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DISCURSO DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL TERCER GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS EN
VISITA "AD LIMINA"
Jueves 6 de mayo de 2004
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Con gran alegría os saludo a vosotros, obispos de las provincias
eclesiásticas de Detroit y Cincinnati, con ocasión de vuestra visita ad
limina Apostolorum. A través de vosotros, saludo a los sacerdotes, a los
diáconos, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis: la
gracia y la paz del Señor resucitado estén con todos vosotros, "consagrados por
Jesucristo, llamados a ser santos" (1 Co 1, 2).
Este año, durante mis encuentros con los obispos de Estados Unidos, he querido
proponer algunas reflexiones personales sobre el ministerio episcopal de
santificar, enseñar y gobernar al pueblo de Dios. En esta reflexión, deseo
continuar nuestro análisis sobre el munus sanctificandi a la luz de la
responsabilidad del obispo de construir la comunión de todos los bautizados en
la santidad, la fidelidad al Evangelio y el celo por la extensión del reino de
Dios.
2. La unidad de la Iglesia es, como su santidad, un don indefectible
de Dios y una invitación constante a una comunión cada vez más perfecta en
la fe, en la esperanza y en la caridad. "Dios es comunión, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, (...) el cual llama a todos los hombres a que participen de la
misma comunión trinitaria" (Ecclesia in America, 33). A través de la
efusión del Espíritu Santo, don de Cristo resucitado, la Iglesia fue fundada
como "pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Lumen
gentium, 4). Como signo y sacramento de esta unidad, que es la vocación y el
destino de toda la familia humana, la Iglesia vive y cumple su misión
salvífica como "un cuerpo" (cf. 1 Co 12, 12 s), que el Espíritu Santo
guía por el camino de la verdad total, reúne en la comunión y en las obras del
ministerio, dirige a través de la variedad de los dones jerárquicos y
carismáticos, y adorna con sus frutos (cf.
Lumen
gentium, 4). Este
misterio de unidad en la diversidad se manifiesta de modo especial cuando el
obispo celebra la Eucaristía juntamente con el presbiterio, los ministros, los
religiosos y todo el pueblo de Dios (cf.
Sacrosanctum Concilium, 41); en
la Eucaristía se expresa y se realiza esta "santa comunión", que es el alma
misma de la Iglesia (cf.
Lumen
gentium, 3).
Esta estrecha relación entre la santidad de la Iglesia y su unidad constituye la
base de la espiritualidad de comunión y de misión que -estoy convencido-
debemos fomentar en el alba de este nuevo milenio, "si queremos ser fieles al
designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo" (Novo
millennio ineunte, 43). El obispo, como icono de Cristo, buen pastor,
presente en medio de su pueblo santo, tiene el deber primario de promover y
animar esta espiritualidad (cf.
Pastores gregis, 22). El concilio
Vaticano II, a la vez que afirma que la edificación del cuerpo de Cristo se
realiza en una rica diversidad de miembros, funciones y dones, explica también
que "entre estos dones destaca la gracia de los Apóstoles" (Lumen
gentium,
7), cuyos sucesores están llamados a discernir y coordinar los carismas y los
ministerios otorgados para la edificación de la Iglesia mediante la obra de
santificar a la humanidad y dar gloria a Dios, que es el fin de toda su vida y
actividad (cf.
Sacrosanctum Concilium, 10).
3. Esta espiritualidad de comunión, que los obispos están llamados a testimoniar
personalmente, lleva naturalmente a "un estilo pastoral cada vez más abierto a
la colaboración de todos" (Pastores gregis, 44). Esto exige de vosotros,
en primer lugar, una relación cada vez más estrecha con vuestros sacerdotes,
que, por la ordenación sacramental, participan con vosotros en el único
sacerdocio de Cristo y en la única misión apostólica confiada a su Iglesia (cf.
Christus Dominus, 11). Por las órdenes sagradas, tanto los obispos como
los presbíteros han recibido un sacerdocio ministerial, que se diferencia del
sacerdocio común de todos los bautizados de modo "esencial y no sólo de grado" (Lumen
gentium, 10). Al mismo tiempo, dentro de la comunión del Cuerpo de Cristo,
vosotros y vuestros sacerdotes estáis llamados a cooperar para permitir a todo
el pueblo de Dios ejercer el sacerdocio real conferido por el bautismo.
Precisamente porque los miembros de su presbiterio son sus más íntimos
colaboradores en el ministerio ordenado, cada obispo debe procurar continuamente
relacionarse con ellos "como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge,
corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar
humano, espiritual, ministerial y económico" (Pastores gregis, 47). Del
mismo modo que el apóstol san Pablo recomendaba a Timoteo a la comunidad
cristiana de Tesalónica, también los obispos deben poder presentar a cada uno de
sus sacerdotes a las diversas comunidades parroquiales, diciendo: "Es nuestro
hermano y colaborador de Dios en el Evangelio de Cristo, para afianzaros y daros
ánimos en vuestra fe" (1 Ts 3, 2). Como padre espiritual y hermano de sus
sacerdotes, el obispo debe hacer todo lo posible por estimularlos en la
fidelidad a su vocación y a las exigencias de llevar una vida digna de la
vocación que han recibido (cf. Ef 4, 1).
