en nombre de todos vosotros, aquí presentes, yo no puedo más que responder con una palabra brevísima, pero cargada de intenso afecto: ¡Gracias vivísimas! Sí, gracias porque vuestra visita, en estas vísperas de la sacra festividad de Navidad, no es un simple gesto de protocolo, que se inspira en una tradicional, si bien gentil, costumbre, sino un acto tan rico de calurosos sentimientos, que constituye para mí una prueba más, si fuese necesario —pero no lo es— del hecho de que, elegido Papa, hace apenas dos meses, al dejar la amada tierra de Polonia y mi diócesis de Cracovia, he adquirido en cambio otra patria aquí en Roma y una Iglesia vasta como el mundo.

Navidad es la fiesta de los afectos familiares: es un retorno, junto al Niño Jesús que ha venido como hermano nuestro, a nuestro mismo nacimiento y, a través de un itinerario interior, a las raíces primordiales de nuestra existencia, rodeada por las queridas figuras de nuestros padres, de los parientes, de los compatriotas. Navidad es una invitación, por tanto, a pensar de nuevo en nuestro nacimiento, en lo concreto de las circunstancias peculiares a cada uno. Así como es natural para mí volver con el pensamiento en la onda de sugestivos recuerdos a mi casa y a mi Wadowice, así resulta natural para cada. uno de vosotros retornar al calor de vuestros hogares.

Pero he aquí que vuestra devoción y afectuosa presencia esta mañana viene a entrecruzarse con estos pensamientos míos personales y privados y, desatando casi la incontenible conmoción, me lleva a otra realidad ciertamente más alta: me refiero a la nueva realidad que ha sobrevenido en mí por la elección que precisamente vosotros, señores cardenales, con los otros hermanos esparcidos por el mundo, habéis hecho en el día para mí cargado de presagios del 16 de octubre. «Vos estis corona mea: vosotros sois mi corona», os repetiré con el Apóstol (cf. Flp 4, 1); vosotros habéis dilatado el círculo de mi familia y habéis llegado a ser por un título especialísimo mis «familiares» según esa comunión transcendente, pero realísima y creadora de lazos tan sólidos corno los de la familia humana, que se llama y es la vida eclesial.

Así, pues, gracias por este coral testimonio de felicitaciones y de votos, que me ofrecéis no sólo vosotros, sino que con vosotros me ofrecen aquellos a quienes representáis. Yo los intercambio toto corde, deseando para cada uno de vosotros, así corno para cuantos os están uni­dos, una efusiva donación de la gracia sobrenatural y de la benignidad humanísima de nuestro Salvador Jesucristo (cf. Tit 2, 11).

2. Sé bien que mi predecesor Pablo VI, de venerada memoria, en el curso de los análogos encuentros que tuvieron lugar en esta sala durante sus quince años de pontificado activo y luminoso, prefirió siempre alargar la mirada a los deberes de su misión pastoral. El acostumbraba recordar los hechos sobresalientes de la Iglesia y del mundo, no sólo para dar un contenido preciso al coloquio con sus más cualificados colaboradores, sino también «para hacer balance» sobre la situación a través de un atento examen de los acontecimientos más recientes.

Tal oportunidad se me presenta hoy también a mí, en forma semejante y al mismo tiempo diversa. pero tal vez más fácil... ¿Qué ha sucedido este año? Y más exactamente: ¿qué ha sucedido desde el atardecer del 6 de agosto, cuando aquel insigne Pontífice cerró los ojos a la escena del mundo para abrirlos a la luz del cielo, donde entraba para recibir el premio del siervo bueno y fiel (cf. Mt 25, 21)? Los acontecimientos son bien conocidos, y no es ciertamente necesario recordarlos, mucho menos ante vosotros que habéis sido no ya espectadores. sino actores y, en gran parte, protagonistas de los mismos. Ninguno de nosotros —diré con el discípulo de Emaús— es tan forastero en Roma que ignore quae facta sunt in illa his diebus, los sucesos en ella ocurridos estos días (cf. Lc 24, 18).

