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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO DE LA IGLESIA CATÓLICA
DE RITO BIZANTINO-UCRANIO


Viernes 1 de diciembre de 2000

 

Queridos hermanos en el episcopado de la Iglesia católica de rito bizantino-ucranio: 

1. Me alegra mucho acogeros y daros la bienvenida. Saludo en particular al señor cardenal Myroslav Ivan Lubachivsky, arzobispo mayor de Lvov de los ucranios.

Por medio de vosotros saludo también a los fieles de todas las Iglesias cristianas que se encuentran en vuestro país. Mi saludo se extiende asimismo a los ucranios residentes en el extranjero, que conservan fielmente las tradiciones religiosas de su patria.

2. Habéis venido de Ucrania y de los países de la diáspora a Roma para celebrar el gran jubileo del año 2000.

Recuerdo con emoción aquel día, hace diez años, en que, después de casi medio siglo, se encontraron vuestros obispos de Ucrania, confesores de la fe, con los prelados ucranios de la diáspora. Fue un símbolo más fuerte que cualquier palabra.

En aquella ocasión dimos gracias al Señor porque el milenio del bautismo de vuestro pueblo, celebrado en 1988, fue el comienzo de una nueva era, implicando para vosotros importantes cambios de naturaleza social y moral orientados a reconocer el derecho a la libertad religiosa de los católicos de rito oriental y de su Iglesia, que está unida a la Sede de Pedro desde hace cuatrocientos años.

De ese modo la comunidad del pueblo de Dios, que había sido declarada ilegal en 1946, pudo salir de las catacumbas. Vuestra Iglesia, siguiendo con fidelidad a su Esposo Cristo, conoció el sufrimiento y la cruz, cuando el cruel régimen ateo decretó su supresión.

3. Pero ahora hay que mirar hacia adelante:  la gracia de Dios nos impulsa a emplear bien nuestro tiempo, porque es tiempo de salvación. El compromiso de edificar la Iglesia urge y apasiona. La primera tarea os incumbe a vosotros, obispos del Sínodo de la Iglesia greco-católica ucrania. Se trata de una estructura de gran valor y responsabilidad:  como los Apóstoles, estáis llamados a tener solicitud por toda la Iglesia; la experiencia de cada una de vuestras eparquías debe confluir en un plan común, en un proyecto global. Estoy seguro de que estos años son para vosotros una escuela importante, que os enseña a trabajar juntos, a compartir las cargas y a participar todos solidariamente en la guía de vuestras comunidades. La sed de Dios crece; el pueblo tiene urgencia de ser guiado por el camino de Cristo. Estoy convencido de que sentís con gran fuerza este compromiso de vivir, planificar y trabajar juntos. El compromiso común es también responsabilidad común:  la Iglesia os ha sido encomendada a vosotros, y espera mucho de vosotros.

4. Venimos de la experiencia dolorosa de las catacumbas. Es natural que los primeros esfuerzos de recuperación se hayan realizado bajo el impulso de las exigencias del momento y, por tanto, pueden mostrar cierta falta de coordinación. Sin embargo, hoy debemos superar esa primera fase de reorganización y trabajar en la creación de un plan pastoral para vuestra Iglesia, que incluya las finalidades prioritarias, los medios y los tiempos de realización.

5. Ese plan debe tener en cuenta la exigencia primaria de la catequesis y de la formación teológica en la línea de vuestra tradición eclesial oriental. Sé que algunas instituciones educativas de alta calidad  ya están trabajando con este objetivo. El anuncio del Evangelio debe ser el fundamento de todo plan eclesial:  "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16), nos recuerda el Apóstol.
6. En ese plan no hay que olvidar el papel activo de los laicos, que deben formarse bien espiritual y culturalmente y compartir la responsabilidad de la Iglesia.

7. Una tarea de particular importancia corresponderá a los religiosos:  ante todo, al monaquismo, que da a la Iglesia el gusto siempre vivo y la fuerza de sus raíces, y encuentra en la oración la certeza de "lo único necesario". Ojalá que crezca y se estructure según las tradiciones gloriosas del Oriente cristiano. También las comunidades religiosas que se dedican al apostolado están llamadas a desempeñar un papel fundamental en ese plan pastoral, comprometiéndose a anunciar la palabra de Dios y asegurar una presencia de caridad que sea un medio para evangelizar a quienes el ateísmo ha marcado en el corazón y en el alma:  al encontrar los gestos transparentes y amorosos y las palabras fuertes y suaves de hermanos y hermanas que viven radicalmente el compromiso bautismal, serán tocados por la gracia, mientras los ojos de su corazón aprenderán a ver lo que es invisible y, sin embargo, muy real:  el misterio del amor de Dios que actúa en la historia. Es necesario que en la sociedad poscomunista este amor de Dios impregne el enfoque teológico y catequístico así como el compromiso pastoral de los fieles. Vosotros, obispos, seréis sus primeros testigos. Estoy seguro de que también los institutos religiosos latinos colaborarán en la obra de evangelización y en la actividad de caridad. Sólo así se dará un testimonio unívoco y creíble de esa feliz complementariedad que el Señor ha suscitado en la Iglesia.

8. En vuestro plan pastoral para la Iglesia greco-católica en Ucrania deberéis privilegiar el espíritu de paz y fraternidad cristiana que ha de distinguir a todo creyente en Jesucristo. Como ha sido la herencia común de diez siglos y la inspiración de vuestros obispos que quisieron la unión con Roma, estáis llamados a vivir un impulso de crecimiento y generosidad, que esté también al servicio de vuestros hermanos y hermanas ortodoxos, con vistas al restablecimiento de la comunión plena, como desea Jesucristo. Junto con vuestros pastores, debéis buscar nuevos caminos de testimonio común, evitando enfrentamientos estériles, conscientes de que el Padre nos llama a todos a la caridad, para que el mundo crea. Este espíritu os sugerirá pasos y senderos nuevos e inéditos, por los que el fermento de la caridad y de la disponibilidad mutua lleve al crecimiento de vuestro pueblo.

Deseo vivamente que el Señor me conceda estar pronto entre vosotros, en Ucrania, para anunciar con todos los cristianos el deseo común de encontrar en Cristo la respuesta a las inquietudes del hombre y la única luz verdadera que no tiene ocaso. Anhelo ese día como un verdadero don espiritual.

En espera de poder hacerlo personalmente, os ruego que llevéis a vuestros fieles la bendición cordial y afectuosa del Papa

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