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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A POLONIA

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES UNIVERSITARIOS

Cracovia, viernes 8 de junio de 1979

 

¡Mis jóvenes amigos! Permitid que empiece por los recuerdos, ya que está todavía muy reciente el tiempo en que nos encontrábamos frecuentemente en los muchos centros de pastoral para universitarios de Kraków (Cracovia). Nos hemos visto en varias ocasiones y me parece que nos entendíamos bien. Nunca olvidaré nuestras felicitaciones navideñas participando en la Eucaristía, los ejercicios espirituales de Adviento y Cuaresma y otros encuentros. Este año he tenido que pasar la Cuaresma en Roma y, por primera vez, en lugar de hablar a los universitarios polacos de Kraków, he hablado a los universitarios romanos. Os citaré algunos párrafos del discurso que les dirigí en la basílica de San Pedro: «Cristo es Quien ha realizado un cambio fundamental en el modo de entender la vida. Ha enseñado que la vida es un paso, no solamente hacia la frontera de la muerte, sino hacia una vida nueva. Así, la cruz ha venido a ser para nosotros la Cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre. Todos debemos ser alumnos de esta Cátedra "en curso o fuera de curso". Entonces comprenderemos que la cruz es también la cuna del hombre nuevo.

»Los que son sus alumnos, miran la vida así y la comprenden así. Y lo enseñan así a los otros. Imprimen este significado de la vida en toda la realidad temporal: en la moralidad, en la creatividad, en la cultura, en la política, en la economía. Se ha afirmado muchas veces —como sostenían, por ejemplo. los seguidores de Epicuro en los tiempos antiguos, y como hacen en nuestra época, por otros motivos, los secuaces de Marx— que tal concepto de la vida aparte al hombre de la realidad temporal y que, en cierto modo, la anula. La verdad es muy otra. Sólo tal concepción de le vida da plena importancia a todos los problemas de la realidad temporal. Abre la posibilidad de situarlos bien en la existencia del hombre. Y una cosa es segura: tal concepción de la vida no permite encerrar al hombre en las cosas de la temporalidad, no permite subordinarlo completamente a ellas. Decide de su libertad. Dando a la vida humana este significado "pascual", es decir, que es paso, que es paso a la libertad, Jesucristo nos ha enseñado con su palabra, y también con su propio ejemplo, que la vida es una prueba... Y ésta es... la prueba del pensamiento, del "corazón" y de la voluntad, la prueba de la verdad y del amor. En este sentido, es al mismo tiempo la prueba de la alianza con Dios... El concepto de la "prueba" se vincula estrechamente con el concepto de responsabilidad. Ambos están orientados por nuestra voluntad, por nuestros actos. Aceptad, queridos amigos, estos dos conceptos —o, mejor, estas dos realidades— como los elementos de la construcción de la propia humanidad. Esta humanidad vuestra está ya madura y, al mismo tiempo, todavía es joven. Se encuentra en fase de formación definitiva del proyecto de la vida. Esta formación se realiza precisamente en los años "académicos", en el tiempo de los estudios superiores... Es necesario asumir esta prueba con toda responsabilidad. Se trata de una responsabilidad al mismo tiempo personal: para mi vida, para su futuro desarrollo, para su valor, y es también a la vez responsabilidad social: para la justicia y la paz, para el orden moral del propio ambiente nativo y de toda la sociedad, es una responsabilidad para el auténtico bien común. El hombre que tiene tal conciencia del sentido de la vida, no destruye, sino que construye el futuro. Nos lo enseña Cristo».

Tras una tarde transcurrida con la juventud romana, en la que casi todos recibieron la comunión pascual, pensé para mis adentros: ¡Cuánto se asemejan entre sí los estudiantes de todas partes! ¡Como en todas partes, con igual atención, escuchan la Palabra de Dios y participan en la liturgia! Pensé entonces en vosotros, en los retiros espirituales de los universitarios polacos de Kraków, en la forma análoga de recogerse, de reflexionar, de vivir el silencio, en la iglesia de Santa Ana, o en la iglesia de la Madre de Dios en Nowa Wies, o en la iglesia de los dominicos o de los jesuitas, durante parecidos encuentros.

2. Pensé en vosotros también en México cuando me encontré con su juventud universitaria en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Permitidme también que os cite algunas frases de la carta que, a mi regreso de México, escribí dirigida a los universitarios de la América Meridional:

«Durante mi encuentro intuí que vosotros sentís muy profundamente el mal que grava sobre la vida social de las naciones de las que sois hijos e hijas. Os preocupa la necesidad de cambio, la necesidad de construir un mundo mejor, más justo y a la vez más digno del hombre. En este tema vuestros deseos coinciden con la mentalidad que se ha ido acentuando progresivamente a través de la enseñanza y del apostolado de la Iglesia contemporánea. El Concilio Vaticano II frecuentemente da respuesta a esta aspiración para hacer la vida sobre la tierra más humana, más digna del hombre. Esta tendencia cristiana en el fondo y a la vez humana tiene carácter universal: se refiere a cada hombre y consecuentemente a todos los hombres. No puede llevar a restricciones, instrumentalizaciones, falsificaciones, discriminaciones de cualquier clase. Debe llevar consigo la plena verdad sobre el hombre y debe conducir a la plena realización de los derechos humanos. Para que esta noble aspiración que late en el corazón joven y en la voluntad puede llegar a una realización correcta es necesario ver al hombre en toda su dimensión humana. No debe reducirse el hombre a la esfera de sus necesidades meramente materiales. No puede ni debe medirse el progreso sólo con categorías económicas. La dimensión espiritual del ser humano debe encontrar su lugar exacto.

