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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SR. PETER DINGISWAYÓ ZUZE,
NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE ZAMBIA
ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 8 de febrero de 1982

 

Señor Embajador:

1. Es para mí un placer dar la bienvenida a Su Excelencia y aceptar las Cartas Credenciales como Embajador de la República de Zambia ante la Santa Sede. Aprecio las amables palabras de saludo que acabáis de pronunciar en nombre de los ciudadanos de vuestra Nación y agradezco vuestro interés por mi salud. De un modo particular, aprovecho esta oportunidad para expresar mi agradecimiento sincero a todos vuestros ciudadanos que rezaron por mí durante el período de mi convalecencia.

2. El tema de la paz, al que usted se ha referido, afecta directamente a la estabilidad no sólo de cada una de las naciones, como la suya, sino a la comunidad mundial como un todo. Fiel a su misión de llevar el mensaje de la salvación a todos los pueblos, la Iglesia Católica tiene un vivo interés por la promoción de todo lo que asegure la dignidad inherente a toda persona humana. El establecimiento de una paz verdadera es esencial para hacer que esta dignidad sea preservada y se afiance.

Como todos sabemos, paz no es simplemente la ausencia de guerras. En su sentido pleno, la paz es, sobre todo, el deseo más profundo del corazón del ser humano. La paz constituye un reto para lo que hay de más noble en el corazón del hombre. En este sentido, en el mensaje de este año para la Jornada mundial de la Paz, he afirmado que la paz «nace del dinamismo de las voluntades libres, guiadas por la razón hacia el bien común para alcanzar en la verdad, la justicia y el amor» (n. 4).

3. Desde estos presupuestos, resulta evidente que la paz ha de incluir necesariamente algo más que una simple consideración de valores materiales o económicos. La paz exige además valores de tipo espiritual. De hecho, hay que reconocer la preeminencia de los valores espirituales con el fin de asegurar que el desarrollo material y el crecimiento económico se pongan al servicio del auténtico destino de toda la persona. Por esta razón, el libre acceso a la verdad, la distribución equitativa de las riquezas de la creación y el derecho a ser aceptados en la sociedad sin discriminación alguna por razón de origen, raza, sexo, nacionalidad, religión, convicciones políticas u otros motivos, han de ser considerados como elementos esenciales para la construcción de una paz duradera.

Por otra parte, en cualquier sitio donde, por ley o por costumbre, se permita la existencia del egoísmo, la avaricia y la explotación, el sufrimiento humano, se hará sentir con mayor intensidad y quedará bloqueado muy seriamente el camino hacia la paz. Estas situaciones se superarán únicamente con la voluntad de comunicar, de comprender la condición de aquellos que son manipulados, y con la prontitud para olvidar los errores del pasado en favor de una común búsqueda de la armonía futura.

Señor Embajador: Mantengo la firme esperanza de ver reiterado el compromiso del pueblo de Zambia por la búsqueda de la paz en el mundo. Que Dios bendiga los esfuerzos realizados para lograr este objetivo.

Expreso a usted mis deseos por el éxito en el trabajo que le ha sido encomendado por Su Excelencia el Presidente de la República. Le aseguro la cooperación y la asistencia de la Santa Sede en sus esfuerzos, así como mis oraciones por usted y por todos los queridos hijos e hijas de Zambia.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 11 p.18.

 

© Copyright 1982 - Libreria Editrice Vaticana

 

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