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DISCURSO DE JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS QUE VINIERON A ROMA
PARA LAS CANONIZACIONES


Lunes 2 de octubre de 2000

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Ayer, en la plaza de San Pedro, vivimos un momento singular de alegría, celebrando la canonización de algunos santos. La Providencia nos concede hoy la posibilidad de volver a encontrarnos para prolongar nuestra acción de gracias a Dios, que da siempre a la Iglesia nuevos modelos de vida evangélica, y para considerar juntos los ejemplos de los mártires en China, de María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, de Catalina Drexel y de Josefina Bakhita.
A todos vosotros, peregrinos que habéis venido de varios países, os renuevo mi saludo y mis cordiales palabras de aprecio por el sugestivo marco que, con vuestra presencia, habéis creado en torno a este acontecimiento eclesial.

2. Me dirijo ahora de modo especial a los peregrinos que han venido aquí para la canonización de los ciento veinte mártires en China. En primer lugar, a vosotros, fieles de origen chino, con quienes deseo compartir mi profunda alegría por estos hijos e hijas del pueblo chino que, por primera vez, son propuestos a toda la Iglesia y al mundo entero en su fidelidad heroica a Cristo Señor y en su grandeza de alma. Sí, son un verdadero honor para el noble pueblo de China.

Mi alegría es mayor al pensar que están íntimamente unidos a nosotros, en esta circunstancia, todos los fieles de China continental, conscientes -como lo sois vosotros- de que los mártires no sólo son un ejemplo que debemos seguir, sino también intercesores ante el Padre. En efecto, necesitamos su ayuda, porque estamos llamados a afrontar la vida diaria con la misma entrega y la misma fidelidad que los mártires demostraron en su tiempo.

Todos sabéis que la mayoría de los ciento veinte mártires derramó su sangre en momentos históricos que revisten, con  razón, un  significado  particular para vuestro pueblo. En realidad, se trató de situaciones dramáticas, caracterizadas por violentas transformaciones sociales.
Ciertamente, la Iglesia, con esta  canonización, no  quiere  dar un  juicio histórico sobre aquellos tiempos, ni mucho menos legitimar algunos comportamientos de los Gobiernos de la época, que pesaron sobre la historia del pueblo chino. Al contrario, quiere poner de relieve la fidelidad heroica de estos dignos hijos de China, que no se atemorizaron por las amenazas de una persecución feroz
.
Agradezco asimismo la presencia de muchos peregrinos de los distintos países de los que procedían los 33 misioneros y misioneras, que murieron mártires en China junto con los fieles chinos a quienes habían anunciado el Evangelio. Hay quienes, con una lectura histórica parcial y no objetiva, sólo ven en su acción misionera límites y errores. Si los hubo -¿está exento el hombre de defectos?-, pedimos perdón. Pero hoy los contemplamos en la gloria y damos gracias a Dios, que se sirve de instrumentos pobres para sus grandiosas obras de salvación. Anunciaron, también con la entrega de su vida, la Palabra que salva y emprendieron importantes iniciativas de promoción humana. Vosotros, peregrinos, compatriotas y hermanos en la fe, sentíos orgullosos de ellos. Con su testimonio, nos indican que el camino verdadero de la Iglesia es el hombre:  un camino de profundo y respetuoso diálogo intercultural, como ya hizo notar, con sabiduría y maestría, el padre Mateo Ricci; un camino basado en la entrega diaria de la vida.

3. Saludo con afecto a los numerosos peregrinos venidos para participar en la canonización de santa María Josefa del Corazón de Jesús Sancho de Guerra, provenientes del País Vasco, donde la nueva santa nació y murió, así como de otros puntos de España y de diversos países de Europa, América y Filipinas, donde las Siervas de Jesús de la Caridad viven y trabajan difundiendo el carisma y las enseñanzas de esta hija ilustre de la Iglesia. A todos doy mi más cordial bienvenida.
Santa  María Josefa  os es muy  querida y entrañable. En efecto, su perfil espiritual nos descubre su generosidad y entrega en acoger  las palabras del  Señor "Estuve enfermo y me visitasteis" (Mt 25, 36). Exigente consigo misma, no ahorró esfuerzos ni trabajos para servir a los enfermos, fundando para ello las Siervas de Jesús de la Caridad. A ellas les confió la misión de mostrar el rostro misericordioso de Dios a los que sufren, contribuyendo a aliviar sus sufrimientos con la asistencia generosa en domicilios y hospitales.

