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Discurso del Santo Padre
a las participantes en el Capítulo General de las
"Religiosas Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la
Caridad"
Queridas hermanas:
1. Es para mí un gran gozo poder compartir este encuentro con vosotras,
Religiosas Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, que
celebráis en estos días vuestro XXVII Capítulo General, bajo el lema
"comunidad de mujeres consagradas, radicadas en Cristo Eucaristía,
llamadas a una misión liberadora, ante los retos del nuevo milenio". Con
esta frase recogéis la esencia del carisma fundacional de Santa María Micaela
del Santísimo Sacramento y expresáis vuestro propósito de vivirlo fielmente
ante a las exigencias de los años venideros que, como escribía en mi Carta
Tertio millennio adveniente, han de ser "una nueva primavera de vida
cristiana" (n. 18).
Saludo a la Madre Emilia Orta, Superiora General, y a todas vosotras,
queriendo por medio vuestro llegar a cada una de vuestras hermanas, que llevan
adelante la misión propia del Instituto en diversos países de Europa, Asia,
Africa y América.
2. Para responder a la llamada a dedicarse al servicio de la juventud
socialmen te inadaptada, vuestra Fundadora sabía cuan necesaria es la fuerza
que viene de lo Alto, de Jesucristo presente en la Eucaristía y, por eso, quiso
acompañar el ejercicio de la caridad con la adoración eucarística. Ésta,
como bien sabéis por experiencia, fortalece la vida cristiana y muy
particularmente la vida consagrada, pues en ella, se encuentra el consuelo, la
firme esperanza y el aliento para la caridad que vienen de la presencia
misteriosa y oculta, pero real, del Señor. Él, que prometió estar con
nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20), en este
admirable Sacramento se hace presente en la realidad misma de su cuerpo
resucitado, que los ángeles y los santos contemplan en la gloria del Cielo.
3. Os animo, pues, a proseguir, desde la fidelidad a vuestra espiritualidad
eucarística, en las obras de apostolado en las que estáis comprometidas,
ayudando a tantas jóvenes necesitadas en el cuerpo o en el espíritu, esclavas
de diversos tipos de opresión, anunciándoles la verdad y proporcionándoles
los medios para la vida nueva que nos trae Cristo, favoreciendo al mismo tiempo
su promoción humana y cristiana en vuestros centros de formación.
Que en ese empeño os sea de aliento la Bendición Apostólica que gustoso os
imparto y que complacido extiendo a todas las Religiosas de la Congregación, a
vuestros bienhechores y a las personas a las que asistís.
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