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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS DELEGADOS DE LA FEDERACIÓN DE INSTITUTOS
DE ACTIVIDADES EDUCATIVAS


Viernes 29 de diciembre de 1978

 

Queridos delegados de la Federación de Institutos de Actividades Educativas:

Conociendo vuestra presencia en Roma con ocasión de la tradicional asamblea de fin de año, quise reservaros y reservarme un encuentro particular no sólo con motivo de vuestra numerosa concurrencia, sino también y sobre todo por el calificado testimonio que dais aquí como representantes de la Escuela católica en Italia. Me han dicho que mi venerado predecesor Pablo VI, jamás omitió dirigiros su iluminadora palabra en circunstancias análogas, los años pasados, y entonces pensé que podía hacer yo lo mismo y corresponder, ante todo, a la deferencia, a la devoción, al fervor de vuestra visita.

Sí, queridos hermanos e hijos, deseo agradeceros vuestros afectuosos sentimientos, y más aún el trabajo inteligente, incansable, tan valioso por tantos sacrificios —pequeños y grandes— como la actividad escolar-educativa aporta a nuestros días. No hablo sólo del trabajo de coordinación y organización que es necesario para que esta Federación, qua talis, pueda funcionar bien, difundiendo para beneficio común informaciones, orientaciones, propuestas e iniciativas, entre los numerosos institutos que reúne; hablo especialmente del trabajo que cada uno de los institutos y cada uno de los directores y profesores desarrolla, día a día, en su ámbito, afrontando y superando los problemas no siempre fáciles, para volver cada vez más incisiva, provechosa, original, ejemplar, dentro del contexto de la instrucción pública, la función de las escuelas fundadas por la autoridad eclesiástica o dependientes de ella.

Mi palabra quiere ser un reconocimiento y a la vez un estímulo. "Reconocimiento" en italiano —lo sé por obvia razón etimológica— quiere decir también gratitud; pues bien, el reconocimiento-gratitud que os viene de la Conferencia Episcopal Italiana lo comparte plenamente el Papa, que asegura seguiros con simpatía y confianza en vuestra actividad tan benemérita. En una época como la nuestra es urgente, más que en el pasado, conservar la imagen —la tipología, diría— de una escuela cristiana que, dentro de la observancia siempre leal de las normas generales de la competente legislación escolar del respectivo país, asume como su punto de partida y además como su meta de llegada el ideal de una educación integral —humana, moral y religiosa— según el Evangelio de Nuestro Señor. Antes que los programas de estudio, antes que los contenidos de los diversos cursos de enseñanza —vosotros lo sabéis bien— para una escuela auténticamente cristiana es y será siempre esencial esta referencia indeclinable a la pedagogía superior y trascendente de Cristo-Maestro. Privada de esto, le faltaría la fuente misma de inspiración, le faltaría su eje central, le faltaría el elemento específico que la define y caracteriza entre las otras estructuras organizativas didácticas, o los otros centros de promoción cultural. Es justo, pues, que exija esto cada uno de los institutos que se dirige a vuestra Asociación, y también cuantos responsablemente trabajan allí en diversos niveles.

Queriendo interpretar la sigla FIDAE, noté que recientemente habéis adoptado una lectura, en parte, nueva, para poner el acento sobre "Actividades Educativas". Este finalismo pedagógico y formativo más lúcido revierte en honor vuestro, porque quiere decir precisamente que para vosotros la enseñanza de las disciplinas escolares y el uso de los instrumentos didácticos necesarios para la instrucción se inscriben en el programa más amplio de la paideia cristiana, que a su vez se inserta en la misión evangelizadora confiada a la Iglesia por su Fundador.

Me complazco sinceramente de este planteamiento y aprecio mucho esta colaboración. Por lo mismo, os exhorto a manteneros siempre coherentes y fieles a uno y otra, alentados por el pensamiento, o mejor, por la convicción de que así desarrolláis un precioso servicio eclesial, además de cultural y civil.

Con mi cordial bendición.

 

© Copyright 1978 - Libreria Editrice Vaticana

 

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