»El hombre es él mismo a través de la madurez de su espíritu, de su conciencia, de su relación con Dios y con el prójimo.

»No existirá un mundo mejor, y un orden mejor de la vida social, si antes no se da preferencia a los valores del espíritu humano. Recordad esto bien vosotros que justamente anheláis cambios que comporten una sociedad mejor y más justa; vosotros, jóvenes, que justamente contestáis toda clase de mal, de discriminación, de violencia, de torturas reservadas a los hombres. Recordad que el orden que deseáis es un orden moral y no lo alcanzaréis en modo alguno, si no dais la precedencia a todo lo que constituye la fuerza del espíritu humano: justicia, amor y amistad» (AAS 71, 1979, págs. 253-254; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 29 de abril de 1979, pág. 6).

3. Hoy gozo también por este nuevo encuentro con vosotros en el marco del jubileo de San Estanislao, en el que tengo la suerte de participar. Cuando escuchamos el Evangelio que la liturgia de la solemnidad de San Estanislao nos recuerda cada año, aparece ante los ojos de nuestra alma Cristo Buen Pastor, que "da su vida por las ovejas" (Jn 10, 11); Cristo, que conoce s. sus ovejas como sus ovejas le conocen a El (cf. Jn 10, 14): el Buen Pastor, que busca la oveja descarriada y cuando la encuentra "la pone alegre sobre sus hombros" (Lc 15, 5) y la lleva con gozo nuevamente al redil.

¿Qué otra cosa podía deciros mejor que ésta? ¡Aprended a conocer a Cristo y dejaos conocer por El! El conoce a cada uno de vosotros de modo especial. No es conocimiento que suscite oposición y rebelión, una ciencia ante la cual sea necesario huir para salvaguardar el propio misterio interior No es una ciencia compuesta de hipótesis, que reduce al hombre a las dimensiones socio-utilitarias. La suya es una ciencia llena de sencilla verdad sobre el hombre y sobre todo llena de amor. Someteos a esta ciencia, sencilla y llena de amor, del Buen Pastor. Estad seguros de que El conoce a cada uno de vosotros más que cuanto cada uno de vosotros se conoce a sí mismo. Conoce, porque ha dado su vida (cf. Jn 15, 13). Permitidle que os encuentre. A veces el hombre, el joven, se descarría en sí mismo, en el mundo que lo circunda, entre toda la maraña de las cosas humanas que lo envuelven. Permitid a Cristo que os encuentre. Que conozca todo de vosotros. ¡Que os guíe! Es verdad que para seguir a uno, hay al mismo tiempo que exigirse a sí mismo; tal es la ley de la amistad. Si queremos andar juntos tenemos que estar atentos al camino que hemos de recorrer. Si nos movemos sobre la montaña, conviene seguir las señales. Si escalamos una montaña, no podemos dejar la cuerda. Hay ante todo que conservar la unión con el Amigo divino que tiene por nombre Jesucristo. Hay que colaborar con El.

Muchas veces he hablarle de esto y más detallada y ampliamente que hoy. Recordad: Lo que os he dicho y os digo, lo he dicho y lo digo por experiencia personal. Me he maravillado siempre de este admirable poder que Cristo tiene sobre el corazón humano. Y no lo tiene por una razón cualquiera o por un determinado motivo, o porque le interesa o porque vaya a sacar provecho de ello, sino únicamente porque ama y da la vida por sus hermanos (cf. Jn 15, 13).

Vosotros sois el futuro del mundo, de la nación, de la Iglesia. "De vosotros depende el mañana...". Aceptad con sentido de responsabilidad la sencilla verdad encerrada en este cántico juvenil y pedir a Cristo, por medio de su Madre, que podáis afrontarla.

Debéis llevar al futuro toda la experiencia de la historia que tiene por nombre "Polonia". Es una experiencia difícil, quizá una de las más difíciles del mundo, de Europa, de la Iglesia. No tengáis miedo a la fatiga, sino solamente a la ligereza y a la pusilanimidad. De esta difícil experiencia que tiene el nombre de "Polonia", se puede lograr un futuro mejor, pero sólo a condición de ser honrados, sobrios, creyentes, libres de espíritu, fuertes en las convicciones.

¡Sed coherentes en vuestra fe!

Sed fieles a la Madre del Buen Amor. Tened confianza en Ella, plasmando vuestro amor y formando vuestras jóvenes familias.

Que Cristo siga siendo para vosotros "camino, verdad y vida".

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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