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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
CONCLUIR LAS OBRAS DE RESTAURACIÓN DE LA CAPILLA SIXTINA
sábado 11 de diciembre
1. "También vosotros, cual piedras vivas,
entrad en la construcción de un edificio espiritual" (1 P
2, 5).
Para esta imagen bíblica del misterio de la Iglesia sería difícil encontrar
un comentario artístico más elocuente que esta capilla Sixtina, de cuyo pleno
esplendor podemos disfrutar hoy gracias a la restauración que acaba de
concluir. A nuestra alegría se unen los fieles de todo el mundo, que aprecian
este lugar no sólo por las obras de arte que conserva, sino también por el
papel que desempeña en la vida de la Iglesia. En efecto, aquí tiene lugar -lo
recuerdo con emoción- la elección del Sucesor de Pedro.
Hace cinco años, el 8 de abril de 1994, pude contemplar, con sus colores
originarios finalmente descubiertos, las obras de Miguel Ángel, que
indudablemente dan el tono a esta sala y, en cierto sentido, la absorben, dada
su grandiosidad. Se remontan hasta el último horizonte de la teología
cristiana, señalando el alfa y la omega, los comienzos y el juicio,
el misterio de la creación y el de la historia, haciendo converger todo en el
Cristo salvador y juez del mundo.
Pero hoy nuestra mirada se detiene en el ciclo mural, más humilde pero
significativo, que dio el primer rostro a la capilla querida por Sixto IV. Estos
frescos son obra de grandes artistas florentinos y umbros, como Perugino,
Botticelli, Pinturicchio, Ghirlandaio, Rosselli y Signorelli. Se inspiraron en
un plan preciso, realizando una obra unitaria, que ha quedado bien integrada en
el conjunto arquitectónico y pictórico que va desarrollándose gradualmente,
constituyendo un elemento de singular eficacia evocativa.
Me alegra poder devolverla hoy a un renovado deleite estético. Doy
gracias al señor cardenal Edmund Casimir Szoka,
presidente de la Comisión pontificia para el Estado de
la Ciudad del Vaticano, al doctor Francesco
Buranelli y a todos los responsables de la Dirección general
de los monumentos, museos y galerías pontificios, a los
maestros de obras y a cuantos, de diferentes
modos, han contribuido a esta ulterior recuperación
artística.
2. Al recorrer con la mirada la doble serie de pinturas murales, no es difícil
captar su simetría, puesta de relieve por los "títulos" que tienen
encima. En una parte resalta la figura de Moisés; en otra destaca Cristo. El
recorrido iconográfico es una especie de lectio divina en la que, antes
que los diversos episodios bíblicos, aparece la unidad de la
Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, en la línea histórico-salvífica que,
partiendo de los acontecimientos del Éxodo, lleva a la plenitud de la revelación
en Cristo.
El paralelismo ilustra eficazmente el principio hermenéutico enunciado por san
Agustín: "Novum Testamentum in Vetere latet, Vetus in Novo
patet" (cf. Quaest. in Hept. 2, 73). Y, en realidad, al
observar la disposición misma de los frescos, tanto en su orden histórico
progresivo como en sus específicas correspondencias temáticas, resulta
evidente que todo gira alrededor de Cristo. Su bautismo, interpretado magníficamente
por Perugino, expresa la plenitud de lo que la circuncisión mosaica solamente
prefiguraba. Botticelli relaciona simétricamente las tentaciones vencidas por
Cristo con las pruebas superadas por Moisés. La convocación del nuevo pueblo,
representada por Ghirlandaio en la vocación de los discípulos junto al lago de
Genesaret, está en relación con la asamblea del antiguo pueblo, delineado en
el dramático trasfondo del paso del mar Rojo. Cristo, pintado por Rosselli en
la solemnidad del sermón de la montaña, aparece con respecto a Moisés como el
nuevo legislador, que no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento (cf. Mt
5, 17). Cristo se halla representado también en los frescos de la entrega de
las llaves y la última cena, igualmente resaltados mediante sus
correspondencias veterotestamentarias.
