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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS AGREGADOS SEGLARES DE LA
ANTECÁMARA PONTIFICIA
Sábado 23 de diciembre de 1978
Carísimos:
El encuentro de hoy reviste un carácter de especial importancia y significado,
porque, saliéndonos del esquema habitual de asistencia, de circunspección y de
trabajo silencioso, que realizáis al servicio del Papa, ello da lugar a una
manifestación de sentimientos, a una compenetración de espíritus, a una alegría
cordial.
Es la Navidad. En el gozoso recuerdo de tal acontecimiento
admirable para la historia de la salvación humana, en el espíritu de la
enseñanza del Verbo de Dios Encarnado, lleno de gracia y de verdad; de la luz de
auténtica bondad que irradia del celeste Infante, nosotros nos reunimos con
mayor espontaneidad en mutua compañía, descubriendo de esta manera la dimensión humana y cristiana,
que nos manifiesta los aspectos más genuinos y nobles de nuestro interior.
Estáis aquí, en efecto, con vuestras familias, para reafirmar al Papa, mediante
las felicitaciones cordiales de Navidad, vuestra profunda devoción, vuestro
afecto reverente. vuestra incondicional fidelidad a su persona y a su servicio.
Os expreso, a la vez que mi sincero aprecio, verdadero
agradecimiento por esta
nueva y significativa muestra de filial homenaje, que se suma a tantas como
ofrecéis continuamente a lo largo de vuestro trabajo, realizado con discreción,
diligencia y trato exquisito. Respondo a vuestros respetuosos homenajes, como
también a la seguridad de la oración, suplicando al Niño Jesús que os colme a
vosotros y a vuestras familias con los dones de su amor, que conceda su paz a
vuestros corazones y a vuestras casas, que ilumine con su luz vuestro camino y
que, finalmente reconforte vuestra vida con su gracia celestial.
Como prueba de tales deseos paternales y confirmación de mi benevolencia
imparto de corazón a los aquí presentes, y a todos vuestros seres queridos, la
propiciatoria bendición apostólica.
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