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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, CHILE Y ARGENTINA

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DEL MUNDO
DE LA CULTURA ARGENTINA

Teatro Colón - Buenos Aires
Domingo 12 de abril de 1987

 

1. Al iniciar este encuentro, para mi tan lleno de significado, quiero saludar a todos los representantes del mundo de la cultura argentina, reunidos aquí, en este marco sugestivo del Teatro Colón, escenario y testigo de tantas manifestaciones culturales. He esperado este momento con particular interés. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha vivido en alianza con las letras, las artes y las ciencias; y esta ininterrumpida asociación, que se ha manifestado recíprocamente fecunda, está llamada a seguir siendo fuente de creatividad y vitalidad intelectual en el futuro. Es una necesidad apremiante, ya que la decadencia humana y el progresivo agotamiento cultural que se notan también en nuestra época, coinciden en gran parte con la contemporánea degradación de algunos sistemas filosóficos que pretenden hacer del hombre un rival de Dios, orientan al individuo y a la sociedad por caminos que alejan de Aquel que es la causa de su existencia y el término final de todo afán verdaderamente humano.

Miro a los hombres de cultura argentinos con particular esperanza. Vuestro país se precia justamente de un rico patrimonio cultural, que puede enorgullecerse de tener tras de sí una amplia y variada tradición en las artes figurativas, en la música, en la literatura, y una no menor pujanza en las investigaciones científicas. Me complace recordar además algo que es bien conocido por vosotros: la cultura ostenta en América Latina, desde sus orígenes, una honda raigambre cristiana, que aquí, en Argentina, ha asumido una peculiar polivalencia, propiciada por el encuentro de razas y pueblos diversos, especialmente europeos. Y a todo esto se une el empuje y el vigor propios de una nación joven y creadora.

Ante una realidad tan prometedora, el hombre de cultura no puede sustraerse a un hondo sentido de responsabilidad. Sabéis que vuestra labor cultural se refleja en todo el ámbito de la convivencia argentina, y constituye un punto de referencia para tantas personas deseosas de saber y de crecer en el espíritu. Pido a Dios que os dé su sabiduría y su fortaleza para que podáis llevar a cabo vuestra misión científica y profesional ofreciendo a la sociedad vuestra aportación cultural, con originalidad, seriedad y profundidad.

Junto con esta petición, quisiera proponeros esta tarde algunas reflexiones, con la esperanza de que os puedan ser de ayuda en vuestra tarea. Son consideraciones dictadas por el deseo de alentaros en la consecución de los ideales que sostienen y dan vigor a vuestros nobilísimos anhelos. Me refiero a los valores más auténticos que deben estar presentes en toda cultura: la comunicación, la universalidad y el sentido de humanidad.

2. Pienso, en particular, en la comunicación de la misma cultura. En efecto, todo lo que el hombre conoce y experimenta en su interioridad –sus pensamientos, sus inquietudes, sus proyectos–, puede transmitirlo a los demás en la medida en que consigue plasmarlo en gestos, símbolos, palabras. Los usos, las tradiciones, el lenguaje, las obras de arte, las ciencias, son cauces de mediación entre los hombres, tanto entre los contemporáneos como en perspectiva histórica, ya que, en cuanto son transmisores de verdad, de belleza y de conocimiento recíproco, hacen posible la unión de voluntades en la búsqueda concertada de soluciones a los problemas de la existencia humana.

La verdadera cultura es, pues, instrumento de acercamiento y participación, de comprensión y solidaridad. Por eso, el auténtico hombre de cultura tiende siempre a unir, no a dividir; no crea barreras entre sus semejantes, sino que difunde entendimiento y concordia; no le mueve la rivalidad ni la revancha, sino el deseo de abrir nuevos cauces a la creatividad y al progreso.

3. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32), leemos en el Evangelio de san Juan. Las tensiones y conflictos que puedan aparecer en el panorama social son una invitación urgente, a menudo dolorosa, a que asumáis vuestra responsabilidad de hombres de cultura. He aquí un desafío para vuestro talento: mostrar a la sociedad que los enfrentamientos y las incomprensiones van frecuentemente ligadas a la ignorancia y al desconocimiento mutuo entre las partes: poner de manifiesto que la verdad es aquella síntesis superadora, capaz de resolver los problemas reales y los conflictos, de tal manera que los sectores rivales puedan reconocer su propia parte en un proyecto más íntegro y armónico, que abrace e incluya a todos en un esfuerzo común de civilización.

Soy consciente –como vosotros– de que esta tarea es ardua. No se trata de llegar a entendimientos ocasionales, más o menos superficiales, sino que es necesario ir a las raíces de los conflictos para descubrir y rescatar las diversas partes de verdad y recomponerlas en su unidad indivisible para que puedan expresar toda su profundidad. Esta labor exige paciencia, dedicación, espíritu tolerante y pluralista. A veces se experimentará el dolor de ver que desfallecen los ánimos, pero nunca ha de faltar la esperanza de llegar a superar los problemas que hoy nos aquejan.

