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JUAN XXIII

ÁNGELUS*

Fiesta de Cristo Rey
Domingo 28 de octubre de 1962

 

Queridos hijos:

La voz del Padre quiere difundir suavidad y confianza y su palabra tiene vibraciones más altas y penetrantes cuando los ojos contemplan, como ahora me sucede, la variedad y belleza de una jubilosa corona de hijos.

Hace hoy cuatro años que a la bondad del Señor plugo confiarme la sucesión del Apóstol Pedro y encender más vivo en mi ánimo el amor por toda la familia humana.

Han sido cuatro años de oración y de servicio, de encuentro y de coloquios, de alegría y también de algún sufrimiento; pero cada día ha transcurrido en disposición pronta para hacer la voluntad divina y en la seguridad de que todo coopera a la edificación general.

En la fiesta de hoy, la de Cristo Rey, yo siento algo en el fondo de mi alma que la conduce a la severidad. La palabra del Evangelio no ha cambiado, sino que resuena de un confín al otro del mundo y encuentra el camino de los corazones.

Peligros y dolores, prudencias y perspicacias humanas, todo debe reducirse a un cántico de amor; en una renovada y suplicante invitación dirigida a todos los hombres para que deseen y se esfuercen en instaurar el reino de Cristo:

"Reino de verdad y de vida;
reino de santidad y de gracia;
reino de justicia, de amor y de paz". (Pref. de la fiesta de Cristo Rey.)

En todo el mundo hay un fervor de obras y trabajos para construir y resanar; y para que resplandezca más viva la luz sobrenatural sobre el hombre.

De ello son prueba las reuniones y congresos internacionales de diversa temática y amplitud que ofrecen el espectáculo de un espíritu nuevo que va penetrando en el ánimo de los políticos y economistas, de los científicos y de los literatos.

Queridos hijos: Que por ello sea ejemplar la aplicación de cada uno de vosotros, de todos nosotros, para hacer penetrar y renovar en los individuos, en las familias y en la sociedad el esplendor del rostro de Jesús.

Nuestro Señor Jesucristo, al ofrecerse como víctima inmaculada y pacífica sobre el altar de la Cruz, ha traído al hombre el abrazo del Padre celestial y ha abierto los caminos del verdadero progreso que eleva y santifica las civilizaciones humanas.

Con estos sentimientos de confianza, pidiendo a Dios que disipe de los horizontes de la convivencia internacional las nubes nefastas, se derrama sobre esta reunión dominical del "Angelus" y sobre las personas queridas de cada uno de vosotros, la bendición apostólica: prenda de gracia, aliento en las penas y dificultades de la vida, augurio de gran alegría.

 


* AAS 54 (1962) 859; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 616-618.

 

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