En términos periodísticos o burocráticos, se ha hablado de sucesión o, mejor, de doble sucesión en el vértice de la Iglesia, de modo que ¡en un año —se ha observado— ha habido tres Papas! Esto es objetivamente verdadero, pero no agota ciertamente el tema sobre la sucesión que se ha registrado en la Sede Apostólica, y sobre lo que ésa contiene de más sustancial y determinante: me refiero a la formidable herencia del ministerio mismo de Pedro, cual se ha manifestado en concreto, en la coyuntura de estos años cruciales, durante el pontificado de Pablo VI, y se ha enriquecido al mismo tiempo de brotes y de savias, de instancias renovadoras y de orientaciones programáticas durante la Asamblea conciliar.

Y hay que añadir que también el rápido, pero intensísimo, servicio del Papa Juan Pablo I ha marcado esta ya compleja herencia, aportando a la misma una connotación pastoral más definida. Por lo cual yo, que he sido llamado a recogerla, siento cada día el peso verdaderamente enorme de tanta responsabilidad.

¿Es el caso entonces de hablar de vértices o de poderes? ¡Oh!, no, hermanos: el servicio de Pedro —como aludí en la Capilla Sixtina al día siguiente de mi elección— es esencialmente un compromiso de dedicación y de amor. Tal quiere ser precisamente mi humilde ministerio.

En ello me conforta, sobre todo, la certeza o, mejor, la fe inquebrantable en el poder de Jesús Señor, que ha prometido a su Iglesia una asistencia indefectible (cf. Mt 28, 20) y a su Vicario, lo mismo y más que a todos los demás Pastores, susurra persuasivo: «Modicae fidei, quare dubitasti?: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14, 31). Pero me conforta también la ayuda que me ofrecéis vosotros y de la que, ya en este primer período de iniciación en el pontificado, de tantas maneras y con tanta eficacia he tenido confirmación cada día. Y aquí vuelvo a reanudar el tema de las felicitaciones, para terminarlo con una renovada invitación a elevar por mí vuestras plegarias. Que la comunión en la oración y en la caridad, así como en las intenciones, sea la primera forma de vuestra preciosa colaboración.

3. Después de la mirada a la Iglesia, el pensamiento se dirige por conexión natural —como acostumbraba hacer el Papa Pablo— al mundo que la rodea. ¿Cómo ha ido este año, que ya se concluye, la sociedad humana? ¿Y cómo va en estos días? Más que a los hechos, a todos conocidos, hay que mirar a su nexo, para comprender —en cuanto sea posible— su sentido y dirección. Se nos puede, por ejemplo, preguntar: ¿progresa o se paraliza entre los hombres la causa de la paz? Y la respuesta se hace trépida e incierta cuando se descubre, en diversos países, la persistencia de tensiones virulentas, que no raramente dan origen a estallidos rabiosos de violencia.

La paz, por desgracia, sigue siendo muy precaria, mientras es fácil entrever los motivos de fondo que están ahí para amenazarla. Donde no hay justicia —¿quién no lo sabe?—, allí no puede haber paz, porque la injusticia es ya un desorden y sigue siendo verdadera la palabra del Profeta: «Opus iustitiae pax: La paz será obra de la justicia» (Is 32, 17). Igualmente, donde no se respetan los derechos humanos —me refiero a los derechos inalienables, inherentes al hombre en cuanto es hombre—, allí no puede haber paz, porque toda violación de la dignidad personal favorece el rencor y el espíritu de venganza. Y aún más, donde no hay la formación moral que favorezca el bien, allí no puede haber paz, porque es necesario vigilar siempre y frenar las tendencias deteriores que se anidan en el corazón.

No quiero insistir, hermanos, en estos pensamientos, pero urge sacar de todo esto una indicación: estudiando esta temática, parece todavía más necesario consolidar las bases espirituales de la paz, continuando con valor y con perseverancia esa pedagogía de la paz, de la que Pablo VI ha sido autorizado maestro. En el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, publicado precisamente ayer, yo he vuelto a tomar su tema sobre la educación para la paz, y dirijo también a vosotros —como a todos los hombres mis hermanos—la invitación a profundizarlo y asimilarlo.

Y cuánto sea urgente la necesidad de empeñarse en favor de la paz lo confirman también las tristes noticias que han llegado recientemente del continente sudamericano.

La divergencia entre Argentina y Chile que se ha ido agudizando en este último período, no obstante el vibrante llamamiento a la paz dirigida a los responsables por parte de los Episcopados de esos dos países, vivamente apoyado y hecho propio por mi predecesor, el Papa Juan Pablo I, es motivo de profundo dolor y de íntima preocupación.

