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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL SEÑOR CARLOS URRUTIA APARICIO,
NUEVO EMBAJADOR DE GUATEMALA ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 14 de septiembre de 1991

 

Señor Embajador:

Me es muy grato recibir las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Guatemala ante la Santa Sede. Con ello viene Usted a ocupar un puesto en la sucesión de representantes de su País en la noble misión de mantener y estrechar las relaciones entre la Sede Apostólica y la Nación Guatemalteca, tan cercana siempre a mi solicitud y afecto de Pastor.

Me complace saber que las Autoridades de su país están trabajando por construir sólidos fundamentos que permitan la instauración de un orden social más justo y participativo. Durante mi visita pastoral a Guatemala, a la que Usted tan amablemente ha aludido, pude apreciar los genuinos valores que adornan al pueblo guatemalteco, que en su gran mayoría se profesa hijo de la Iglesia católica: su espíritu acogedor, generoso y solidario, su tesón y capacidad de resistencia ante la adversidad, sus acendradas raíces cristianas, su cercanía al Sucesor de Pedro. Pero, al mismo tiempo, pude constatar los graves problemas que han puesto y ponen todavía a prueba el temple de aquel amado pueblo y que dificultan la realización de sus legítimas aspiraciones a una vida más digna en pacífica convivencia y justicia social. En el magno encuentro que tuvo lugar en el Campo de Marte de la capital, durante mi inolvidable viaje apostólico, quise hacer particular hincapié en que “para salir al paso de cualquier extremismo y consolidar una auténtica paz, nada mejor que devolver su dignidad a quienes sufren la injusticia, el desprecio y la miseria” (Celebración de la Palabra en el Campo de Marte, n. 6, Guatemala, 7 de marzo de 1983).

La Iglesia católica en Guatemala, que en años aún no lejanos ha sufrido los estragos de la violencia y que cuenta entre sus hijos no pocos sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosísimos catequistas que han derramado su sangre como testimonio de fidelidad al Evangelio y cercanía a los más necesitados, no ha dejado de hacer repetidas llamadas en favor de la paz y de la justicia. De particular importancia ha sido y es su contribución al proceso de pacificación del área centroamericana. A la sombra del Santísimo Cristo de Esquipulas maduraron acuerdos que han ido haciendo posible un mayor diálogo y entendimiento entre las partes enfrentadas, con miras a la superación de aquellas diferencias y antagonismos que tan triste secuela de destrucción y muerte han traído consigo. En esta misma línea de servicio como exigencia de la misión que le es propia, la Iglesia católica está prestando su decidido apoyo a la Comisión Nacional de Reconciliación, que preside, en cuanto Conciliador, Monseñor Rodolfo Quezada Toruño, Presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala.

Son muchos y muy profundos los vínculos que, desde sus mismos orígenes, han unido a Guatemala con esta Sede Apostólica. En esta ocasión deseo manifestarle, Señor Embajador, la decidida voluntad de la Iglesia a colaborar —en el ámbito de su propia misión religiosa y moral— con las Autoridades y las diversas instancias de su País en promover todo aquello que redunde en el mayor bien de la persona humana y de los grupos sociales, en especial de los menos favorecidos. A este respecto, viene a mi mente el entrañable encuentro que tuve con las comunidades indígenas en Quetzaltenango y deseo reiterar mi auspicio de que sus legítimos derechos sean tutelados y se promuevan adecuadamente los valores genuinos de sus culturas (Discurso a los indígenas en Quetzaltenango, n. 4, 7 de marzo de 1983).

Por otra parte, no han de ahorrarse esfuerzos en defender y potenciar los factores que dan cohesión y favorecen la unidad y la solidaridad entre los guatemaltecos. Por eso, se hace también necesario prestar particular atención a todo aquello que puede ser motivo de división y discordia. A este propósito, y desde el campo de su responsabilidad pastoral, los Obispos de Guatemala no han dejado de señalar el peligro que representa la actividad proselitista de sectas de tipo fundamentalista. En una Carta Pastoral sobre la relación de la Iglesia católica con los grupos religiosos no-católicos, el Arzobispo Metropolitano señalaba algunos problemas derivados de dicha acción proselitista “como la ruptura de la unidad familiar, la pérdida de la identidad cultural y, quizá lo más grave, la pérdida del sentido profundamente comunitario y específicamente humano que existe en el pueblo guatemalteco” (Carta pastoral de los obispos guatemaltecos «Signo de verdad y esperanza», n. 17. 3, 6 de enero de 1989).

Hago fervientes votos para que los hijos de la amada Nación guatemalteca, fieles a sus tradiciones más nobles y a sus raíces cristianas, caminen por la vía de la reconciliación y de la fraternidad en un decidido esfuerzo común por lograr la superación de desequilibrios y enfrentamientos. Que con la consolidación de las instituciones democráticas que su Gobierno representa y con el generoso empeño de todos los ciudadanos, pueda instaurarse un orden más justo para que los legítimos derechos de cada uno sean tutelados y la sociedad pueda gozar de estabilidad y armonía.

Señor Embajador, antes de finalizar este encuentro, pláceme asegurarle mi benevolencia y apoyo para que la alta misión que le ha sido encomendada se cumpla felizmente. Por mediación de Nuestra Señora de la Asunción, Patrona de Guatemala, elevo mi plegaria al Altísimo para que asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida familia, a los gobernantes de su noble País, así como al amadísimo pueblo guatemalteco, que recuerdo siempre con particular afecto.


*AAS 84 (1992), p. 583-585.

Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XIV, 2 pp. 572-574.

L'Attività della Santa Sede 1991 pp. 768-770.

L’Osservatore Romano 15.9.1991 p.4.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.38 p.10 (p.530).

 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana

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