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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES EN EL ESTADIO  FÉLIX CAPRILES

Cochabamba, Bolivia
Miércoles 11 de mayo de 1988

 

1. Recibid mi saludo cordial, queridos jóvenes de Bolivia, que habéis querido reuniros conmigo en esta ciudad de Cochabamba, al pie del Tunari, venidos del altiplano, de los valles, de la selva y del Oriente de esta hermosa tierra, corazón del continente de la esperanza y de la juventud. Repetidas veces he recordado que sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia y que confío en vosotros; porque vuestra fuerza, esperanza y cariño me llenan de alegría.

Mi saludo y mi palabra se dirigen también a vosotros, jóvenes del resto del país, que no podéis estar aquí; sabed que a todos os tengo igualmente presentes en mi corazón, que rezo por vosotros y que cuento con vuestras oraciones.

2. El texto del Evangelio que acabamos de proclamar es una narración palpitante del encuentro de Cristo con aquellos dos discípulos que iban camino de Emaús.

Se alejaban de Jerusalén, el domingo, después de los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Iban conversando entre ellos acerca de lo sucedido en los últimos días. Caminaban tristes –con “aire entristecido” (Lc 24, 17),  nos dice el Evangelio–, desilusionados. Su deseo de seguir a Jesús, su fe en el Maestro, se estaban derrumbando por momentos ante el aparente fracaso de la cruz.

Queridos jóvenes: ¡Cuántas veces habréis sentido vosotros mismos esa perplejidad y esa desilusión!, la desesperanza, la tentación del abandono o la huida, ante la magnitud de los problemas del mundo en el que nos toca vivir, de la sociedad o de la propia vida personal, y al comprobar que las soluciones no son sencillas ni inmediatas.

No es fácil comprender el porqué de tantas situaciones de injusticia y de opresión, de desprecio de los derechos fundamentales de la persona. Desigualdades sin justificación posible desde el punto de vista cristiano y ni siquiera desde el humano, cuando al lado de personas cargadas de riquezas, y lanzadas a un consumo sin freno, hay otros hombres que padecen hambre y todo tipo de necesidades materiales y espirituales. “Tal es la realidad de una multitud ingente de hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria” (Sollicitudo rei socialis, 13),  como he escrito en mi última Encíclica.

Es doloroso asimismo comprobar cómo tantas situaciones de desigualdad injusta a nivel local, de carencias gravísimas educacionales y sanitarias, especialmente en las poblaciones campesinas y en los barrios marginales, son debidas a veces a la escasa conciencia cívica en el desempeño de cargos públicos, que abre las puertas a la corrupción y a la ausencia de una civilización del trabajo (cf. Congr. pro Doctr. Fidei, Libertatis Conscientia, 83,  que obliga a muchos a emigrar por falta de oportunidades laborales, lo cual produce el estancamiento económico.

¡Cómo se van a aceptar las crisis de la familia, desgarrada no sólo por falta de los recursos mínimos que posibilitan su nacimiento y desarrollo, sino también por la pornografía y el permisivismo sexual, que impiden el verdadero amor!

No a todos es dado discernir, entre tantos gritos de confusión, que muchos de estos males proceden, en definitiva, de una gran carencia de Dios en los corazones, de una pérdida del sentido trascendente de la vida y de la ruina de los valores superiores que han dado sentido al hombre en su caminar histórico.

3. Ante este panorama, en verdad bastante sombrío, yo os invito a dirigiros a Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo de María; a dialogar con El, que nos acompaña en el camino, como aquella tarde a los dos de Emaús, aunque nuestros ojos estén nublados o incluso se cierren obstinadamente para no reconocerlo.

Fijemos, queridos amigos, nuestra mirada en los detalles de la escena que nos narra el Evangelista San Lucas. Mientras van andando, Jesús se acerca a aquellos dos discípulos, pero ellos no lo reconocen. Se inicia un diálogo. Toma la palabra uno de ellos, llamado Cleofás, quien pone de manifiesto su decaimiento, su desilusión: lo esperaba todo de Jesús de Nazaret, pero he aquí que los “sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron” (Lc 24, 20) y –añade él– de esto hace ya tres días (cf Ibíd., 24, 21). El Maestro contesta: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrare así en su gloria?” (Ibíd., 24, 26).  Y a continuación, les explica cómo estaban ya profetizados en las Sagradas Escrituras los padecimientos que iba a sufrir el Mesías, su muerte ignominiosa y también su resurrección.

