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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEXTO GRUPO DE OBISPOS DE FRANCIA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM
»


Sábado 15 de marzo de 1997

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Me alegra acogeros hoy, con ocasión de vuestra peregrinación a las tumbas de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y de vuestra visita ad limina, gesto que manifiesta la comunión de las Iglesias particulares esparcidas por todo el mundo con el Sucesor de Pedro y la colaboración confiada con los diferentes servicios de la Santa Sede. Agradezco, ante todo, a monseñor Maurice Gaidon, vuestro presidente, el haberme presentado algunos aspectos importantes de vuestro ministerio: alegrías y motivos de acción de gracias, porque percibís la obra del Espíritu en el corazón de los hombres, y problemas que afrontáis diariamente en la misión. Nuestros encuentros me permiten estar cerca del clero y de los fieles de las diócesis de las que sois pastores.

Entre los elementos de renovación y las preocupaciones que describís en vuestros informes quinquenales, deseo considerar hoy lo que concierne a la catequesis y a los jóvenes. Precisamente quisiera recordar con vosotros estos dos aspectos; con el espíritu que animó la Asamblea de primavera de los obispos de Francia en 1996, os aliento a proseguir e intensificar vuestro apostolado con la juventud, porque la solicitud de la Iglesia se debe dirigir especialmente a ella.

2. En primer lugar, subrayáis el deseo que tienen numerosas familias de que se las acompañe en la iniciación de sus hijos en la fe. Ante las preguntas de los hijos, a veces los padres se sienten desamparados y experimentan la necesidad de recurrir a los pastores. Para ellos es frecuentemente una ocasión de reavivar su fe personal y volver a una práctica sacramental más intensa. En casa, desde su más tierna edad, los hijos se preguntan acerca de Dios; pueden recibir allí las primeras respuestas a sus preguntas y ser iniciados en el diálogo con el Señor y en la confianza en su bondad de Padre. Pero una pedagogía sencilla de la oración cristiana supone también que los adultos den el ejemplo de la oración personal y la meditación de la palabra de Dios. Por tanto, debemos impulsar a los padres a tomar conciencia de su misión de educadores en la fe y a pedir la ayuda de sacerdotes y laicos formados en este aspecto de la pastoral.

3. Para satisfacer las exigencias específicas de la educación religiosa de los niños, debéis proponer una enseñanza catequística que desarrolle de manera orgánica el misterio cristiano. En efecto, la catequesis requiere programas bien articulados, inspirados en el Catecismo de la Iglesia católica, que presenten los diferentes elementos del Credo. Por otra parte, recorriendo la historia sagrada, los niños aprenden a conocer las grandes figuras bíblicas, para tomar como ejemplo a quienes prepararon la venida del Salvador, para conocer a Cristo y para convertirse, a su vez, en sus discípulos. En una edad en que la formación pasa por la propuesta de modelos de vida cristiana, la identificación con los hombres y las mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento y con los santos de nuestra historia es un aspecto importante en la educación espiritual. Constatáis también que un número cada vez mayor de niños en edad escolar piden el bautismo; hay que alegrarse de esta renovación, a la que conviene dedicar una gran atención, pues es un signo de que los niños saben descubrir el valor de los sacramentos: ayudémosles a participar regularmente en ellos.

4. La catequesis especializada conoce también un nuevo desarrollo. Felicito a las personas que aceptan comprometerse para que los niños minusválidos puedan recibir una catequesis adecuada y beneficiarse de una asistencia espiritual conveniente. Con todo su corazón y a pesar de sus sufrimientos, esos muchachos saben maravillarse ante la grandeza y la belleza de Dios, que no se revela a los sabios, sino a los pobres y a los pequeños (cf. Lc 10, 21); tienen, además, un sentido profundo de la oración filial y de la confianza en el Señor. Los adultos reciben mucho de su cercanía a esos niños. Invito a las comunidades cristianas a dar su justo lugar a los más débiles y más frágiles.

