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Discurso del Santo
Padre
a los obispos canadienses de las
provincias atlánticas en visita "ad limina"
25 de septiembre 1999
Eminencia;
queridos hermanos en el episcopado:
1. En el amor del Espíritu Santo, os saludo a vosotros, obispos de
Nueva Brunswick, Terranova, Nueva Escocia e Isla Príncipe Eduardo, así
como al cardenal Ambrozic y a los obispos auxiliares de Toronto, que
realizáis vuestra visita ad limina Apostolorum: "Gracia y
paz abundantes por el conocimiento de nuestro Señor" (2 P 1, 2).
Aquí, en Roma, ante las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, renováis los
vínculos de comunión que os unen al Sucesor de Pedro y os fortalecéis
espiritualmente para seguir desempeñando vuestro ministerio. Se trata de
tumbas de mártires, que evocan la fuerza del testimonio cristiano en todas
las épocas y nos recuerdan que la Iglesia nació del derramamiento de
sangre: la sangre del Cordero, que fluye para siempre en los cielos,
y la sangre de quienes lavaron sus vestiduras y las blanquearon con su
sangre (cf. Ap 7, 14). Aquí celebráis el sacrificio eucarístico
en altares erigidos en memoria de "los degollados a causa de la palabra
de Dios" (Ap 6, 9), y os unís a ellos cantando el gran himno de
la Iglesia: "Al que está sentado en el trono y al Cordero,
alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos" (Ap
5, 13). Os remontáis en el tiempo a los orígenes del cristianismo, pero lo
hacéis para ver con mayor claridad y confianza el futuro que Dios quiere para
su Iglesia en el milenio que está a punto de comenzar.
2. En el centro del plan de Dios para la Iglesia de nuestro tiempo está
ese gran momento de gracia que fue el concilio Vaticano II. Las décadas
pasadas desde el Concilio no han sido tranquilas, pero en todas partes hay
signos de los admirables frutos que el Espíritu puede producir cuando
respondemos con fe a sus inspiraciones. Indudablemente, uno de los frutos del
Espíritu en el período posconciliar ha sido el impulso de una nueva
vitalidad espiritual y nuevas energías apostólicas entre los fieles laicos. Los
seglares católicos, hombres y mujeres, están viviendo la gracia de su
bautismo de un modo que muestra con mayor esplendor los múltiples carismas
que fortalecen y embellecen a la Iglesia. No podemos menos de dar gracias a
Dios por ello.
Continuando la reflexión comenzada con los grupos anteriores
de obispos canadienses en esta serie de visitas ad limina, hoy deseo
compartir con vosotros algunas breves consideraciones sobre la relación
entre los sacerdotes y los fieles laicos en la vida pastoral de vuestras
comunidades y en el testimonio de la Iglesia ante la sociedad. Solemos hablar
de los obispos y los sacerdotes como "pastores", recurriendo a la
tradición bíblica y patrística, en la que la imagen del pastor es
rica y sugestiva. Pero a veces esto ha ido acompañado por un cierto rechazo a
hablar de los laicos como "rebaño", como si, al hacerlo, los condenáramos
a un papel estrictamente pasivo y dependiente. Ciertamente, eso no es lo que
pensaba el Concilio, y tampoco lo que la Iglesia necesita ahora. Por eso, vale
la pena analizar de nuevo esa imagen bíblica, para redescubrir el sentido
de complementariedad y comunión que entraña.
La imagen viene de un mundo en que el rebaño era la piedra
angular de la vida económica y la clave de la supervivencia humana. El pastor
alimentaba y abrevaba a las ovejas y las protegía día y noche de los
predadores y las enfermedades; en este sentido, las ovejas vivían gracias al
pastor. El rebaño, a su vez, proporcionaba comida, vestido e incluso abrigo,
no sólo al pastor, sino también a su familia y a su tribu. Desde este punto
de vista, el pastor dependía de su rebaño, del mismo modo que el rebaño
dependía de él. Por consiguiente, la imagen bíblica ofrece una visión
de reciprocidad vital: las ovejas viven por el pastor, y éste por
las ovejas. Esa misma idea se halla expresada en la carta que san Pablo
escribió a la Iglesia de Tesalónica: "Ahora sí que vivimos, pues
permanecéis firmes en el Señor" (1 Ts 3, 8). El Apóstol
dio vida a la comunidad, y ahora, mediante su fidelidad, ella le da vida a él.