Jesús, muerto y resucitado, enseña a los discípulos de Emaús que su dolor, su pasión y muerte, no habían sido algo inútil, una prueba más de su fracaso, sino que, al contrario, eran el precio de la redención.

Tocamos aquí, amigos míos, uno de los misterios más profundos con que el hombre se enfrenta en esta vida: el misterio del dolor, del sufrimiento, que cada uno experimenta dentro de sí a lo largo de su propia existencia y, frecuentemente, también en la de los demás. Pero ese mismo sufrimiento humano se revela (se des-vela) como camino redentor de Cristo, que ha padecido y ahora está glorioso a la derecha de Dios Padre. Jesús señala ese camino a todo hombre, sale a su paso y acompaña especialmente a los que sufren, para mostrarles que no es la suya una vida sin sentido; para mantener palpitante en ellos la esperanza, con el ejemplo de su nacimiento pobre, con su experiencia de la persecución y del exilio en una tierra extraña, con sus años de vida sometida al trabajo diario, con su pasión y muerte de cruz; pero sobre todo con la victoria sobre el pecado y el triunfo definitivo sobre la muerte en su resurrección gloriosa.

He ahí algunos aspectos sobresalientes del paso del Hijo de Dios entre los hombres. Por esto, siguiendo el ejemplo del Señor, la Iglesia ama y está siempre cerca de los pobres, de los enfermos, los marginados, los que sufren. En este marco y en esta perspectiva asumen valores y adquieren vigencia las palabras de las bienaventuranzas, pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña (cf. Mt 5, 3-12). 

No interpretéis esto, amados jóvenes, como una justificación de actitudes que pueden favorecer la indiferencia o la inactividad. No os desentendáis de los demás con la fácil excusa de que la vida es así, de que los problemas no tienen solución. A través del diálogo con Jesús podéis comprender también cómo vuestra patria boliviana, nación de copiosas reservas humanas y de grandes posibilidades materiales, os llama a empeñar vuestras energías, a dar generosamente vuestro corazón joven para colaborar en construir una sociedad más justa, más próspera, más acorde con la dignidad humana. Una llamada, sobre todo, a recuperar el verdadero sentido de lo humano, orientando los pesos por las rutas del Evangelio, lo cual significa saberse y comportarse como hijos de Dios. Os daréis cuenta de que debéis contribuir a vencer los “mecanismos perversos” y las “estructuras de pecado” –fundadas en el pecado, que es siempre personal– “mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente” (Sollicitudo rei socialis, 40). 

4. ¿No es cierto que probáis inquietud por encontrar solución a todos estos problemas? ¿No es también verdad que vuestros mejores anhelos se cifran en resolver las profundas cuestiones que la vida plantea? No las esquivéis, queridos jóvenes; no optéis nunca por escapar ante las dificultades. Los discípulos huían de Jerusalén hacia Emaús. No faltarán quienes os presenten, con gran atractivo, soluciones que en el fondo encubren una huida, porque deja sin resolver los auténticos problemas.

No los resolverá ciertamente el logro de los objetivos placenteros propagados por la sociedad consumista, donde lo importante es lo que uno tiene antes de lo que uno es donde la búsqueda egoísta del propio bienestar olvida las situaciones de marginación, abandono, soledad, que pueden darse alrededor. No dejéis que os esclavicen las cosas, cayendo en un materialismo que deja insatisfechas las aspiraciones más profundas de la persona y impide encontrar la verdadera felicidad que sólo se halla en Dios (cf. Sollicitudo rei socialis, 28).  “Nos hiciste, Señor, para Ti –grita San Agustín– e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti”. Esta es la gran verdad que da sentido a la vida –o al contrario el gran drama si se rechaza–. ¡Cuántos jóvenes buscan desesperadamente la felicidad sin darse cuenta de que lo único que de veras puede saciar el corazón del hombre y de la mujer es Dios! ¡Cuántos esfuerzos inútiles, cuántas desilusiones, cuántos fracasos, por haber puesto la confianza y el centro de la vida fuera de Dios!

