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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO
DE LA ASOCIACIÓN DE PERIODISTAS EUROPEOS


Sábado 25 de octubre de 1980

 

Señoras, señores:

Con alegría muy especial recibo a los representantes de la Asociación de periodistas europeos en este año dedicado al gran apóstol y patrono de Europa, San Benito. Os habéis reunido para celebrar vuestro XVIII Congreso internacional en esta ciudad de Roma, cuya vocación europea ha podido favorecer e incluso inspirar los trabajos de vuestra asamblea.

Os dedicáis a la formación de la opinión pública en países europeos y ello comporta una hermosa y fuerte responsabilidad. Conocéis bien las enormes dificultades de orden político, económico, social y sobre todo humano, que el ideal de la unidad de Europa encuentra en su realización. Este continente comprende un gran número de comunidades nacionales y podría, por tanto, beneficiarse de toda la riqueza de sus culturas propias, dentro del respeto para cada uno; pero sigue estando marcado por los enfrentamientos y las luchas que esos Estados han tenido entre sí, exasperando sus divergencias políticas, ideológicas o religiosas, o queriéndolas conquistar por la fuerza de intereses particulares. También esa larga historia facilita la tarea de quienes ven en la unidad de Europa el medio para realizar la comprensión y la fraternidad entre los pueblos que la componen y contribuir así a la paz del mundo.

Pese a los grandes pasos realizados, así como a la inspiración previdente y generosa de tantos adelantados, hombres y mujeres, que han consagrado su tiempo y sus fatigas, hay que reconocer que el ideal de Europa no ha encontrado todavía su plena realización. Mis predecesores, desde la época de Benedicto XV, no han dejado de contribuir a ello con sus estímulos y exhortaciones, como acaba de recordar vuestro presidente, a quien agradezco vivamente sus elevadas ideas. Recogiendo lo que decía Pablo VI a los directores de periódicos de los países miembros de la Comunidad Económica Europea el 17 de abril de 1967, os recuerdo que la misión del Papa no es la de presentar la mejor fórmula política o económica para realizar la unión de los pueblos de Europa: "Nuestra misión es otra: es de orden moral y espiritual. Pero precisamente a la luz de los principios de orden superior aparece con la mayor evidencia el carácter nefasto de las divisiones y de las oposiciones entre los hombres y los pueblos. A la luz de las exigencias profundas de la naturaleza humana y de la vida en sociedad se manifiesta de la mejor manera la necesidad para los hombres de acercarse, amarse, unir sus esfuerzos para realizar finalmente ese mundo fraterno y verdaderamente humano al que, consciente o inconscientemente, todos los hombres y todos los pueblos aspiran profundamente" (cf. Insegnamenti di Paolo VI, Tip. Pol. Vati., vol. V, página 739).

Todo el mundo sabe, a este propósito, que Europa puede encontrar en sus tradiciones los valores humanos, morales y espirituales que garantizan el significado de la existencia personal, el sentido del trabajo, las relaciones familiares, el respeto al hombre, a sus derechos, a su libertad, a su destino, así como la dinámica del perdón y de la hermandad... La Iglesia ha exaltado este año no pocas veces la contribución original de San Benito de Nursia a esa civilización, hasta el punto de que resultaría superfluo insistir en ello nuevamente ante vosotros. No por ello dejo de exhortaros a que sepáis poner siempre de relieve esos valores espirituales que Europa ha fundamentado en el cristianismo o desarrollado en su propia esfera y que son el patrimonio del género humano, de todos los hombres de buena voluntad. Europa debe dar testimonio al mundo de ello, en cualquier caso; sin esos valores su construcción sería frágil y me atrevería a decir que destinada al fracaso.

Pero es muy oportuno que vuestro Congreso haya estudiado también, con ayuda de especialistas, los problemas de orden político, monetario, agrícola, energético, que expresan concretamente la solidaridad en los afanes de la vida cotidiana y que contribuyen a hacer realistas y eficaces la comprensión y la unión, sobre todo desde que la elección del Parlamento Europeo por sufragio universal y directo proporciona nuevas posibilidades de orientaciones comunes.

Os corresponderá desde ese momento contribuir a ese progreso utilizando los instrumentos —a decir verdad, poderosos— que os son propios: periódicos, radio, televisión. Aplicaréis así las conclusiones de vuestro Congreso de modo relativamente fácil de comprender por la gran mayoría de hombres y mujeres que os siguen y especialmente por los más jóvenes. Vuestra tarea en ese terreno, como por otra parte en todos los que abordan los medios de comunicación social, es determinante para la maduración y el sentido de responsabilidad de la opinión pública, en la medida en que sepáis tanto comunicar los informes reales como proponer vuestras convicciones sobre la realización ideal de Europa. Hace todavía muy poco tiempo, el 25 de septiembre, tuve ocasión de subrayar, ante los congresistas de la Unión Internacional de la Prensa Católica, los valores de la comunicación: "Escucha, información recíproca, intercambio, comunión, participación, dedicación al servicio de los demás; en una palabra, todo lo que contribuye a que los hombres se conozcan mejor, se estimen mutuamente y colaboren mejor entre sí" (L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 2 de noviembre de 1980, pág. 16).

Vuestra atención se centra especialmente en la construcción actual de la unidad europea, pero no debéis dejar de ampliar vuestra visión hacia un horizonte más amplio. Vuestra esperanza, como la de muchos europeos, es la de ver que todo este continente halla su solidaridad y su unión en una comunidad de pueblos europeos que tienen ya en común tantas tradiciones culturales y cristianas. Ese proyecto ha encontrado un comienzo de realización, o más bien una etapa, en el hecho de que vuestros países de Europa accederán próximamente a la Comunidad, a la que vosotros acabáis de dedicar vuestras tareas.

La Comunidad Económica Europea tiene además relaciones económicas con cerca de sesenta países de África, del Caribe y del Pacífico —pienso especialmente en la segunda Convención de Lamé— y eso puede aparecer como una forma interesante de comprensión y de solidaridad hacia los países del Tercer Mundo. Conviene indudablemente desear que ese tipo de vínculos se extienda a otros países menos favorecidos del mundo, con los cuales, por otra parte, la Comunidad ha comenzado ya a establecer acuerdos de asociación.

En ese aspecto, además, podéis con vuestros medios de comunicación contribuir mucho a hacer comprender los valores culturales y espirituales de esos países, así como sus mayores exigencias en el terreno social y económico. Vuestra competencia, vuestra lealtad y vuestro espíritu de servicio permitirán aportar una contribución muy valiosa, incluso a los hombres políticos que están sobrecargados de tareas tan complejas. En una palabra, habréis ayudado a la edificación del hombre que es, en fin de cuentas, el objetivo de vuestro trabajo; del hombre, cuyos derechos son inseparables de los derechos de Dios.

Hago votos para que la gracia de Dios os inspire y os asista, y ruego al Señor que bendiga vuestras personas, vuestras familias, vuestros colegas y vuestros queridos países.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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