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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS HERMANOS DE LAS ECUELAS CRISTIANAS

 

 

Al hermano JOHN JOHNSTON
Superior general de los Hermanos
de las Escuelas cristianas


En el gran jubileo de la Encarnación, los Hermanos de las Escuelas cristianas celebrarán un doble aniversario. Durante este mes de mayo, se conmemorará el centenario de la canonización de san Juan Bautista de la Salle, fundador de vuestro instituto, así como el cincuentenario de su proclamación, por parte de mi predecesor el Papa Pío XII, como patrono especial de todos los educadores de la infancia y de la juventud. Este doble acontecimiento me brinda la ocasión de unirme profundamente a vuestra oración y a vuestra acción de gracias, así como a las de todos los miembros de vuestra familia religiosa, y de dirigir a todos un cordial saludo, particularmente en este momento en que se reúne en torno a usted el XLIII capítulo general del Instituto.

Con su talento pedagógico, san Juan Bautista de la Salle fue un ilustre pionero de la educación popular de niños y jóvenes. Como verdadero apóstol, supo servir a los niños que acudían a sus escuelas, dedicándose principalmente a formar a sus maestros. Esta intuición sigue siendo fundamental también hoy, pues pone de manifiesto que la educación supone, por una parte, la transmisión de los valores humanos y cristianos, y, por otra, el testimonio de adultos que muestren a los jóvenes lo que es una vida hermosa y equilibrada. Por tanto, la educación, más que un oficio, es una misión, que consiste en ayudar a cada persona a reconocer lo que tiene de irreemplazable y único, para que crezca y se desarrolle. Al proclamar a vuestro fundador patrono de todos los educadores de la infancia y de la juventud, la Iglesia lo propone como modelo y ejemplo a imitar por todos los que tienen una tarea educativa, invitándolos a dar muestras de creatividad, paciencia y entrega, y a discernir las necesidades de los jóvenes, respondiendo así a sus aspiraciones profundas.

Corresponde a los Hermanos dar a conocer la grandeza del apostolado y la visión cristiana de educador de san Juan Bautista de la Salle, que conservan toda su actualidad para el mundo de hoy. Su carisma, alimentado por la contemplación asidua de Dios, Creador y Salvador, y vivido según el ideal religioso de una existencia consagrada al Señor en una vida comunitaria y fraterna, muestra que educar, enseñar y evangelizar forman un todo. La educación queda incompleta si no lleva al aprendizaje del respeto a la vida y a la libertad, del servicio a la verdad y del deseo de entrega de sí. Al anunciar el Evangelio en las escuelas, objetivo de vuestro apostolado, os dedicáis a formar a cada hombre, a formar al hombre integral.

Así pues, aliento a todos los Hermanos en su misión de educación y evangelización, principalmente entre los niños y los jóvenes pobres o con dificultades, mostrándoles que cada uno es infinitamente valioso a los ojos de Dios. De este modo, participan de manera insigne en la misión de la Iglesia. Los exhorto a ser auténticos hijos de san Juan Bautista de la Salle, sosteniéndose mutuamente en el camino de la santidad. Participando en la "obra de Dios" y viviendo plenamente la dimensión catequística de su noble tarea, han de afrontar siempre, en los numerosos países donde están presentes, los desafíos actuales y futuros, particularmente en este tiempo en que, en un mundo en evolución, están desapareciendo muchos de los puntos de referencia de la vida moral. Como os dije con ocasión de vuestro último capítulo general, el 14 de mayo de 1993, "sed siempre maestros, testigos de Cristo y educadores cristianos a través del ejemplo y de la palabra" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de mayo de 1993, p. 9). Con esta doble conmemoración en el centro del Año jubilar, reavivad vuestra misión e invitad a los jóvenes a seguir el ideal lasaliano en la vida religiosa.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María y de san Juan Bautista de la Salle a vosotros, así como a todos vuestros hermanos, a los profesores, a los alumnos de vuestras escuelas y a sus familiares, a los ex alumnos y a la familia lasaliana, que colaboran con vosotros en vuestra misión, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 2 de mayo de 2000

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