Queridos jóvenes de Cochabamba y de Bolivia: No olvidéis nunca esa reveladora exclamación de San Agustín: porque hemos salido de las manos de Dios, sólo en Dios encontrará descanso y felicidad nuestra alma. Jesús es el único que puede hacer arder vuestros corazones con la llama inextinguible del amor; no lo echéis de vuestro lado para volveros a la adoración de falsos ídolos, inertes y que nada saben de vuestras inquietudes.

Estad atentos a no dejaros seducir por doctrinas que tratan de justificar la violencia o el odio, que reducen a los miembros de la familia humana, a simples factores de una evolución histórica y los enfrentan en la lucha de clases.

No caigáis tampoco en esa huida egoísta y falaz consistente en buscar la satisfacción irracional de los apetitos: el abuso del alcohol, la droga, la ausencia de toda norma de moral en la conducta sexual y la tentación del fácil enriquecimiento a través del narcotráfico son otros tantos concentrados de seducción que amenazan con destruir las personas y la sociedad.

5. Dialogando con Jesús, sin sentirlo se va haciendo tarde. El Evangelio nos dice que “al acercarse al Pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante” (Lc 24, 28).  Cae la noche. Los discípulos se detienen.

Queridos jóvenes: En el camino de vuestra vida, no abandonéis la compañía del Señor. Si la debilidad de la condición humana os llevase alguna vez a no cumplir los mandamientos de Dios, volved vuestra mirada a Jesús y gritadle: “Quédate con nosotros”, vuelve, no te alejes. Recuperad la luz de la gracia por el sacramento de la penitencia. “Y entró a quedarse con ellos” (Ibíd., 24, 29) nos dice el Evangelista. Jesús vuelve a estar con vosotros cada vez que recibís la absolución. Cada vez que el sacerdote dice “yo te absuelvo”, en ese encuentro personal con Dios que es la confesión sacramental, el Maestro vuelve a habitar en vuestra alma, recuperáis la gracia santificante, esto es, la amistad con Jesús, si la habíais perdido.

¡Quédate con nosotros!”. Jesús, que está como esperando la invitación de los dos discípulos de Emaús, se sienta con ellos a la mesa, toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. En este momento aquellos dos hombres reconocen al Maestro: “Se les abrieron los ojos y le reconocieron” (Ibíd., 24, 31). 

A la súplica que también nosotros hoy, a finales del siglo XX, dirigimos a Jesús –quédate con nosotros–, El nos responde con la Eucaristía. El Maestro-Amigo se ha quedado con los suyos, con nosotros, en este misterio de amor que es su presencia en el sacramento de la Eucaristía. Queridos jóvenes: Aquí encontraréis a Jesús para dialogar con El, para abrirle vuestro corazón, para revivir en vosotros lo que ocurrió aquella tarde, camino de Emaús.

6. Los frutos de la conversación que han mantenido los discípulos de Emaús con el Maestro, no tardan en llegar: con el corazón encendido, los que antes huían, vuelven ahora a Jerusalén. “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32), comentaban entre ellos.

Queridos jóvenes, muchachos y muchachas de Bolivia: De vuestro diálogo con Jesús obtendréis sin duda fuerza para volver y enfrentaros decididamente con aquellos problemas. De la conversación con El os vendrá nuevo vigor para defender el valor y la dignidad del hombre, su derecho a la vida en todas las fases de su desarrollo, su derecho a la libertad y una existencia con los recursos económicos y morales suficientes. Volveréis a defender la paz, frente a la violencia y la guerra. Volveréis a defender una concepción del hombre abierta a Dios, frente a las visiones reductivas que impiden el desarrollo de su destino sobrenatural. Volveréis a defender la familia, procurando también, en colaboración con vuestros Pastores, una adecuada preparación para la vida matrimonial. Ayudaréis a despertar a los jóvenes que encontréis a vuestro lado y que han dado por inútil todo esfuerzo, optando por desentenderse y huir.

No dudéis en volver a Jesús. Volved cuando hayáis visto su rostro: no el rostro de un profeta ni el rostro de un sabio o un libertador, sino el rostro de Dios hecho hombre. El Señor no os pedirá realizar grandes hazañas, sino el esfuerzo cotidiano de contribuir día a día a la construcción de vuestra patria por medio de una competente preparación profesional, del cumplimiento generoso de un trabajo realizado de cara a los demás –sin dejarse llevar por la “flojera”– sirviendo al hermano en las mil pequeñas oportunidades de cada día.

