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CLAUSURA DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO
II
PABLO VI
MENSAJE A
LOS JÓVENES
Finalmente, es a vosotros, jóvenes de uno y otro sexo del mundo entero, a quienes
el Concilio quiere dirigir su último mensaje. Porque sois vosotros los que vais
a recibir la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo
en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia. Sois vosotros los
que, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas de vuestros padres y de
vuestros
maestros, vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o pereceréis con
ella.
La Iglesia, durante cuatro años, ha trabajado para rejuvenecer
su rostro, para responder mejor a los designios de su Fundador, el gran
viviente, Cristo, eternamente joven. Al final de esa impresionante «reforma de
vida» se vuelve a vosotros. Es para vosotros los jóvenes, sobre todo para
vosotros, por lo que la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, una luz que alumbrará el
porvenir, vuestro porvenir.
La Iglesia está preocupada porque esa sociedad que vais a
constituir respete la dignidad, la libertad, el derecho de las personas, y esas
personas son las vuestras.
Está preocupada, sobre todo, porque esa sociedad deje expandirse
su tesoro antiguo y siempre nuevo: la fe, y por que vuestras almas se puedan
sumergir libremente en su bienhechoras claridades. Confía en que
encontraréis tal fuerza y tal gozo, que no estaréis tentados, como algunos de
vuestros mayores, de ceder a la seducción de las filosofías del egoísmo o del placer, o a
las de la desesperanza y de la nada, y que, frente al ateísmo,
fenómeno de cansancio y de vejez, sabréis afirmar vuestra fe en la vida y en lo
que da sentido a la vida: la certeza de la existencia de un Dios justo y
bueno.
En el nombre de este Dios y de su Hijo, Jesús, os exhortamos a
ensanchar vuestros corazones a las dimensiones del mundo, a escuchar la llamada
de vuestros hermanos y a poner ardorosamente a su servicio vuestras energías.
Luchad contra todo egoísmo. Negaos a dar libre curso a los
instintos de violencia y de odio, que engendran las guerras y su cortejo de
males. Sed generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edificad con entusiasmo un
mundo mejor que el de vuestros mayores.
6. La Iglesia os mira con confianza y amor. Rica en un largo
pasado, siempre vivo en ella, y marchando hacia la perfección humana en el
tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la
verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la
juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de
renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella
el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la
verdad y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes. Precisamente en hombre
de Cristo os saludamos, os exhortamos y os bendecimos.
8 de diciembre de 1965
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