No podemos olvidar que, en vuestro país ha existido siempre, desde sus comienzos, un particular interés por la cultura. Fue una decisión clarividente, tomada por las autoridades, desde épocas tempranas, la de empeñarse por hacer llegar la educación a todos los sectores de la población. El camino por recorrer en este campo es aún largo y difícil; pero no por eso os debe faltar el tesón y el entusiasmo, conscientes de que vuestras aportaciones no caerán en el vacío, sino que serán piedras sillares en la construcción de ese gran edifico que es la cultura de un pueblo.

4. Consideremos ahora otro rasgo característico de la verdadera cultura: su universalidad. “Una urgencia particularmente importante hoy para la renovación cultural es la apertura a lo universal” (Discurso al mundo de la Universidad y de la cultura de España, n. 10, Madrid, 3 de noviembre de 1982). Es éste un aspecto de la cultura estrechamente vinculado con el anterior. La cultura, en efecto, al poner al hombre en contacto con inquietudes, ideas y valores que tienen su origen en otros lugares y tiempos, ayuda a superar la visión limitada, fruto de una dedicación exclusiva a un ámbito determinado. Por otro lado, aunque la cultura sea también un fenómeno localizado en un área concreta, permite estar siempre en conexión con aspectos universales, que afectan a todos los hombres. Una cultura sin valores universales no es una verdadera cultura. Esos valores universales permiten que las culturas particulares comuniquen entre sí, y se enriquezcan recíprocamente.

Se comprende entonces que este nivel más amplio de participación y acercamiento entre los hombres no depende sólo de las técnicas y de los medios de difusión, sino que tiene lugar en un ámbito de expresión más elevado, es decir, en el de los valores superiores que inspiran todo movimiento cultural genuino.

5. Quien alienta ese afán irrenunciable de universalidad en su quehacer cultural ha de plantearse los interrogantes más profundos del hombre; esto es, el sentido último de la existencia y el modo de vida verdaderamente adecuado a ese fin. Sin embargo, esos interrogantes son también propios de vuestras mismas conciencias; y por eso el quehacer cultural afecta incluso a vuestra propia vida, exigiendo de vosotros que encarnéis los valores universales que queréis comunicar. Está en juego la misma credibilidad de vuestro mensaje y de vuestras propuestas: si falta ese compromiso moral, no se llegaría a ser un verdadero hombre de cultura, porque se quedaría en el formalismo, la neutralidad, el sincretismo; en una palabra, en la decadencia cultural.

Es verdad ciertamente que el ejercicio de una auténtica democracia y el respeto, por parte de todas las instancias responsables, de un sano pluralismo, no pueden no favorecer el desarrollo y la extensión de la cultura.

No olvidemos, sin embargo, que la verdad, la belleza y el bien, como la libertad, son valores absolutos y que, como tales, no dependen de la adhesión a ellos de un número más o menos grande de personas. No son el resultado de la decisión de una mayoría, sino que, por el contrario, las decisiones individuales y las que asume la colectividad deben estar inspiradas con estos valores supremos e inmutables, para que el compromiso cultural de las personas y de las sociedades respondan a las exigencias de la dignidad humana.

Sabéis además que el compromiso ético del hombre de cultura –la atención cotidiana por educar su conducta al bien y a la verdad– es el modo de ahondar vitalmente en el corazón del hombre, experimentando así su grandeza y su debilidad, sus conflictos y sus anhelos de paz y de armonía, y sobre todo su insaciable necesidad de amar y de ser amado. Percibiréis cuán profundamente la persona aspira a referir todo su ser a Dios, para poder llegar a ser él mismo. Vuestra misma identidad de hombres de cultura os inclina entonces a recorrer ese camino hacia la interioridad de todo hombre, alcanzándola con vuestra propia experiencia humana.

La responsabilidad social del hombre de cultura le mueve también a salir de sí mismo, apartándose de todo aislamiento egoísta, v actuando en su vida personal con seriedad y coherencia, sin ceder a las insidias que intentan desviarlo de sus ideales más valiosos. La alegría y el dolor que se experimentan en la superación de las dificultades, son también una puerta de entrada al tesoro que anida en el corazón del hombre. Cuando después eso mismo queda expresado en vuestras obras de cultura, adquiere la grandeza impresionante que acompaña a lo universal, cuando toma forma concreta en una determinada situación histórica.

Sois conscientes de que todo esto es difícil y arriesgado; pero vuestra conciencia os dicta que no podéis eludirlo, ni retraeros. Por otra parte, no es imposible, ya que el hecho mismo de intentarlo significa haberlo conseguido de algún modo, comenzar a moverse ya en el plano de los verdaderos ideales culturales, y vivir en sintonía de solidaridad con los grandes hombres del pasado y del presente, con la esperanza de poder transmitir algo valioso a la humanidad.