Quiero expresar aquí mi reconocimiento y aprecio por la entrega y la labor fiel
que realizan tantos sacerdotes comprometidos en Estados Unidos, especialmente
quienes están dedicados a afrontar los desafíos diarios y las exigencias del
ministerio parroquial. Os invito a vosotros, sus obispos, a uniros a mí para
agradecerles y reconocer con gratitud su incansable compromiso como "pastores,
evangelizadores y animadores de la comunión eclesial" (Ecclesia in America,
39).
4. Fortalecer una espiritualidad de comunión y de misión exigirá un esfuerzo
constante para renovar los vínculos de unidad fraterna en el seno del
presbiterio. Para esto hace falta vivir de modo consciente y con un
compromiso renovado cada día lo que compartimos como la base misma de nuestra
identidad sacerdotal: la búsqueda de la santidad, la práctica de una intensa
oración de intercesión, una espiritualidad ministerial alimentada por la palabra
de Dios y la celebración de los sacramentos, el ejercicio diario de la caridad
pastoral y la vida de castidad en el celibato como expresión de un compromiso
radical de seguir a Cristo. Estos valores espirituales, que unen a los
sacerdotes, deben constituir la base para una renovación del ministerio
sacerdotal y la promoción de la unidad en el apostolado, a fin de que, bajo la
guía de sus sacerdotes, la comunidad de discípulos tenga verdaderamente "un solo
corazón y una sola alma" (Hch 4, 32).
Una espiritualidad de comunión naturalmente dará fruto en el desarrollo de
una espiritualidad diocesana arraigada en los dones y en los carismas
particulares otorgados por el Espíritu Santo para la edificación de cada Iglesia
local. Todo sacerdote debe encontrar "precisamente en su pertenencia y
dedicación a la Iglesia particular una fuente de significados, de criterios de
discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral como su vida
espiritual" (Pastores dabo vobis, 31). Al mismo tiempo, un auténtico
"espíritu diocesano" inspirará y motivará también a toda la comunidad cristiana
a un mayor sentido de responsabilidad con vistas al cumplimiento fecundo de la
misión de la Iglesia a través de su rica red de comunidades, instituciones y
apostolados (cf.
Apostolicam actuositatem, 10).
5. En los seminarios mayores y menores se siembran las semillas de una
espiritualidad de comunión y de misión, y de un sacerdocio sólido. Os animo a
visitar con frecuencia el seminario, para conocer personalmente a aquellos que
un día pueden ser sacerdotes en vuestras Iglesias locales. Estos contactos
directos ayudarán también a "que en los seminarios se forme una personalidad
madura y equilibrada, capaz de establecer relaciones humanas y pastorales
sólidas, teológicamente competente, con honda vida espiritual y amante de la
Iglesia" (Pastores gregis, 48). Los desafíos de la vida eclesial exigen
cada vez más que el sacerdote sea, en todos los sentidos, "hombre de comunión" (Pastores dabo vobis, 43), comprometido en una cooperación efectiva con los demás al
servicio de la comunidad eclesial.
La adecuada educación en la castidad y en el celibato sigue siendo un componente
esencial de la formación en el seminario, junto con la presentación de una
sólida y correcta comprensión teológica de la Iglesia y del sacerdocio,
incluyendo una clara y precisa identificación de las posiciones incompatibles
con la autocomprensión autorizada de la Iglesia expresada por el Concilio y en
los documentos de la renovación posconciliar. Esta es una responsabilidad
personal que os compete a vosotros como pastores preocupados por el futuro de
vuestras Iglesias locales, y no puede delegarse. Dado que la formación
sacerdotal no termina con la ordenación, vuestro ministerio de santificación
debe incluir también la solicitud por la vida espiritual continua de vuestros
sacerdotes y la eficacia de su ministerio. Esto requiere una formación personal
permanente, orientada a profundizar y armonizar los aspectos humano, espiritual,
intelectual y pastoral de su vida sacerdotal (cf.
Directorio para la vida y
el ministerio de los presbíteros, n. 70). De este modo, serán cada vez más
plenamente "hombres de Iglesia", impregnados de un espíritu verdaderamente
católico y de auténtico celo misionero.
Estoy convencido personalmente de que la oración es la fuerza principal que
inspira y forma las vocaciones sacerdotales. Como escribí en mi exhortación
apostólica postsinodal
Pastores gregis, "las vocaciones necesitan una
amplia red de intercesores ante el "Dueño de la mies". Cuanto más se afronte el
problema de la vocación en el contexto de la oración, tanto más la oración
ayudará al elegido a escuchar la voz de aquel que lo llama" (n. 48).
6. Queridos hermanos, hoy nuestras reflexiones han ilustrado el nexo entre el
munus sanctificandi y la espiritualidad de comunión y de misión. Quiera Dios
que en el ejercicio diario de vuestro ministerio episcopal seáis constructores
de comunión en el diálogo personal y en el encuentro personal con vuestros
sacerdotes, con los diáconos, con los religiosos y las religiosas, y con los
fieles laicos de vuestras Iglesias locales. Este es el camino seguro que les
permitirá crecer en la santidad, que es "el secreto manantial y la medida
infalible de la laboriosidad apostólica y del ímpetu misionero" de la Iglesia (Christifideles
laici, 17).
Con gratitud por el extraordinario don y misterio que nos ha sido confiado en el
sagrado ministerio, expreso mi firme solidaridad con vosotros y con vuestros
hermanos en el sacerdocio. A vosotros y a todos los fieles laicos encomendados a
vuestra solicitud pastoral imparto cordialmente mi bendición apostólica como
prenda de alegría y paz en el Salvador resucitado.
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