Su elocuente testimonio debe ayudar a todos a descubrir la belleza de la vida consagrada totalmente al Señor, y la importancia del servicio destinado a enjugar las lágrimas de los que sufren bajo el peso de la enfermedad.

4. Me alegra de modo especial saludar al cardenal Bevilacqua y a los numerosos peregrinos que han venido a Roma para la canonización de la madre Catalina Drexel, y en particular a sus hijas espirituales, las Religiosas del Santísimo Sacramento. Santa Catalina Drexel cumplió al pie de la letra las palabras de Jesús al joven rico del Evangelio:  "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo" (Mt 19, 21).

La madre Drexel, que había dedicado su fortuna familiar a la obra misionera y educativa entre los miembros más pobres de la sociedad, hizo un viaje a Roma durante el cual fue recibida en audiencia por el Papa León XIII, a quien pidió misioneros que colaboraran con ella en los diversos proyectos que estaba financiando. El Pontífice le respondió, invitándola a que se convirtiera ella misma en misionera. No cabe duda de que esa propuesta representó un cambio decisivo en la vida de santa Catalina, que con gran valentía puso su confianza en el Señor, y entregó su vida y toda su fortuna a su servicio. Su apostolado fructificó en la creación de numerosas escuelas dedicadas a los indígenas americanos y a los negros, y sirvió para crear la conciencia de la necesidad constante, incluso en nuestros días, de luchar contra el racismo en todas sus manifestaciones.
Ojalá que el ejemplo de santa Catalina Drexel sea un faro de luz y esperanza que nos impulse a todos a dar cada vez más nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestras riquezas en beneficio de los más necesitados.

5. Me alegra saludar a los obispos y a los fieles sudaneses que han viajado a Roma para la canonización de sor Josefina Bakhita. Saludo en particular a las Hijas de la Caridad, la gran familia Canosiana a la que perteneció santa Josefina Bakhita.

Esta santa hija de África demostró ser una verdadera hija de Dios:  el amor y la misericordia de Dios fueron realidades tangibles que transformaron su vida de un modo extraordinario. Llegó incluso a sentir gratitud por los mercaderes de esclavos que la capturaron y por quienes la maltrataron, porque, como ella misma diría más tarde, si eso no hubiera sucedido, no se habría convertido en cristiana ni en religiosa de la comunidad canosiana.

Pidamos por intercesión de santa Bakhita que todos los hombres y mujeres lleguen a conocer la presencia salvífica del Señor Jesús y sean liberados así de la esclavitud del pecado y de la muerte. En particular, recordemos su patria, Sudán, donde la guerra y la violencia siguen sembrando destrucción y desesperación:  que la mano salvadora del Señor toque el corazón de los responsables de ese sufrimiento y abra el camino hacia la reconciliación, el perdón y la paz.

6. Queridos hermanos, antes de despedirme de vosotros deseo haceros partícipes de una preocupación que tengo en estos momentos. Desde hace algunos días la ciudad santa de Jerusalén es escenario de violentos enfrentamientos, que han causado numerosos muertos y heridos, entre los cuales se cuentan también algunos niños. Me siento espiritualmente cercano a las familias de quienes han perdido la vida, y dirijo un apremiante llamamiento a todos los responsables, para que callen las armas, se eviten las provocaciones y se reanude el diálogo. En Tierra Santa debe reinar la paz y la fraternidad. ¡Así lo quiere Dios!

Pido a los nuevos santos que intercedan para que todos vuelvan a tener pensamientos de comprensión recíproca y de paz.

Con este deseo, os imparto de corazón a todos vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.

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