Ilustres señores y queridos hijos:
Os quedo sinceramente agradecido por la cortesía de esta visita, que me permite
encontrarme y saludar a los prestigiosos campeones de dos países, unidos entre
sí por vínculos profundos de fe, de cultura y de sangre, a sus directivos y
técnicos con las respectivas familias, y a estos dos equipos de muchachos, que
si todavía no poseen la fama de sus colegas ya conocidos, ciertamente emulan su
pasión en el deporte y su entusiasmo generoso. A todos dirijo la más cordial
bienvenida.
He escuchado con atención e interés las palabras de presentación del señor
presidente de la Federación Italiana de fútbol, que ha sabido interpretar con
palabras amables y apropiadas los sentimientos comunes y ha recordado además
oportunamente la solicitud con que la Iglesia ha seguido siempre el ejercicio de
las diversas disciplinas atléticas, complaciéndose al mismo tiempo en
subrayar, con rasgo de exquisita delicadeza, el aprecio que yo también he
tenido ocasión de mostrar por los valores que van unidos a la práctica del
deporte.
Me complazco en poner de relieve la claridad y exactitud con que
usted, señor
presidente, ha sabido captar la enseñanza del Magisterio eclesiástico en esta
materia. Es enseñanza importante, porque refleja uno de los puntos firmes de la
concepción cristiana del hombre. Vale la pena recordar, a este propósito, que
ya los pensadores cristianos de los primeros siglos se opusieron con decisión a
ciertas ideologías, entonces en boga, que se caracterizaban por una
infravaloración de lo corporal, defendida en nombre de una mal entendida
exaltación del espíritu: sobre la pauta de los datos bíblicos ellos, en cambio,
afirmaron con fuerza una visión unitaria del ser humano. "¿Qué es el hombre
—se
pregunta un autor cristiano de fines del siglo II o de principios del III—, qué
es el hombre, sino un animal racional compuesto de un alma y de un cuerpo? El
alma, tomada en sí misma, ¿no es, pues, el hombre? No, sino que es el alma del
hombre. El cuerpo, pues, ¿es el hombre? No, sino que debe decirse que es el
cuerpo del hombre. Por esto, ni el alma ni el cuerpo, tomados separadamente, son
el hombre: lo que se llama con este nombre es lo que nace de su unión" (De resurrectione VIII,
en Rouet de Journel, Enchiridion Patristicum, núm. 147, pág.
59).
Por esto cuando Emmanuel Mounier, un pensador cristiano de este siglo, dice que
el hombre es "un cuerpo por el mismo título que es espíritu: todo él cuerpo y
todo él espíritu" (cf. Il personalismo, Roma, 1971, pág. 29), no dice nada
nuevo, sino que vuelve a poner de relieve sencillamente el pensamiento
tradicional de la Iglesia.
Me he detenido un poco en evocar estos puntos de doctrina, porque sobre estos
fundamentos se apoya la valoración de las disciplinas deportivas que propone el
Magisterio. Se trata de una valoración altamente positiva, a causa de la
cooperación que tales disciplinas aportan para una formación humana integral.
En efecto, la actividad atlética, realizada según justos criterios, tiende a
desarrollar en el organismo fuerza, agilidad, resistencia y armonía de
ademanes, y favorece al mismo tiempo el crecimiento de las mismas energías
interiores, convirtiéndose en escuela de lealtad, de coraje, de conformidad,
de decisión, de hermandad.
Por lo tanto, al dirigiros una palabra de aplauso y estímulo, jóvenes atletas
aquí presentes, y a vuestros colegas de todas las partes del mundo, a los
directivos, a los técnicos y a cuantos se dedican a la noble causa de la
difusión de una sana práctica deportiva, manifiesto el deseo de que sean cada
vez más numerosos los que, templando el cuerpo y el espíritu en las severas
normas de las diversas disciplinas deportivas, se esfuercen por conseguir la
madurez humana necesaria para medirse con las pruebas de la vida, aprendiendo a
afrontar las dificultades cotidianas con valentía y a superarlas
victoriosamente.
Permitidme ahora decir una palabra en la lengua que se habla en Argentina.
Amadísimos hijos argentinos:
Me siento contento de poder recibiros hoy, día además de la fiesta nacional
argentina, para felicitaros cordialmente por vuestros recientes éxitos
deportivos y para expresaros mi sentida estima por vuestras personas.
Sois jóvenes todavía y por tanto llenos de ilusión y deseosos de perfeccionaros
personal y profesionalmente. Por eso, mis palabras, cuando hablo a deportistas
como vosotros, quisieran ser siempre una especie de afectuosa sacudida de los
espíritus, animándolos a desplegarse con gallardía hacia los objetivos que más
ennoblecen la vida.
Tened presente que, mientras jugáis, sois centro de atención por parte de las
masas. El buen juego, el estilo excelente, los resultados favorables os
granjearán sus aplausos y su admiración. Pero, ojalá puedan apreciar claramente
en vosotros un modelo de respeto y de lealtad, un ejemplo de compañerismo y
amistad, un testimonio de auténtica fraternidad. Todo esto afina los espíritus y
les hace percibir de cerca lo sublime del ser humano y su auténtica dignidad.
Así se coopera también a la construcción de un mundo más pacífico y, si se tiene
fe, a la consolidación de la comunidad de los hijos de Dios: la Iglesia.
Con estos deseos os imparto de corazón la bendición apostólica, que hago
extensiva a vuestras familias y a todos los queridísimos hijos argentinos.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana