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Queridos hermanos en el episcopado:
1. Con afecto en Cristo Jesús os doy la bienvenida a vosotros, mis hermanos en
el episcopado de las provincias eclesiásticas de Dubuque, Kansas City en
Kansas, Omaha y San Luis, con ocasión de vuestra visita ad limina
Apostolorum. Hoy, continuando mis reflexiones sobre el ejercicio del
gobierno episcopal, deseo considerar con vosotros la relación que os une a
vuestros colaboradores más directos en el apostolado, vuestros hermanos
sacerdotes.
Varias veces, durante estas conversaciones, os he pedido a vosotros y a vuestros
hermanos en el episcopado que transmitierais a los sacerdotes de Estados Unidos
mi gratitud personal y mi aprecio por su servicio fiel al Evangelio. En estos
días, mientras os arrodilláis ante la tumba de san Pedro, aquí, en el corazón
mismo de la Iglesia, os pido no sólo que los encomendéis a ellos y su ministerio
al Señor, sino también que renovéis vuestro compromiso de colaborar con ellos,
"manteniéndoos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir" (cf. Flp
2, 2).
2. Hinc unitas sacerdotii exoritur. Estas palabras, grabadas en el altar
mayor de la basílica de San Pedro, recuerdan solemnemente que la fraternidad que
os une a vosotros y a vuestros sacerdotes deriva fundamentalmente de la gracia
de las órdenes sagradas y de la única misión confiada por el Señor resucitado a
los Apóstoles y a sus sucesores en la Iglesia (cf.
Presbyterorum ordinis, 7).
El concilio Vaticano II recurrió a esta visión de la unidad del sacerdocio
de modo especial al enseñar que los sacerdotes forman un único presbiterio con
su obispo, ejerciendo con él, y bajo su autoridad, el oficio de Cristo, pastor y
cabeza de su Iglesia (cf.
Lumen gentium, 28). El fortalecimiento diario
de esta comunión espiritual y jerárquica dentro del presbiterio diocesano es
tarea primaria y esencial de todo obispo.
De hecho, el Concilio exhortó a los obispos a cuidar en especial del bienestar
de sus sacerdotes, tratándolos como a hijos y amigos, y cultivando
constantemente la caridad sobrenatural que lleva a una unión de voluntades al
servicio del pueblo de Dios (cf.
Christus Dominus, 16 y 28). Estoy
convencido de que el medio más eficaz para promover esta unión es un
compromiso común en favor de la vida y la misión de la Iglesia particular,
renovado constantemente. Asimismo, con un amor total y abnegado a la
comunidad cristiana local, los obispos y los sacerdotes descubrirán "una fuente
de significados, de criterios de discernimiento y de acción, que configuran
tanto su misión pastoral como su vida espiritual" (cf.
Pastores dabo vobis,
31). El obispo, demostrando claramente que ama con un corazón indiviso a la
Iglesia confiada a su cuidado, será el primero en promover entre sus hermanos
sacerdotes el crecimiento de la "comunión de vida, de trabajo y de amor" (Lumen gentium, 28), fundada en el "único amor", que es el corazón y el alma del
apostolado.
3. El obispo, además de fomentar la confianza mutua, el diálogo, un espíritu de
unidad y un espíritu misionero común en la relación con sus sacerdotes, también
debe cultivar en el presbiterio un sentido de corresponsabilidad en el
gobierno de la Iglesia local. El Concilio destaca oportunamente que los
párrocos participan en el munus regendi (cf.
Christus Dominus,
30), mientras que el obispo está llamado a gobernar su diócesis "con la
colaboración del presbiterio" (ib., 11; cf.
Código de derecho canónico,
c. 369). El ejercicio concreto de esta corresponsabilidad exige sobre todo que
el obispo tenga una visión eclesiológica sólida, solicitud por las legítimas
exigencias de la subsidiariedad dentro de la Iglesia, y respeto por las
funciones propias de los diversos miembros del presbiterio diocesano.
