 |
DISCURSO DEL SANTO PADRE A LOS DIRIGENTES Y MIEMBROS DE LA FUNDACIÓN
"CENTESIMUS ANNUS, PRO PONTIFICE"
Sábado 11 de septiembre
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señoras y señores:
1. Me alegra encontrarme nuevamente con vosotros, distinguidos
miembros de la fundación "Centesimus annus, pro Pontifice", que habéis
venido aquí con vuestros familiares. Saludo a monseñor Agostino
Cacciavillan, presidente de la Administración del patrimonio de la Sede apostólica,
a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Saludo, asimismo, a
monseñor Claudio Maria Celli, secretario de esa misma Administración, a
monseñor Daniele Rota y a don Massimo Magagnin, asistentes nacionales, y a
los demás eclesiásticos presentes. Os doy una cordial bienvenida a todos
vosotros, que no habéis querido faltar a esta cita.
Os reunisteis por última vez el pasado mes de febrero, pero habéis sentido
la exigencia de hacerlo una vez más en vísperas del Año santo 2000. En
efecto, el jubileo constituye una gran cita eclesial, en la que vuestra
fundación está llamada a colaborar, en el marco del Jubileo del mundo del
trabajo, para preparar el sector de los agentes financieros. Al tiempo que
os agradezco vuestra disponibilidad, os felicito porque, precisamente con
vistas a ese acontecimiento, habéis decidido oportunamente profundizar para
el próximo año el tema: "Ética y finanzas". Conozco vuestro
propósito de organizar un congreso internacional sobre ese tema en vísperas
de la jornada jubilar. Veo con agrado esa importante iniciativa, y espero que
dé abundantes frutos.
Además, hoy habéis querido escuchar a monseñor Miroslav Marusyn, secretario
de la Congregación para las Iglesias orientales, que os ha hablado
ampliamente de mi reciente viaje apostólico a Rumanía y de las numerosas
necesidades espirituales y materiales que afectan a la vida de las comunidades
católicas orientales.
2. Ilustres señoras y señores, por vuestra experiencia diaria habéis
podido comprobar que, dentro del amplio fenómeno de la globalización, que
caracteriza el actual momento histórico, la llamada "financierización"
de la economía es un aspecto esencial y cargado de consecuencias. En las
relaciones económicas, las transacciones financieras ya han superado en gran
medida a las reales, hasta el punto de que el ámbito de las finanzas ha
adquirido ya una autonomía propia.
Este fenómeno plantea nuevas y arduas cuestiones también desde el punto de
vista ético. Una de éstas atañe al problema de la relación entre riqueza
producida y trabajo, por el hecho de que hoy es posible crear rápidamente
grandes riquezas sin ninguna conexión con una cantidad definida de trabajo
realizado. Es fácil comprender que se trata de una situación bastante
delicada, que exige una atenta consideración por parte de todos.
En la encíclica Centesimus annus, tratando la cuestión de la
"creciente internacionalización de la economía", recordé la
necesidad de promover "órganos internacionales de control y de guía válidos,
que orienten la economía misma hacia el bien común" (n. 58), teniendo
en cuenta también que la libertad económica es sólo uno de los elementos de
la libertad humana. La actividad financiera, según características propias,
debe estar ordenada a servir al bien común de la familia humana.
Sin embargo, hay que preguntarse cuáles son los criterios de valor que deben
orientar las opciones de los agentes, incluso más allá de las exigencias de
funcionamiento de los mercados, en una situación como la actual, en la que aún
falta un marco normativo y jurídico internacional adecuado. También es
preciso preguntarse cuáles son las autoridades idóneas para elaborar y
proporcionar esas indicaciones, así como para velar por su aplicación.
Un primer paso corresponde a los mismos agentes, que podrían dedicarse a
elaborar códigos éticos o de comportamiento, vinculantes para este sector.
Los responsables de la comunidad internacional están llamados, asimismo, a
adoptar instrumentos jurídicos idóneos para afrontar las situaciones
cruciales que, si no se controlan, podrían tener consecuencias desastrosas no
sólo en el ámbito económico, sino también en el social y político. Y,
ciertamente, los más débiles serían los primeros en pagar las
consecuencias, y los que más pagarían.