3. Así, de estas decoraciones se eleva un himno a Cristo. Todo lleva a él.
En él todo encuentra plenitud. Sin embargo, es importante considerar que en
estas pinturas nunca está solo: alrededor de él, al igual que en torno a
Moisés, se apiñan rostros de hombres y mujeres, de ancianos y niños. Es el
pueblo de Dios en camino, es la Iglesia "edificio espiritual",
construido con piedras vivas que se unen a él, "piedra viva, desechada por
los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios" (1 P 2, 4).
Sin embargo, hay un detalle que distingue todo el plan teológico e iconográfico:
la atención que se presta a los guías de este pueblo peregrino. Por lo que atañe
al Antiguo Testamento, la mirada se concentra en Moisés, acompañado por el
sacerdote Aarón, en el dinámico cuadro de Botticelli, que pretende mostrar su
autoridad en vano contestada. Y, por lo que se refiere al Nuevo Testamento, la
centralidad absoluta de Cristo no queda oscurecida, sino más bien destacada
gracias al papel que él mismo atribuye a los Apóstoles, y en particular a
Pedro.
Esto se nota especialmente en la obra de arte de Perugino, centrada en la
entrega de las llaves. En ella, mediante el símbolo de la vistosa llave, el
artista subraya la amplitud de la autoridad conferida al primero de los Apóstoles.
Por otra parte, como para equilibrarla, se delinea en el rostro de Pedro la
conmovedora expresión de humildad con que recibe la insignia de su ministerio,
arrodillado y casi retrocediendo ante el Maestro. Parece un Pedro encogido en su
pequeñez, estremecido, sorprendido por una confianza tan grande y deseoso, por
decirlo así, de desaparecer, para que destaque sólo la persona del Maestro. Su
mirada extasiada permite adivinar en sus labios no sólo su
confesión en Cesarea de Filipo: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo" (Mt 16, 16), sino también su afirmación de amor al
Resucitado después de la amarga experiencia de la negación:
"Tú sabes que te quiero" (Jn 21, 15). Es el rostro de quien
tiene clara conciencia de ser pecador (cf. Lc 5, 8) y de necesitar una
conversión continua para poder confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 31).
Es un rostro que manifiesta absoluta dependencia de los ojos y los labios del
Salvador, expresando así admirablemente el sentido del servicio universal de
Pedro, puesto en la Iglesia, junto a los Apóstoles y como su cabeza, para
representar visiblemente a Cristo, el "gran Pastor de las ovejas" (Hb
13, 20), siempre presente en medio de su pueblo.
4. Así pues, ya desde este ciclo originario, el arte de esta
capilla se presenta como un fruto maduro de espiritualidad bíblica. Es un arte
que muestra su capacidad, típica del auténtico arte sagrado, de "reflejar
los diversos aspectos del mensaje, traduciéndolos en colores,
formas, (...) sin privar al mensaje mismo de su valor trascendental y de
su halo de misterio" (Carta a los artistas, 12: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 23 de abril de 1999, p. 11).
Por tanto, es motivo de alegría el hecho de que hoy una expresión tan
significativa del arte del siglo XV vuelva a resplandecer en su colorido
original, recuperado gracias a un diligente y moderno trabajo de restauración.
Esta capilla sigue comunicando vibraciones del misterio, con un lenguaje que no
envejece, porque toca lo que es universal en el hombre.
Mi deseo, que expresé recientemente también en
la Carta a los artistas (cf. n. 10), es que, en sintonía con cuanto se
testimonia en este "santuario" único en el mundo, se restablezca en
nuestro tiempo la fecunda alianza de fe y arte, para que lo "bello",
epifanía de la belleza suprema de Dios, ilumine el horizonte del milenio que
está a punto de comenzar.
Al mismo tiempo que doy gracias al Señor porque me concede la posibilidad de
presidir esta celebración, con la que esta joya del arte se entrega
perfectamente restaurada al mundo, invoco la constante protección divina sobre
vosotros, aquí presentes, sobre quienes trabajan en los Museos vaticanos y
sobre los innumerables visitantes que ininterrumpidamente vienen de todo el
mundo a admirar estas obras de arte.
Os imparto a todos mi bendición.
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