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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


Miércoles 27 de diciembre d 1978

 

Queridísimos niños y niñas, y queridísimos jóvenes:

También hoy habéis venido en gran número a visitar al Papa. Y os agradezco de corazón este encuentro tan alegre y afectuoso, que da gozo y esperanza prolongando la atmósfera de la serenidad navideña tan dulce y hermosa.

En particular deseo dirigir un saludo cordial a los peregrinos procedentes de Caserta acompañados de su querido obispo. ¡Bienvenidos seáis! Estoy muy contento de recibiros.

1. Estamos en la semana de Navidad y el sentimiento más profundo que seguimos experimentando es el de la alegría. ¡Vaya día de Navidad tan magnífico que habréis pasado con vuestros padres, hermanos, parientes y amigos!

Habréis preparado el pesebre y participado en la Misa de medianoche, y quizá algunos de vosotros habréis cantado sugestivos villancicos en el coro de vuestra parroquia. Sobre todo muchos, muchísimos —así lo espero— habrán recibido a Jesús en la Santa Eucaristía, encontrándose así personalmente con el Divino Maestro, nacido en esta tierra hace casi dos mil años. ¡Estupendo! Que esta alegría íntima no se desvanezca jamás en vuestras almas.

Pero, ¿de dónde nace toda esta alegría tan pura, tan dulce, tan misteriosa? Nace del hecho de que Jesús ha venido a esta tierra, de que Dios mismo se ha hecho hombre y ha querido inserirse en nuestra pobre y grande historia humana. Jesús es el don más grande y precioso que ha hecho el Padre a los hombres, y por ello nuestros corazones exultan de gozo.

Bien sabemos que también durante las fiestas navideñas ha habido, y sigue habiendo, lágrimas y amarguras; quizá muchos niños las han pasado con frío, hambre, llanto y soledad... Y sin embargo, a pesar del dolor que a veces penetra en nuestra vida, Navidad es un rayo de luz para todos porque nos revela el amor de Dios y nos hace sentir la presencia de Jesús entre todos, sobre todo entre los que sufren. Precisamente por este motivo Jesús ha querido nacer en la pobreza y el abandono de una gruta, y ser colocado en un pesebre.

Me viene espontáneamente a la memoria el recuerdo de mis sentimientos y vivencias comenzando por los años de mi infancia en casa de mis padres, y siguiendo por los años difíciles de la juventud durante el período de la segunda guerra, la guerra mundial. ¡Ojalá no se repita jamás en la historia de Europa y del mundo! Y sin embargo, hasta en los años peores Navidad ha traído consigo siempre algún rayo de luz. Y este rayo penetraba hasta en las experiencias más duras de desprecio del hombre, de aplastamiento de su dignidad y de crueldad. Para darse cuenta de ello basta tomar en las manos las memorias de hombres que han pasado por cárceles o campos de concentración, frentes de guerra o interrogatorios y procesos.

2. El segundo sentimiento que brota espontáneo en estos días navideños es el agradecimiento, naturalmente.

¿Quién es Jesús Niño? ¿Quién es ese Niño pequeño, pobre, frágil, nacido en una gruta y colocado en un pesebre? ¡Sabemos que es el Hijo de Dios hecho hombre! «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14).

La doctrina cristiana nos enseña que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, o sea la Inteligencia infinita del Padre (el Verbo), en el seno de María Santísima y por obra del Espíritu Santo, asumió en Sí la «naturaleza humana» tomando un cuerpo y un alma como los nuestros.

Esta es nuestra certeza: sabemos que Jesús es hombre como nosotros, pero al mismo tiempo es el «Verbo encarnado», es la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre; y, por ello, en Jesús la naturaleza humana y, en consecuencia, toda la humanidad, ha sido redimida, salvada, ennoblecida hasta el punto de llegar a ser partícipe de la «vida divina» mediante la gracia.

En Jesús estamos todos: nuestra verdadera nobleza y dignidad tienen su fuente en el acontecimiento grande y sublime de Navidad.

Por ello es espontáneo y lógico el sentimiento de gratitud honda y gozosa hacia Jesús que ha nacido para cada uno de nosotros, por nuestro amor y salvación. Volved a leer y meditad cada una de las páginas del Evangelio de Mateo y Lucas; reflexionad sobre el misterio de Belén para comprender cada vez más el auténtico valor de la Navidad y no permitir que degenere en una fiesta del consumo o sólo exterior.

3. Y en fin, me refiero ahora a un tercer sentimiento que brota del episodio de los pastores. El ángel avisa a los pastores completamente ignorantes de que un acontecimiento grande se ha producido en Belén: ha nacido el Salvador y lo encontrarán envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. ¿Qué hicieron los pastores? «Fueron y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre» (Lc 2, 16).

¿Habéis entendido la lección de los pastores? Oyen la voz del ángel, se ponen enseguida a buscarlo y, al fin, encuentran a Jesús. Es un hecho histórico muy elocuente y significativo, y simboliza la búsqueda que el hombre debe efectuar para encontrar a Dios. El hombre es el ser que busca a Dios, porque busca la felicidad.

Todos debemos buscar a Jesús.
Muchas veces hay que buscarlo porque todavía no se le conoce; otras, porque lo hemos perdido; a veces se le busca para conocerle mejor, para amarlo más y hacerlo amar.

Se puede decir que toda la vida del hombre y toda la historia humana es una gran búsqueda de Jesús.

A veces puede ser obstaculizada por dificultades intelectuales o motivos existenciales al ver tanto dolor y tanto mal a nuestro alrededor y dentro de nosotros; y también por problemas morales al tener que cambiar la mentalidad y el modo de vivir.

No hay que dejarse paralizar por las dificultades, sino que como los pastores de Belén se debe partir con valentía y ponerse a buscarlo.

¡Todos los hombres deben tener el derecho y la libertad de buscar a Jesús! Todos los hombres deben ser respetados en esta búsqueda, cualquiera que sea el punto del camino en que se encuentren. Todos deben tener también la buena voluntad de no vagabundear por aquí y allá sin comprometerse a fondo, y deben dirigirse con decisión hacia Belén. Algunos han narrado la historia y el itinerario de su camino y encuentro con Jesús en libros muy interesantes que merecen la pena leer. Pero la mayoría guarda escondida en la intimidad esta aventura espiritual estupenda. Lo esencial es buscar para encontrar, recordando la frase famosa que el gran filósofo y matemático francés, Blas Pascal, hace decir a Jesús: «No me buscarías ciertamente, si no me hubieras encontrado ya» (B. Pascal, Pensées, 553: Le mystére de Jésus).

Queridísimos chicos y chicas:

Los pastores encontraron a Jesús y «se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído, según se les había dicho» (Lc 2, 16-20).

¡Felices nosotros que hemos buscado y encontrado a Jesús!

¡No perdamos a Jesús! ¡No perdáis a Jesús! Antes bien, sed testimonio de su amor al igual que los pastores. Esta es la felicitación de Navidad que os hago de lo hondo del corazón.

Pido a María Santísima, Madre de Jesús y Madre nuestra, que en vuestras almas, en vuestras familias, en vuestros colegios, en vuestros juegos, sea siempre Navidad con el gozo de la fe, el empeño de vuestra bondad y el esplendor de vuestra inocencia.

Os ayude y sostenga también mi bendición, que imparto con afecto paterno a vosotros, a vuestros seres queridos y a cuantos se os han unido en esta audiencia.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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