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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DEL PACÍFICO
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Sábado 5 de diciembre de 1998

 

Eminencia;
queridos hermanos en el episcopado:

1. «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida» (1 Jn 1, 1), es nuestro tema. Con especial intensidad, durante estos días de la Asamblea especial para Oceanía del Sínodo de los obispos, nuestro pensamiento se dirige a la Palabra de vida, Jesucristo, que nos ha llamado a ser pastores de su pueblo y, en su nombre, a predicar el Evangelio de la salvación hasta los confines de la tierra. En cierto sentido, vuestra visita ad limina Apostolorum consiste también en darle cuenta de vuestra misión entre los pueblos del Pacífico. Al saludaros a vosotros, miembros de la Conferencia episcopal del Pacífico, glorifico a Dios porque «en las islas del mar se elevan cantos de alabanza al nombre del Señor» (cf. Is 24, 15-16).

Durante vuestra visita ad limina, cuando oráis ante las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, os remontáis en el tiempo y reconocéis el vínculo de fe que os une a vosotros y a vuestro pueblo con su testimonio del Evangelio; y el espacio mismo desaparece cuando venís al centro de la Iglesia para visitar al Sucesor de Pedro. Venís a representar a un complejo mosaico de razas, culturas y lenguas; y, sin embargo, se trasciende la diversidad gracias a nuestra comunión en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

2. La historia de la evangelización en vuestros países no es larga, pero ya está llena de frutos de santidad, justicia y paz, que sólo el Evangelio puede producir. Vosotros sois testigos de la obra heroica de los misioneros que sembraron la semilla de la fe en el corazón de vuestros pueblos. Se trata de hombres y mujeres, sacerdotes y religiosos, que escucharon la llamada de Cristo y, abandonando lo que era naturalmente suyo, llevaron este mensaje a los pueblos que representáis. Predicaron en su nombre, y su predicación «no fue sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, y muy persuasivamente» (1 Ts 1, 5). Predicaron con el testimonio de su vida, algunos incluso hasta la muerte. Es sobre todo este sacrificio, insertado en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor, el que abre el corazón humano a la paz del Espíritu Santo. Ahora se necesita renovar la evangelización; pero no conviene olvidar los sacrificios de los primeros misioneros, y especialmente de los mártires como san Pedro Chanel y el beato Diego de San Vitores. En efecto, al aproximarnos al gran jubileo del año 2000, hay que difundir y contar su historia con gratitud y alegría sinceras.

3. Vivís actualmente en vuestros diferentes países un período de cambios profundos. La reciente fase poscolonial de vuestra historia ha quedado superada. La independencia ya no es una experiencia nueva, aunque la consolidación de la libertad y de los derechos civiles sigue siendo una tarea urgente. Vuestros pueblos se sienten turbados por la dificultad de lograr el desarrollo y el bienestar a los que aspiran, especialmente ahora que en la región asiática del Pacífico se ha producido, de modo inesperado, una inestabilidad económica y también política. Hubo un tiempo en que los océanos mantenían aisladas a vuestras sociedades; sin embargo, esos mismos océanos se han convertido en rutas por donde han llegado otras culturas, que ya se han fundido con la vuestra. El desarrollo rápido de las comunicaciones lleva a un proceso de globalización cultural que ya ejerce gran influencia en vuestras sociedades. Algunos efectos son positivos, pero otros son ciertamente negativos. En esta situación, los pastores de la Iglesia deben mostrar sabiduría en su discernimiento y valentía en sus decisiones.

Es paradójico que el proceso hacia una mayor unificación prometida por la globalización desemboque a veces en divisiones y pérdidas de identidad. En vez de promover un espíritu de colaboración y solidaridad, puede suscitar la actitud de «sálvese quien pueda» en cada nación y entre ellas. Esto puede significar la explotación de las naciones más débiles por las más fuertes; puede significar también la corrupción, que aleja a los jefes del pueblo al que deben servir; y, por último, puede desencadenar conflictos entre intereses opuestos, hasta el punto de que resultaría imposible organizar la sociedad sobre la base del bien común. La voz de los obispos debe hacerse oír claramente en favor del espíritu de colaboración y solidaridad, el único que puede asegurar el bienestar de vuestros pueblos.