3. De modo más radical aún, las ovejas se convierten en el cuerpo del
pastor, especialmente como fuente de alimento. Aquí la imagen es tan
profunda, que nos introduce en la noción de Iglesia como Cuerpo de Cristo.
Jesucristo es el pastor eterno del rebaño, en cuyo nombre prestan su servicio
todos los pastores; pero el rebaño es el Cuerpo de Cristo en el mundo. Una
vez más, hay una dramática reciprocidad en la entrega de sí que, en este
caso, no atañe a la vida material y a la supervivencia humana; se trata, más
bien, del gran misterio del sacrificio de Cristo por la salvación del
mundo, que se hace presente cada vez que se celebra la eucaristía. Aquí
llegamos al núcleo mismo del misterio del oficio cristiano de pastor, puesto
que Cristo, el Pastor, es también el Cordero. En efecto, es el Pastor
porque es el Cordero. Ningún pastor puede ser un verdadero pastor del
rebaño de Dios si no se identifica con el Cordero de Dios, sacrificado por
los pecados del mundo. No podemos esperar ser pastores semejantes a Cristo si
no vivimos el misterio de su cruz (cf. Flp 3, 10). Esto vale para
los pastores de la Iglesia de nuestro tiempo como valía para los Apóstoles,
a cuyas tumbas habéis venido en peregrinación. Al morir como mártires, se
identificaron plenamente con el Cordero de Dios y, por eso, son para siempre
los pastores que desde su lugar en el cielo siguen guiándonos (cf. Prefacio
I de los Apóstoles). Lo que vale para los pastores, también vale para
toda la Iglesia, el pueblo sacerdotal de Dios en el mundo. El centro de toda
actividad pastoral y de toda forma de apostolado es la unión con el misterio
pascual de Cristo. Al identificarse con el Señor crucificado y resucitado por
la gracia del Espíritu Santo, todos los bautizados pueden participar en la
misión evangelizadora de la Iglesia y en su servicio a la familia humana. El
pastor y las ovejas tienen vocaciones de servicio complementarias.
4. Esta visión de la complementariedad y la comunión entre sacerdotes y
laicos entraña estilos específicos de vida para los sacerdotes y para la
formación en los seminarios, que muestren claramente que el sacerdote es
un hombre "apartado" para un servicio particular. En la liturgia
y en la tarea pastoral al frente de sus comunidades, los sacerdotes continúan
el único sacerdocio de Jesucristo, el "pastor supremo" (1 P
5, 4). Al guiar el rebaño y presidir sus oraciones, el sacerdote eleva a Dios
y ennoblece la vocación cristiana de todos los fieles a los que sirve. Es
importante que los sacerdotes sean hombres "apartados" y, al mismo
tiempo, "servidores", pues una característica es condición de la
otra. Si el sacerdote no es claramente un hombre "apartado", no
podrá prestar el servicio que la Iglesia le pide; si no es un verdadero
servidor, estará condenado a una soledad vacía y estéril, impropia de un
auténtico pastor. El celibato sacerdotal, la disciplina de oración, la
sencillez de vida y el hábito eclesiástico constituyen signos evidentes de
que el sacerdote es un hombre "apartado" para el servicio al
Evangelio. Es innegable que esos signos producen frutos, especialmente en una
cultura que busca con ansia signos de la trascendencia, una cultura que
necesita verdaderos pastores y testigos convincentes.
5. La complementariedad de la vocación diferente de los sacerdotes y los
laicos debe constituir el marco en el que se realicen los esfuerzos por reunir
las fuerzas de la Iglesia con vistas a la nueva evangelización en Canadá.