5. En una sociedad que tiende a poner el énfasis en la rentabilidad, conviene recordar que el desarrollo y la madurez humana de los jóvenes no pueden lograrse únicamente gracias a la adquisición de conocimientos científicos y técnicos. Sería desconocer la necesidad de interioridad de la persona. El dinamismo vital brota de la experiencia interior. Para el necesario desarrollo espiritual de los jóvenes, numerosos padres se preocupan por dar a sus hijos una educación religiosa, que no se confunda con la enseñanza de conocimientos religiosos impartidos en gran número de instituciones escolares. Las nociones sobre la religión son oportunas, porque permiten a los jóvenes descubrir las raíces espirituales y morales de su cultura. Sin embargo, no constituyen aún la transmisión de la fe, que impulsa a la práctica de la vida cristiana. Tener la posibilidad de una catequesis no es sólo una cuestión de libertad religiosa o de apertura de espíritu, sino que responde también a la preocupación de lograr que los jóvenes tengan acceso al esplendor de la verdad y se conviertan en discípulos del Señor, asumiendo sus responsabilidades en la comunidad cristiana. Una formación catequística que no invite a los niños a encontrarse con el Señor en la oración personal y mediante la práctica regular de los sacramentos, en particular de la Eucaristía, corre el riesgo de llevar rápidamente a los jóvenes a abandonar la fe y las exigencias de la vida moral.

En esta perspectiva, es importante que las autoridades y todos los que tienen responsabilidades en el mundo de la educación se preocupen por establecer y mantener, en las semanas del período escolar, horarios convenientes para que las familias que lo deseen puedan ofrecer a sus hijos una formación cristiana y espiritual, sin que ello represente para los jóvenes una sobrecarga demasiado grande en su empleo del tiempo y les impida dedicarse a las actividades extraescolares. A este propósito, me complacen los notables esfuerzos que realizan los responsables de la catequesis y las parroquias, para adaptarse a los horarios de los jóvenes.

6. Cada vez son más las personas que participan en la catequesis. Me alegro de que los padres y las madres de familia, en colaboración con los religiosos, las religiosas y los sacerdotes, acepten dedicar tiempo a cumplir esta misión primordial de la Iglesia. Por lo que os concierne, os preocupáis de formarlos con esmero, en el campo teológico, espiritual y pedagógico, para que puedan acompañar pacientemente a sus hijos en su crecimiento humano y espiritual, y transmitirles el mensaje cristiano. El catequista es más que un profesor: es un testigo de la fe de la Iglesia y un ejemplo de vida moral. Lleva a los jóvenes a descubrir a Cristo y les ayuda a encontrar el lugar al que aspiran en las comunidades cristianas, que deben estar atentas y acogerlos, integrándolos en sus diferentes actividades eclesiales.

Me complacen los esfuerzos que realizan los servicios diocesanos de catequesis, que se dedican a crear ámbitos donde los adultos puedan formarse, encontrar obras útiles y disponer de las informaciones necesarias; gracias a múltiples colaboraciones, las personas encargadas de la catequesis tienen así a su alcance instrumentos indispensables para ayudarles en su tarea educativa, en el plano doctrinal y pedagógico.

7. Las escuelas católicas tienen un papel específico que desempeñar en la educación religiosa, como lo recuerdan en particular los estatutos de la Enseñanza católica, modificados recientemente, y las reflexiones profundizadas durante las diferentes Jornadas nacionales de los organismos de gestión de la Enseñanza católica. En las instituciones, corresponde a la comunidad educativa, a través de la enseñanza escolar, los cursos de cultura religiosa, la catequesis y la vida diaria, poner de relieve el sentido cristiano del hombre y explicar claramente los valores espirituales y morales esenciales que encierra el mensaje cristiano. Los dirigentes y los profesores se han de preocupar por ser, durante toda su vida, modelos de vida cristiana; ciertamente, se trata de algo exigente, pero los jóvenes descubrirán la fe que hace vivir y obrar tanto por la manera de ser de quienes están a su alrededor como por sus palabras.

8. Llevad mi apoyo cordial a todos los hombres y a todas las mujeres que, en los diferentes itinerarios de formación catequística, se entregan con empeño a hacer que se conozca y ame a Cristo, y el misterio cristiano se presente claramente a los jóvenes de hoy. Ojalá que, sostenidos por la oración personal, la vida sacramental y el conjunto de los miembros de las comunidades cristianas, emprendan continuamente nuevas iniciativas pedagógicas, a pesar de los medios a veces escasos. Invito también a las comunidades eclesiales a proponer liturgias de la Palabra, y el domingo, cuando sea posible, celebraciones de la Eucaristía en que los niños y los jóvenes se sientan realmente integrados y que estén a su alcance.