Dada la importancia histórica que tiene la parroquia en la Iglesia en Estados
Unidos, un objetivo fundamental de vuestro gobierno debería ser estimular y
coordinar la actividad pastoral realizada en la gran red de parroquias e
instituciones relacionadas con ellas que constituyen la Iglesia local. De hecho,
la parroquia es "una comunidad eminente entre todas las demás presentes en la
diócesis" y "el obispo es el primer responsable de esta comunidad y, por tanto,
debe cuidar sobre todo de ella" (Pastores gregis, 45). La parroquia es, y
debería ser, el lugar privilegiado donde los fieles se encuentran y son
invitados a participar plenamente en la vida y en la misión de la Iglesia. La
diócesis siempre debería entenderse como una realidad que existe en sus
parroquias y por ellas.
Por esta razón, la renovación de la vida eclesial al servicio de la nueva
evangelización debería empezar precisamente con la revitalización de la
comunidad parroquial, centrada como está en la predicación del Evangelio y
la celebración de la Eucaristía (cf.
Ecclesia in America, 41). El obispo
ha de desempeñar un papel indispensable en esta revitalización, promoviendo
autorizadamente la enseñanza de la Iglesia y proponiendo un plan pastoral
unificado, capaz de inspirar y dirigir el apostolado tanto del clero como de los
laicos. Es necesario ayudar a los párrocos no sólo a "construir una comunidad",
sino también a definir cada vez más plenamente los objetivos a los que su
gobierno debería tender, siempre en comunión con la Iglesia particular y
universal (cf. Código de derecho canónico, cc. 528-529); asimismo, es
necesario exhortar a los fieles laicos a comprender y ejercer su propio munus
regale al servicio del reino de Dios (cf.
Lumen gentium, 31). Es
decir, hace falta impulsar a toda la comunidad cristiana a pasar "de la misa a
la misión" (Dies Domini, 45), en busca de la santidad y al servicio de la
nueva evangelización.
4. Un gobierno responsable debe tener también como preocupación esencial
proveer con vistas al futuro. Nadie puede negar que la disminución del
número de vocaciones sacerdotales representa para la Iglesia en Estados Unidos
un difícil desafío, que no puede ignorarse o aplazarse. La respuesta a este
desafío debe ser la oración insistente, de acuerdo con el mandato del Señor (cf.
Mt 9, 37-38), acompañada por un programa de promoción vocacional que
abarque todos los aspectos de la vida eclesial. Dado que "la responsabilidad
para reunir vocaciones al sacerdocio pertenece a todo el pueblo de Dios y
encuentra su mayor cumplimiento en la oración continua y humilde por las
vocaciones" (Ecclesia in America, 40), desearía proponer a vuestra
consideración que la comunidad católica en vuestro país celebre anualmente
una jornada nacional de oración por las vocaciones sacerdotales.
La preocupación por el futuro exige también prestar atención particular a la
formación en el seminario, que debe infundir en los estudiantes para el
sacerdocio no sólo una visión teológica integral, sino también un compromiso de
santidad y sabiduría espiritual, así como la formación en un liderazgo
prudente y una entrega desinteresada a la grey. A este respecto, desearía
animaros también a no escatimar esfuerzos para asegurar al clero una sólida
formación permanente y, en particular, a considerar como parte esencial de
vuestro gobierno enviar sacerdotes jóvenes a realizar estudios superiores
en ciencias eclesiásticas, especialmente en teología y derecho canónico. Esta
formación, aunque implique sacrificios, debe considerarse una fuente de
enriquecimiento permanente para la vida de la Iglesia local.
5. Queridos hermanos, la visión del Concilio, la herencia espiritual del gran
jubileo y las necesidades pastorales de los fieles de Estados Unidos requieren
hoy un compromiso renovado en favor del centro de la misión de la Iglesia:
anunciar el Evangelio de Jesucristo en su integridad, invitar a la obediencia de
fe, promover la santidad auténtica y trabajar por la extensión del reino de Dios
en todos los aspectos de la vida personal, social y cultural. En vuestro
esfuerzo por llevar a cabo esta gran obra en comunión con vuestros hermanos
sacerdotes, vuestros diáconos, los hombres y mujeres consagrados pertenecientes
a vuestras Iglesias particulares y todos los fieles en la diversidad de sus
dones y vocaciones, os encomiendo a todos a la intercesión amorosa de María,
Madre de la Iglesia, y os imparto de buen grado mi bendición apostólica como
prenda de alegría y paz duraderas en el Señor.