3. La Iglesia, que es maestra de unidad y por su vocación camina con los
hombres, se siente llamada a tutelar sus derechos, con constante solicitud
especialmente por los más pobres. Con su doctrina social presta su ayuda para
la solución de esos problemas que, en varios sectores, influyen en la vida de
los hombres, consciente de que "aun cuando la economía y la disciplina
moral, cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es
erróneo que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos
entre sí, que bajo ningún aspecto dependa aquél de éste" (Pío XI, Quadragesimo
anno, 42). El desafío se presenta arduo, por la complejidad de los fenómenos
y la rapidez con que surgen y se desarrollan.
Los cristianos que trabajan en el sector económico y, particularmente en el
financiero, están llamados a descubrir caminos adecuados para cumplir este
deber de justicia, que para ellos es evidente por su enfoque cultural, pero
que pueden compartir todos los que quieran poner a la persona humana y el bien
común en el centro de cualquier proyecto social. Sí, todas vuestras
operaciones en el campo financiero y administrativo deben tener siempre como
objetivo no violar jamás la dignidad del hombre, construyendo con este fin
estructuras y sistemas que favorezcan la justicia y la solidaridad para el
bien de todos.
4. Por otra parte, hay que añadir que los procesos de globalización de
los mercados y de las comunicaciones no poseen por sí mismos
una connotación éticamente negativa, y, por tanto, no se puede tomar frente
a ellos una actitud de condena sumaria y a priori. Sin embargo, los que
aparecen en principio como factores de progreso pueden producir, y de hecho ya
lo hacen, consecuencias ambivalentes o decididamente negativas, especialmente
en perjuicio de los más pobres.
Por consiguiente, se trata de constatar el cambio y hacer que contribuya al
bien común. La globalización tendrá efectos muy positivos si se apoya en un
fuerte sentido del valor absoluto de la dignidad de todas las personas humanas
y del principio según el cual los bienes de la tierra están destinados a
todos. Hay espacio, en esta dirección, para trabajar de modo leal y
constructivo, también dentro de un sector muy expuesto a la especulación. A
este propósito, no basta respetar leyes locales o reglamentos nacionales; es
necesario un sentido de justicia global, que corresponda a las
responsabilidades que están en juego, constatando la interdependencia
estructural de las relaciones entre los hombres más allá de las fronteras
nacionales.
Mientras tanto, es muy oportuno apoyar y fomentar los proyectos de
"finanzas éticas", de microcrédito y de "comercio equitativo
y solidario", que están al alcance de todos y poseen también un valor
pedagógico positivo, orientado a la corresponsabilidad global.
5. Nos hallamos en el ocaso de un siglo que ha experimentado, también en
este campo, cambios rápidos y fundamentales. La inminente celebración del gran
jubileo del año 2000 representa una ocasión privilegiada para una
reflexión de amplio alcance sobre esta problemática. Por eso, doy las
gracias a vuestra fundación "Centesimus annus", que ha querido
orientar sus trabajos a la luz del gran acontecimiento jubilar, teniendo en
cuenta la perspectiva que indiqué en la carta apostólica Tertio millennio
adveniente. En efecto, escribí que "el compromiso por la justicia y
por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por
intolerables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto sobresaliente
de la preparación y de la celebración del jubileo" (n. 51).
Queridos hermanos, habéis comprendido que el año jubilar os invita a dar
vuestra contribución específica y cualificada para que la palabra de Cristo,
que vino a evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18), encuentre
acogida. Os apoyo cordialmente en esta iniciativa, con el deseo de que,
gracias al jubileo, madure "una nueva cultura de solidaridad y cooperación
internacionales, en la que todos, especialmente los países ricos y el sector
privado, asuman su responsabilidad en un modelo de economía al servicio de
cada persona" (Incarnationis mysterium, 12).
Con estos sentimientos, mientras os deseo de todo corazón que la fundación
crezca, para que brinde una colaboración cada vez más eficaz a la Santa Sede
y a la Iglesia en la obra de la nueva evangelización y en la instauración de
la civilización del amor, encomiendo todos vuestros proyectos e iniciativas a
María, Madre de la esperanza.
Os acompañe y sostenga también mi bendición, que, complacido, os imparto a
vosotros y a todos vuestros seres queridos.
|