Esta complementariedad, que responde al carácter sinfónico del Cuerpo de
Cristo, del que todos son miembros pero en el que no todos tienen las mismas
funciones, es la condición de una cooperación que sea fuente de gracia para
la misión de la Iglesia. La tarea pastoral de los sacerdotes no es en
absoluto una manera de ahogar las iniciativas de los laicos ni de reducir al
pueblo a una actitud de pasividad o dependencia. Por el contrario,
conviene favorecer formas de testimonios laicos que no sólo hagan presente
con mayor eficacia a la Iglesia en el corazón del mundo, sino que también
susciten abundantes y buenas vocaciones sacerdotales. Sin embargo, no hay que
atenuar la distinción entre el sacerdocio ministerial y la vocación seglar,
ya que ciertamente eso no es lo que los padres conciliares pensaban cuando
pidieron una mayor cooperación entre los sacerdotes y los laicos, queriendo
fortalecer en particular la vocación de los laicos en la Iglesia y en el
mundo. Una noción imprecisa de la misión diferente de los sacerdotes y los
seglares ha llevado a veces a una crisis de identidad y confianza en el seno
del clero, pero también a formas laicas de actividad que son demasiado
clericalizadas o demasiado "politizadas".
El primer campo de la vocación seglar es la vida de la
sociedad, de la cultura y de la empresa, que se extiende más allá de los
límites visibles de la Iglesia. Los laicos, hombres y mujeres, están
llamados a realizar su vocación bautismal y a promover el arte de ser
cristianos en el mundo. En nuestra época, en que disminuyen las
adhesiones a la Iglesia y la práctica religiosa, puede parecer extraño que
la Iglesia quiera poner énfasis en la vocación secular de los laicos.
Precisamente la misión evangelizadora de los seglares en el mundo constituye
la respuesta de la Iglesia al malestar de la indiferencia, que se describe
frecuentemente como "secularización". La tarea específica de los
laicos de hoy, hombres y mujeres, fue uno de los temas principales de la
exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America, que, entre
cosas, afirma: "Aunque el apostolado intraeclesial de los
laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado coexista
con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden ser suplidos por
los sacerdotes: el ámbito de las realidades temporales" (n. 44).
6. No debemos olvidar que el concilio Vaticano II quería suscitar nuevas
fuerzas evangelizadoras dentro de la Iglesia, tras la devastación causada por
las dos guerras mundiales y teniendo en cuenta las perspectivas del nuevo
milenio. Resultaba necesario un nuevo estilo de compromiso misionero, una nueva evangelización,
y el Concilio, con la gracia del Espíritu Santo, se convirtió en el
instrumento para poner en marcha ese dinamismo. Éste fue el propósito
principal de todas las nuevas disposiciones que el Concilio adoptó para la
vida de la Iglesia. Sin embargo, debemos evitar cuidadosamente toda forma
de introversión eclesial, que no reflejaría fielmente la intención del
Concilio, dado que, en lugar de aumentar, disminuiría el impulso misionero
necesario para afrontar las necesidades del nuevo siglo.
Queridos hermanos en el episcopado, estamos llamados a
escuchar como discípulos lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias
(cf. Ap 2, 7), para que podamos hablar como maestros en nombre de
Cristo, declarando gozosamente con san Juan Damasceno: "¡Oh
glorioso pueblo de la Iglesia, montaña imponente, pura y clara, tú que
cuentas con la ayuda de Dios, tú en quien Dios descansa, recibe de nuestros
labios la verdadera fe de Cristo, incontaminada por el error, tal como nos la
han transmitido, que construye y fortalece a la Iglesia" (Expositio
fidei, 1). Pido a Dios con fervor que tengáis éxito en esta gran tarea
pastoral, para que la Iglesia en Canadá resplandezca con toda su gloria como
Esposa de Cristo, que él ha escogido con infinito amor. Encomendando vuestra
misión apostólica a la intercesión de la Virgen María, que en todas las épocas
es la Estrella luminosa de la evangelización, de buen grado os imparto mi
bendición apostólica a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y
religiosas, y a los fieles laicos de vuestras diócesis.
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