9. En el campo de las actividades extraescolares, la Iglesia tiene una larga tradición, y siempre ha tenido un papel que desempeñar, pues los momentos de diversión también son tiempos valiosos para la educación. En numerosos movimientos juveniles se ha conservado vivo y fiel el recuerdo de sacerdotes, de personas consagradas y de laicos que, durante los días de fiesta y los períodos de vacaciones escolares, reunían a los niños y les proponían juegos, actividades para estimular su creatividad, y una vida comunitaria entre jóvenes y adultos; se trata de elementos positivos para el crecimiento integral de los jóvenes y para su apertura social. Numerosos jóvenes que participaron en esas actividades han tenido después importantes responsabilidades en la Iglesia o en la sociedad. También hoy conviene buscar los medios más oportunos para responder a la demanda de los jóvenes que, además de su vida escolar, donde los programas y los horarios a veces son pesados, aspiran legítimamente a tiempos de descanso. Porque la verdadera educación no puede considerarse sólo como una formación intelectual. Mediante la atención al espíritu y al cuerpo se trata, ante todo, de forjar en cada joven al hombre o a la mujer del futuro, responsable de sí mismo y de sus hermanos, ayudándole a alcanzar un equilibrio espiritual, humano y afectivo.

10. Estáis preocupados por la escasa presencia de los jóvenes en las comunidades eclesiales. Me habéis informado acerca del notable número de jóvenes que no tienen éxito en sus estudios, o que sufren dificultades personales y familiares. Constatáis también que muchos de ellos están profundamente afectados por las crisis que atraviesa la sociedad actual. Otros son seducidos y fascinados por movimientos de todo tipo, que prometen felicidades ilusorias, obstaculizando totalmente la libertad de las personas y, a veces, poniendo en peligro su equilibrio psicológico. Para cumplir vuestra misión de modo adecuado, el año pasado habéis organizado una gran encuesta dirigida a los jóvenes; habéis recibido más de 1.200 respuestas, entre las cuales numerosos testimonios significativos. Se trata de un signo alentador y una invitación a elaborar propuestas cada vez más exigentes para la juventud.

Gracias a los análisis y a la síntesis que vuestra Conferencia episcopal ha hecho partiendo de esa encuesta, ayudaréis ahora a las comunidades locales a abordar perspectivas pastorales nuevas para responder a las expectativas de los jóvenes y hacer que participen en la vida eclesial. Todas las fuerzas vivas de las diócesis están llamadas a trabajar juntas y a intensificar su acción orientada a la juventud: los organismos diocesanos correspondientes, las parroquias, los movimientos de jóvenes, como la Acción católica, los scouts, el MEJ o las comunidades carismáticas.

11. Percibís también en los jóvenes una sed nueva de conocer a Dios, desarrollar su vida interior y llevar una vida comunitaria, para responder valientemente a la llamada de Dios y hacer opciones de calidad en su vida. A su modo, como los discípulos, quieren preguntarle a Cristo: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Durante los años de formación, las capellanías en la enseñanza pública o privada constituyen comunidades creyentes incomparables, que permiten a los jóvenes hacer una experiencia de Iglesia y que deben ayudarles a insertarse más fácilmente en la Iglesia diocesana. También son cada vez más numerosos los jóvenes que participan en grandes encuentros, cuyas celebraciones litúrgicas se realizan en un clima de fiesta. Y, paradójicamente, estos grandes encuentros cristianos, donde también es posible el silencio, les ofrecen la oportunidad de tomar conciencia de que Dios está cerca de ellos, particularmente en los sacramentos de la Eucaristía y la reconciliación, y que les habla al corazón en las Escrituras; en ellos experimentan también la catolicidad y la diversidad en la Iglesia. Así, numerosos jóvenes de vuestras diócesis se han comprometido en la preparación de la Jornada mundial de la juventud. Es un signo evidente de que aspiran a una vida cristiana más intensa, con otros jóvenes de su edad, y que desean comprometerse más en el seguimiento de Cristo, en la Iglesia, para ser «profetas de la vida y del amor» (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la juventud, n. 8). En este sentido, muchos de vosotros me habéis hablado de la alegría que sentís al ver a numerosos jóvenes hacer un itinerario de fe auténtica para recibir el sacramento de la confirmación. Todo ello muestra que es oportuno favorecer la inserción de los jóvenes en la comunidad cristiana, como lo deseabais en el mensaje que habéis dirigido en 1996 a los jóvenes católicos de Francia.