Movido por el afecto paterno que tengo a aquellas dos queridas naciones, también yo, en la vigilia del encuentro que tuvo lugar el 12 de diciembre en Buenos Aires entre sus Ministros de Asuntos Exteriores y en el que tantas esperanzas se habían puesto, he manifestado directamente a los dos Presidentes mis preocupaciones, mis votos, mi aliento a buscar en el examen sereno y responsable el modo de salvaguardar la paz tan vivamente deseada por ambos pueblos.

Las respuestas recibidas están llenas de respeto y de expresión de buena voluntad. Sin embargo, a pesar de la aceptación, en principio, por parte de entrambos contendientes, de un recurso a la intervención mediadora de esta Sede Apostólica, por las concretas dificultades surgidas después, el propósito común no tuvo actuación. La Santa Sede no habría recusado la llamada, aun siendo consciente de la delicadeza y de la complejidad de la cuestión, porque considera prevalentes, sobre los aspectos políticos y técnicos de la controversia, los superiores intereses de la paz.

Después, en el día de ayer, frente a las noticias cada vez más alarmantes que llegan sobre el agravarse y sobre el posible, más todavía por no pocos temido como inminente, precipitar de la situación he hecho conocer a las Partes mi disposición —mejor, el deseo— de enviar a las dos Capitales un representante mío especial, para tener informaciones más directas y concretas sobre las respectivas posiciones y para examinar y buscar juntos las posibilidades de un honroso arreglo pacífico de la controversia.

Por la tarde llegó la noticia de la aceptación de tal propuesta por parte de entrambos Gobiernos, con expresiones de gratitud y de confianza que, mientras me confortan, hacen sentir todavía más la responsabilidad que una tal intervención comporta, pero a la cual la Santa Sede considera que no debe substraerse. Y como ambas Partes subrayan concordemente la urgencia de tal intervención, la Santa Sede procederá con toda la solicitud posible.

Entretanto deseo renovar mi angustiada llamada a los responsables para que eviten pasos que podrían comportar consecuencias imprevisibles —o incluso demasiado previsibles— de daños y de sufrimientos para las poblaciones de los dos países hermanos. E invito a todos a elevar fervientes plegarias al Señor para que la violencia de las armas no prevalga sobre la paz.

4. Y ahora deseo confiaros algunas noticias cual alegres primicias de iniciativas y de acontecimientos, diversos entre sí, pero todos demostrativos de la multiforme presencia y actividad de la Santa Iglesia.

a) La primera noticia es que, a finales del próximo enero, me propongo ir —si Dios quiere— a México, para participar en la III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, que tendrá lugar —como sabéis— en Puebla de los Ángeles. Este es un acontecimiento de grandísima importancia eclesial, no sólo porque en el vasto continente de América Latina, llamado el "Con­tinente de la esperanza", están presentes en neta mayoría los fieles católicos, sino también por razón del interés especial y, más todavía, de las grandes esperanzas que se centran en aquella reunión, y que será un auténtico mérito histórico para los obispos, que rigen aquellas Iglesias antiguas y nuevas, transformar en consoladoras realidades. Pero, antes de ir a la sede de la Conferencia, haré una parada en el célebre santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. En efecto, de allí deseo extraer el superior conforte y el necesario impulso —casi los buenos augurios—para mi misión de Pastor de la Iglesia y, particularmente, para mi pri­mer contacto con la Iglesia en América Latina. El punto esencial del deseadísimo encuentro con esa Iglesia será precisamente esta peregrinación religiosa a los pies de la Santa Virgen, para venerarla, para implorarle, para pedirle inspiración y consejo para los hermanos del entero continente.

Es un gozo para mí afirmar todo esto en la vigilia de la Navidad, en el momento en que todos —Pastores y fieles— nos reunimos en torno a la Madre que, como dio un día al mundo a Jesús Salvador en la gruta de Belén, así lo da todavía hoy a nosotros en la fecundidad inagotable de su virginal y espiritual maternidad. Que mi presencia en su hermoso santuario en tierra mexicana pueda contribuir a obtener nuevamente a Cristo de Ella, por medio de Ella como Madre, no sólo para el pueblo de aquella misma tierra, sino para todas las naciones de América Latina.

