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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA DELEGACIÓN DEL PATRIARCADO ECUMÉNICO
DE CONSTANTINOPLA


Sábado 28 de junio de 1980

 

Eminencia:

Con alegría cada vez mayor, tengo el placer de volver a encontrarme con la Delegación del Patriarcado Ecuménico que mi hermano Dimitrios I y su Sínodo han enviado a la Iglesia de Roma con ocasión de la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

La alegría es realmente más grande, porque este año la experiencia de los lazos comunes entre nuestras Iglesias ha sido más intensa y porque nuestro compromiso común de vivir juntos la comunión de fe, ya existente entre nosotros, ha sido más explícita. Eso nos permitirá ir cada vez más hacia la plenitud de la unidad en la plenitud de la verdad y de la caridad. La participación recíproca, cada año, en las fiestas patronales de la Iglesia de Roma y de la Iglesia de Constantinopla nos da la oportunidad de encontrarnos nuevamente en la oración para pedir y recibir la ayuda del Señor que nos ilumine sobre el camino que hemos de seguir y nos dé la fuerza para ir adelante según su voluntad. En nuestros encuentros fraternales percibimos cada vez mejor su presencia eficaz: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Yo quisiera que estos encuentros, según los lugares y las circunstancias pero dentro del mismo espíritu, se realicen allí donde viven católicos y ortodoxos para crear progresivamente las condiciones necesarias para la plena unidad. El diálogo de la caridad debe continuar y extenderse entre todos los miembros de nuestras Iglesias. En la declaración común con el Patriarca Dimitrios I que coronó felizmente mi visita al Patriarcado Ecuménico, hemos afirmado explícitamente: "Este diálogo de la caridad debe continuar intensificándose en la compleja situación que hemos heredado del pasado y que constituye la realidad en la que debe desenvolverse hoy nuestro esfuerzo" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 9 de diciembre, 1979, pág. 16). Todos los cristianos son llamados a la plena unidad.

El diálogo teológico que se ha abierto oficialmente en la isla de Patmos es un acontecimiento importante y, en las relaciones entre católicos y ortodoxos, es el acontecimiento mayor no sólo de este año sino desde hace siglos hasta hoy. Entramos en una nueva fase de nuestras relaciones porque el diálogo teológico constituye un aspecto esencial de un diálogo más amplio entre nuestras Iglesias. En ese diálogo están empeñadas la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto. Hemos encontrado así el marco general y el instrumento eficaz para identificar, en su contexto real, por encima de prejuicios y de reservas previas, las dificultades de toda índole que impiden todavía la plena comunión.

El tema escogido para la primera fase del diálogo es éste: "El misterio de la Iglesia y de la Eucaristía a la luz del misterio de la Santísima Trinidad". Este tema merece la más profunda consideración, porque nos lleva al corazón mismo de la identidad cristiana. El hecho de haber acogido la proposición presentada por las dos comisiones preparatorias, católica y ortodoxa, de comenzar el diálogo teológico por lo que tenemos en común, ofrece a ese diálogo la base más sólida y la perspectiva más prometedora.

El programa de trabajo establecido de común acuerdo por la comisión mixta desde su primera reunión, la distribución de tareas a través de subcomisiones y la coordinación confiada a un comité mixto, asegurarán ciertamente al trabajo teológico una eficacia de desarrollo y una armonía de orientación.

Por todo esto damos gracias a Dios, porque es El quien nos conduce. Cada día continuaremos invocando su ayuda, siempre necesaria para superar las dificultades inevitables que se encontrarán en el camino de la unidad. Por eso nuestra oración se hace más intensa.

Por nuestra parte, atentos a lo que querrá decir el Espíritu, no ahorraremos, estad seguros de ello, esfuerzo alguno en la búsqueda de la plena unidad. La perspectiva última del diálogo teológico, como la de nuestros encuentros por la fiesta de San Andrés en el Patriarcado Ecuménico y de los Santos Pedro y Pablo en Roma, sigue siendo la de la celebración eucarística, después de haber superado las dificultades que hacen que hoy la comunión entre nuestras dos Iglesias no sea todavía plena y perfecta.

Os doy las gracias, queridísimos hermanos en el Señor, por vuestra presencia, por vuestra visita, por los sentimientos que habéis querido expresar.

Os ruego que llevéis mi saludo fraternal y cordial al Patriarca Dimitrios y a su Sínodo y mi agradecimiento caluroso por su mensaje de comunión, de caridad y de empeño en la búsqueda de la plena unidad.

¡Que el Señor esté siempre con nosotros!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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