12. Los jóvenes esperan, en primer lugar, que los escuchen, amen y guíen, para poder forjar su personalidad de manera serena. También tienen necesidad de adultos que les recuerden los puntos de referencia y las exigencias que implica toda existencia que quiera ser hermosa; y que encuentren también los medios positivos para presentarles el mensaje cristiano, particularmente en el campo moral. En esta perspectiva, como lo subrayáis, los sacerdotes jóvenes son, frecuentemente, los más aptos para estar cerca de los jóvenes y dar un impulso nuevo a la pastoral de la juventud. También conviene que, eventualmente liberados de otras funciones ministeriales, estén más disponibles para la misión entre los jóvenes, sostenidos por sus hermanos en el sacerdocio y ocupando su lugar en las comunidades parroquiales. Animo, pues, a los sacerdotes jóvenes, a los religiosos y religiosas jóvenes, a estar cerca de los jóvenes, particularmente en los períodos más importantes de su crecimiento. En medio de ellos, han de ser testigos cualificados, mostrándoles que cada uno tiene valor a los ojos de Dios y de la Iglesia.

Los jóvenes educadores tienen un papel valioso; deben recordar que «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros» (cf. Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41). Con su modo de ser y la fidelidad a sus promesas, han de mostrarles el camino de la felicidad, para que los reconozcan como los verdaderos guías espirituales que necesita el pueblo. Se han de preocupar también por proponer a los jóvenes un acompañamiento personal y la participación en una vida de grupo; estos dos aspectos unidos de la vida pastoral ofrecerán a los jóvenes los elementos necesarios para la unificación de su vida, ayudándoles a discernir claramente su vocación.

13. El concilio ecuménico Vaticano II concluyó con un mensaje a los jóvenes, un llamamiento para que «recojan la antorcha de manos de [sus] mayores y (...) lo mejor del ejemplo y la enseñanza de [sus] padres y maestros» (Mensajes del Concilio, 8 de diciembre de 1965). La Iglesia mira siempre con confianza y amor a los jóvenes. Se alegra de su entusiasmo y de su deseo de entregarse sin reservas. Para ayudarles a encontrar el sentido de su vida, debe presentarles a «Cristo, eternamente joven», «el verdadero héroe, humilde y sabio; el profeta de la verdad, y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes» (ib.).

Ojalá que los padres y los educadores no se desalienten nunca y sepan, a tiempo y a destiempo, dar razón de la fe, la esperanza y la felicidad que los hacen vivir y los guían en sus opciones, aun cuando, aparentemente, los jóvenes no los acepten inmediatamente. ¿Cómo podrán los jóvenes tener el gusto de Dios y querer ser discípulos del Señor, si no oyen hablar nunca de él y no viven rodeados de personas felices de ser cristianas y de comprometerse en el camino de la justicia, la solidaridad y la caridad? Viendo que los adultos creen y viven su fe, descubrirán que sólo el amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia (cf. santa Teresa de Lisieux, Manuscrito B, f 3).

14. Al término de vuestra visita ad limina os aliento a proseguir, junto con todas las fuerzas vivas de vuestras diócesis, los esfuerzos en la pastoral de la juventud, que es una de vuestras prioridades. Que las comunidades cristianas confíen cada vez más en los jóvenes, encomendándoles responsabilidades y sosteniéndolos con paciencia. Llevad el saludo del Papa a los sacerdotes, a los diáconos, a las personas consagradas y a los laicos de vuestras diócesis y, de manera particular, transmitid mi afecto a los niños y a los jóvenes. A vosotros, a los obispos eméritos y a todos vuestros fieles, imparto de corazón la bendición apostólica.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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