Para la Iglesia que está en las naciones del Pacífico ninguna tarea es hoy tan urgente como la nueva evangelización a fin de responder a las necesidades de las circunstancias actuales, que cambian rápidamente. La nueva evangelización constituye la próxima etapa de la plantatio Ecclesiae en vuestras islas, y exige que el Evangelio se predique de manera nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión (cf. Veritatis splendor, 106). Esto no quiere decir que los métodos de los primeros misioneros no estuvieran bien concebidos; al contrario, para aquel tiempo estaban muy bien concebidos y aplicados. Pero la situación cambiante que afrontáis ahora plantea nuevos desafíos, y os exigirá la misma creatividad e intrepidez que mostraron los primeros misioneros. La tarea puede parecer enorme, queridos hermanos, pero «fiel es el que os llama y es él quien la realizará» (1 Ts 5, 24).

4. La evangelización requiere un esfuerzo importante de vuestros países, ya que, en la primera fase de su historia, corrió a cargo de los misioneros. Por eso, no sucederá lo mismo en esta nueva etapa. Como sucesores de los Apóstoles, los obispos siguen siendo los primeros agentes de la evangelización; y vuestros colaboradores más íntimos son los sacerdotes y los religiosos, tanto los misioneros como los autóctonos a quienes Dios llama en el seno de vuestras comunidades. También los laicos están más dispuestos que nunca a desempeñar un papel decisivo en esta nueva fase de la evangelización, respondiendo a su vocación particular en el ámbito de la índole polifónica y jerárquica de la Iglesia. Así pues, deseo reflexionar brevemente con vosotros en algunos aspectos de la relación entre los obispos, los sacerdotes y los laicos.

El papel del obispo como primer agente de la evangelización lo convierte en el primer servidor de la comunión. Este servicio tiene muchas implicaciones, pero ninguna tan importante como el fortalecimiento de los vínculos de gracia, colaboración y amistad entre el obispo y sus sacerdotes. Puede ser arduo, teniendo en cuenta que en la administración diaria de las diócesis y las parroquias no siempre es fácil encontrar el tiempo y la energía necesarios para la construcción de la comunión. Sin embargo, es esencial que sea así. Además, en algunas culturas, las costumbres tradicionales y las formas de gobierno pueden influir en el ejercicio del poder por parte del obispo, tendiendo a presentarlo como una figura distante más que como un padre siempre deseoso y dispuesto a escuchar a sus sacerdotes y a su pueblo. A veces es necesario que el obispo, con su modo de gobierno, vaya al encuentro de la cultura, con la convicción clara, tan importante para la nueva evangelización, de que la inculturación de la fe no significa que se deba atribuir a la cultura un carácter absoluto, hasta el punto de no poder poner en tela de juicio o mitigar algunos de sus elementos.

5. Las formas de liderazgo que acentúan el privilegio más que el servicio siempre crean problemas en la relación entre los sacerdotes y los fieles laicos. Por eso es importante que los seminarios y las casas de formación enseñen una forma de liderazgo orientada completamente al servicio y que infundan en los candidatos el mismo celo por predicar el Evangelio que tuvieron los primeros misioneros. Para ello hará falta dar un fuerte impulso a la espiritualidad de la cruz, la entrega total de sí que sólo se aprende con dificultad, pero sin la cual el ministerio sacerdotal se transforma en una forma de autoservicio y autoglorificación. Durante sus años de preparación, los candidatos a la ordenación tienen que comprender la verdad de que esta abnegación es el único modo de vivir una vida sacerdotal de verdad satisfactoria, que es en realidad la condición esencial para tener una alegría duradera en su vida. Sin ella, la vida sacerdotal puede resultar triste e insatisfactoria, llevando a formas destructivas de comportamiento. El hecho de que en vuestra región haya actualmente un buen número de vocaciones es un signo de esperanza; y es muy importante formar a esos candidatos para que sean auténticos servidores de Cristo y de la Iglesia, que sepan trabajar en armonía y obediencia al obispo y en estrecha colaboración con los religiosos y los fieles laicos.

6. Durante los últimos años los fieles laicos han asumido cada vez mayores responsabilidades dentro de la comunidad eclesial. Esto no se debe siempre a la escasez de sacerdotes; es obra del Espíritu Santo. Sin embargo, en algunas ocasiones, la responsabilidad laical ha sido acentuada de tal manera, que se la contrapone al ministerio sacerdotal. La verdad es que la guía sacerdotal y la responsabilidad laical son complementarias: cuando la responsabilidad laical se desempeña correctamente, el ministerio sacerdotal se muestra en toda su riqueza, y viceversa. Las dos vocaciones deben distinguirse cuidadosamente, pero no separarse, para que puedan trabajar juntas en la profunda armonía que exige la naturaleza que Dios ha dado a la Iglesia. Las vocaciones sacerdotales florecen en situaciones en que los sacerdotes y los fieles laicos colaboran, enriqueciéndose mutuamente.