Convencidos de que la cooperación al desarrollo de todo hombre es un deber de todos para con todos (cf. Sollicitudo rei socialis, 32), servid a los demás en vuestra existencia cotidiana y también mediante vuestra colaboración en iniciativas de solidaridad humana y cristiana, especialmente en favor de los más pobres, los enfermos, los ancianos, los jóvenes que atraviesan situaciones difíciles y, en general, los más necesitados, tanto en lo material como en lo espiritual. Y sobre todo aprovechad muy bien los años de la juventud para formaros seriamente y en profundidad. De esta manera os preparáis para ser los hombres y mujeres del futuro, responsables y activos en las estructuras sociales, económicas, culturales, políticas y eclesiales de vuestro país que, informadas por el espíritu de Cristo y por vuestro ingenio en conseguir soluciones originales, permitan alcanzar un desarrollo cada vez más humano y más cristiano.

Pero, –tornando al relato evangélico– daos cuenta, de que los discípulos de Emaús regresan a Jerusalén porque tienen el corazón encendido. Esa vuelta no es fruto de un razonamiento frío, o de verse arrastrados por unos acontecimientos no buscados, o consecuencia de una actitud impuesta desde fuera. Regresan porque tienen el corazón encendido, y tienen el corazón encendido porque en él se ha quedado el Señor.

Con el corazón encendido, dialogando con el Señor, tal vez alguno de vosotros se dé cuenta de que Jesús le pide más, de que el Señor le llama a que, por su amor, se lo dé todo. Al final de este encuentro con vosotros, queridos jóvenes, quisiera decir a cada uno: “Si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos” (Carta apostólica a los jóvenes del mundo con motivo del año internacional de la juventud, 31 de marzo de 1985, n. 8). Hay –lo sabéis bien– una gran necesidad de vocaciones sacerdotales, religiosas y de laicos comprometidos que sigan más de cerca a Jesús. “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38). «Con este programa la Iglesia se dirige a vosotros jóvenes. Rogad también vosotros. Y, si el fruto de esta oración de la Iglesia nace en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: “Sígueme”» (Carta apostólica a los jóvenes del mundo con motivo del año internacional de la juventud, 31 de marzo de 1985, n. 8). No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera.

Jóvenes de Bolivia: Los problemas que afectan a la sociedad y a vosotros mismos no son sencillos ni fáciles. Hay toda una serie de soluciones ficticias en las que no podéis cifrar la esperanza de vuestra vida. La solución la encontraréis dialogando con el Maestro-Amigo, con Jesús de Nazaret, que –muerto y resucitado– nos indica un camino que se inicia con la conversión del corazón; un camino que El quiere recorrer con nosotros; un camino de amor que nos enciende el corazón y nos lleva a dedicarnos al servicio de Dios y de los demás.

7. “Se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos” (Lc 24, 33). En los Hechos de los Apóstoles se pone de manifiesto la presencia de María en el inicio de la peregrinación de la Iglesia (cf. Hch 1, 14). Podemos, por tanto, suponer que los dos discípulos, al volver a Jerusalén, se encuentran con María, la Madre de Jesús.

Como ellos, también nosotros la hallamos. En el mensaje que os dirigí con motivo de la III Jornada mundial de la Juventud os decía: “Aprended de Ella a escuchar y a seguir la Palabra de Dios (cf. Lc 1, 38), aprended de Ella a estar cerca del Señor, aunque esto, algunas veces, pueda costar mucho”. 

Acudamos a María, Madre nuestra, venerada aquí bajo la advocación de Nuestra Señora de Urkupiña. Ella es nuestro reposo, en Ella es donde se afianza nuestra esperanza. Bajo tu protección nos acogemos, “Madre Soberana del Redentor, Puerta del cielo siempre abierta; Tú, que sobre la tierra nos has precedido en la peregrinación de la fe, confórtanos en las dificultades y en las pruebas y haz que seamos en el mundo, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Amén” (Oración para el Año mariano, 6 de junio de 1987, nn. 1. 2). 

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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