6. Esto último me lleva a considerar el tercer rasgo que debe caracterizar la cultura. Me refiero al sentido de humanidad. Es la propiedad más importante, porque la comunicación se hace posible cuando hay valores universales, y los valores universales adquieren vigencia cuando gracias a la cultura sirven al hombre completo. El fin de la cultura es dar al hombre una perfección, una expansión de sus potencialidades naturales. Es cultura aquello que impulsa al hombre a respetar más a sus semejantes, a ocupar mejor su tiempo libre, a trabajar con un sentido más humano, a gozar de la belleza y amar a su Creador. La cultura gana en calidad, en contenido humano, cuando se pone al servicio de la verdad, del bien, de la belleza, de la libertad, cuando contribuye a vivir armoniosamente, con sentido de orden y unidad, toda la constelación de los valores humanos.

El momento actual es de veras importante y sumamente delicado. Nos encontramos ante un progreso avasallador del conocimiento científico-tecnológico, no siempre compensado por una cultura humanística de análoga envergadura. La revolución científico-tecnológica –un fenómeno en sí eminentemente positivo– se ha desarrollado, en las últimas décadas, a la par que se ha dado, inversamente, un cierto empobrecimiento de lo que llamamos “ humanidades ”. Por esto mismo, en nuestros días se hace más necesario esmerarse con todos los medios al alcance por superar este desfase, y emprender con nuevo vigor el cultivo de un saber humanístico que sea capaz de situar al hombre como centro raíz y fin de toda cultura, como “hecho primordial y fundamental de la cultura” (Discurso a la UNESCO, n. 8, París, 2 de junio de 1980), y de orientar así el progreso científico-tecnológico de nuestros días hacia metas íntegramente humanas.

7. Al hacer presente a todos vosotros que la Iglesia se interesa por la cultura de un modo particular, quisiera ahora aludir a lo que el Episcopado latinoamericano, en el Documento de Puebla, ha llamado la “evangelización de las culturas” (Cf. Puebla, 385-443), y hacer un llamado a los católicos que se desempeñan en el mundo de la ciencia, de las artes y de las letras para que, con su vida y su actividad profesional, contribuyan a la difusión del mensaje evangélico en todos los ámbitos culturales del país, fortaleciendo así la colaboración recíproca entre fe y ciencia, que haga surgir una nueva fecundidad intelectual, artística, literaria. Todo ello será posible si también el mundo de la cultura abre sin miedo sus puertas a la plenitud de Cristo, el único que da sentido y consistencia a todo lo que existe.

Permitidme, en este sentido, unas breves palabras sobre el mundo universitario, del que muchos de vosotros formáis parte. La Universidad, en su específica fisonomía, significa cultura, cultura cualificada y original, cultura de orden superior, destinada a difundir la verdad y a lograr descubrimientos que marcan un real progreso en la esfera de los conocimientos humanos. Pero ese fin primario y esencial de la Universidad es inseparable de otra función, que igualmente le es connatural: ayudar a los hombres y mujeres que en ella conviven, a desarrollarse a sí mismos, a crecer propiamente como personas, según las exigencias del bien integral del hombre. Es necesario que la Universidad y cada uno de los universitarios fomenten ese desarrollo armónico y paralelo de ambas finalidades.

Así lo ha hecho la Iglesia, desde que bajo su amparo florecieron esos centros de cultura superior. “La historia misma de las universidades, tal como surgieron en el Medioevo y se desarrollaron en la Edad Moderna, es testigo de la estrecha urdimbre entre fe y cultura, que también hoy exige una nueva, clara y sólida configuración. En efecto, las dos matrices se inspiran, aunque con óptica diversa, en el estudio del hombre, de sus inmensas capacidades, que, si son justamente canalizadas, enriquecen al hombre mismo” (Discurso a los profesores y alumnos de la Universidad de Pavía, n. 4, Pavía, 3 de noviembre de 1984). Sabéis bien que la Iglesia ha mirado siempre con interés y amor al mundo universitario, consciente de la importancia que tiene para el presente y el futuro de la humanidad.

8. Este es mi mensaje a los hombres y mujeres de la cultura en este querido país, ya al final de mi viaje apostólico. Mensaje que siento que no es suficiente, pero con algunos elementos, con algunas propuestas esenciales. Con él he querido alentaros en esa tarea tan positiva y esperanzadora como es la de promover activamente la formación completa, en todas sus dimensiones, del hombre y de la mujer argentinos. No permitáis que se interpongan los problemas circunstanciales, los cuales quitan claridad a esta meta fundamental. Al contrario, toda la problemática relacionada con la ciencia y la cultura, si se mira bajo la perspectiva de servicio al hombre, hecho a imagen y semejanza del Creador, terminará hallando vías de solución, de modo justo y enriquecedor.

Sembrad, con la cultura, gérmenes de humanidad; gérmenes que crezcan, se desarrollen y hagan robustas a las nuevas generaciones. Trabajad con un sentido de trascendencia, porque Dios es la Suma Verdad, la Suma Belleza, el Sumo Bien y con la labor científica y artística, se puede dar gloria al Creador y preparar así el encuentro con Dios Salvador.

Mi bendición más afectuosa para vosotros, para vuestras familias y para el trabajo que realizáis. Invoco sobre todos la protección de la Santa Madre de Dios. ¡Virgen Santísima de Luján, protege a este pueblo, encamínalo por senderos de paz y de unidad!

 

© Copyright 1987 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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