En una época de cambios radicales, con toda la incertidumbre que esto conlleva, es más importante que nunca que la Iglesia prepare a laicos, hombres y mujeres, para desempeñar papeles de liderazgo en la sociedad que favorezcan el bien común (cf. Christifideles laici, 42-43). Vuestras Iglesias particulares han sido bendecidas cada vez más con laicos, hombres y mujeres, que participan activamente en la liturgia, en la catequesis y en otras formas de servicio cristiano. Esto es motivo de gran satisfacción, pero no basta. La contribución específicamente laical a la obra del Evangelio debe llegar a abarcar los vastos sectores de la vida y la cultura humana que superan los confines de la comunidad eclesial, en una sociedad cada vez más secularizada. Especialmente desde el concilio Vaticano II, el Magisterio ha subrayado oportunamente el carisma secular de la vocación laical (cf. Lumen gentium, 31; Evangelii nuntiandi, 70; Christifideles laici, 17). Esto significa que el campo principal para la obra de evangelización de los fieles laicos es el mundo secular de la familia, el trabajo, la política, la cultura y la vida profesional e intelectual. De la eficacia con que cumplan su misión en esos campos dependerá la nueva fase de la evangelización en la región del Pacífico.

Formar a los fieles laicos para esa tarea exigirá prestar atención a la vez a la teología de la vocación laical y a la doctrina social de la Iglesia, especialmente a los valores y principios que representan la concepción católica de la ley natural y del bien común. Todos los cristianos deberían tener una convicción inatacable del valor supremo de la vida humana, de la dignidad inalienable de la persona humana y de la importancia única de la familia como célula básica de la sociedad. El abandono de estos puntos de referencia moral constituye el núcleo de una secularización destructiva. Y dado que se abandonan sólo cuando se excluye a Dios del mundo y del corazón humano, es preciso enseñar a los fieles laicos un modo de orar que los abra cada vez más al misterio de la providencia amorosa de Dios en todos los aspectos de la vida. También hace falta un gran esfuerzo en el ámbito de la educación, con todas las instituciones educativas de vuestras Iglesias particulares que contribuyen a la formación cristiana de los jóvenes. Esa educación, en vez de agravar la erosión de los aspectos positivos de las costumbres de vuestras sociedades, acrecentará los valores que encarnan y llevará a la convergencia de las tradiciones de la región del Pacífico y de la enseñanza católica, que requiere la inculturación del Evangelio.

7. Las Iglesias que presidís en el amor de Cristo forman parte del mundo de Oceanía, nombre que sugiere que el agua —la inmensa extensión del océano Pacífico— ha determinado vuestra historia y vuestra cultura. Pero es otro tipo de agua, el agua del bautismo, la que revela vuestra identidad en un nivel más profundo. Los cristianos de la región del Pacífico han sido sepultados con Cristo en el bautismo y han resucitado con él a una vida nueva (cf. Rm 6, 4). Que el Espíritu Santo actúe nuevamente en lo más íntimo de vuestro corazón, queridos hermanos, y en el corazón de vuestros fieles, para que, al celebrar el gran jubileo del año 2000 y al iniciar el nuevo milenio, toda la Iglesia en la región del Pacífico «entre en el océano de luz de la Trinidad» (Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves santo de 1998, n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de abril de 1998, p. 4). La renovación espiritual que debe acompañar al jubileo proporcionará las nuevas energías que se necesitan para la evangelización y la labor misionera que os espera, para el apostolado de la catequesis y la formación cristiana, para la defensa de la vida y la dignidad humana, y para la aplicación de la doctrina social católica a las cuestiones políticas, económicas y culturales. Que María, Estrella del mar y Estrella de la evangelización, os guíe con seguridad hasta el puerto donde «ya no habrá noche y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos» (Ap 22, 5). En el amor de Jesucristo, el único que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), os imparto de buen grado a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras tierras, mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1998 - Libreria Editrice Vaticana

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