En cuanto al tema asignado a la Conferencia de Puebla, vosotros ya lo conocéis, así como las sabias indicaciones contenidas en el documento preparatorio, elaborado por el CELAM: «La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina». Pues bien, la importancia de este tema, sus implicaciones teológicas, eclesiológicas y pastorales, doctrinales y prácticas, la amplitud misma del área en que será necesario aplicar todas las resoluciones concretas, son tan evidentes que no hace falta explicar el porqué de mi decisión. Como ya Pablo VI quiso estar presente en la II Asamblea durante el Congreso Eucarístico Internacional de Bogotá, así estaré yo entre los hermanos allí reunidos para la nueva Asamblea, a fin de testimoniar a ellos y a sus sacerdotes y fieles la estima, la confianza, la esperanza de la Iglesia universal, y acrecentar su valentía en el común empeño pastoral. Alguien ha dicho que el futuro de la Iglesia "se juega" en América Latina. Si bien, en el plan general, este futuro está escondido en Dios según un designio suyo, que va más allá de los proyectos humanos y los condicionamientos histórico-sociales (cf. Rom 11, 33; Act 16, 6-9), aquella frase contiene su verdad, porque hace ver hasta qué punto es solidaria la suerte de la Iglesia en el continente centro y sudamericano con la de la única e indivisa Iglesia de Cristo. Vaya, pues, desde ahora a aquella distinguida Asamblea mi saludo y mejores deseos.

b) El segundo anuncio se refiere a la decisión de abrir a los estudiosos el Archivo Secreto Vaticano hasta el final del pontificado del Papa León XIII. Tal decisión, deseada desde hace tiempo por el mundo de la cultura, es oportuna en el año 1978, que ha registrado —como bien sabéis— un doble centenario: el de la muerte del Siervo de Dios Pío IX, y el de la sucesiva elevación a la Cátedra de Pedro de Gioacchino Pecci, cuyo ministerio, que duró veinticinco años, usque ad summam senectutem, alcanzó los primeros años de nuestro siglo. He aquí entonces que la Santa Sede, al permitir la libre consulta de los papeles y documentos concernientes a este amplio y no secundario período que, desde 1878 al 1903, marcó el paso al siglo XX, abre a la investigación un panorama de singular amplitud para servicio de la verdad histórica y para testimonio. además, de la presencia siempre activa de la Iglesia en el mundo de la cultura.

c) En el mismo orden de ideas se encuadra también la iniciativa de honrar la memoria de mi gran predecesor Pablo VI. Por una parte, para perpetuo recuerdo suyo, la gran Sala de las Audiencias, querida por él y encomendada al arte genial del arquitecto Pier Luigi Nervi, se llamará de ahora en adelante "Sala Pablo VI"; por otra parte, para  valorizar un patrimonio que se ha constituido durante el último año de su pontificado, se harán accesibles los "autógrafos" de tantas insignes personalidades que le fueron ofrecidos con ocasión de sus 80 años. Considero, en efecto, un preciso deber mío continuar y desarrollar el interés que Pablo VI mostró constantemente por las causas de la cultura y del arte: lo que fue para él título de gloria no pequeño, y a su vez de no poco prestigio para la Iglesia.

Así, hermanos e hijos queridísimos, he respondido a vuestras felicitaciones; os he anticipado oficialmente algunas iniciativas; os he recomendado que recéis y hagáis rezar por mí. Los contactos que he tenido hasta ahora con vosotros me impulsan a destacar el significado de esa comunión. Gracias a Dios, he podido conocer ya personalmente una parte de mis más cercanos colaboradores, los de la Secretaría de Estado, y tengo intención de proseguir, apenas me sea posible, las visitas a los otros dicasterios de la Curia Romana, con la convicción de que el recíproco conocimiento sirva para favorecer la mejor coordinación de nuestros esfuerzos dirigidos —según las respectivas funciones confiadas a cada uno— a un mismo centro focal de referencia: el crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en la caridad.

He aquí que viene la Navidad, viene el Señor Jesús: que nos encuentre a todos —como desea el Prefacio de Adviento— vigilantes en la espera, alegres en la alabanza, ardientes en la caridad, bajo la mirada dulcemente tranquilizadora de Aquella que, como Madre de Jesús, fue y es también Madre nuestra. Así sea, con mi más cordial bendición.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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