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CARTA APOSTÓLICA
«IL RELIGIOSO CONVEGNO»*
DE SU SANTIDAD
JUAN XXIII
AL EPISCOPADO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
SOBRE EL REZO DEL SANTO ROSARIO

 

Venerables hermanos, queridos hijos, salud y bendición apostólica:

La religiosa reunión del domingo 10 de septiembre en Castelgandolfo, con numerosa y selecta representación de Cardenales, de Prelados, del Cuerpo Diplomático y una multitud de fieles de las más diversas procedencias, estuvo penetrada del sentimiento de una viva preocupación en torno al problema de la paz.

La presencia de nuestra humilde persona, nuestra voz conmovida era punto directivo, luminoso y central de aquel encuentro. Nuestras manos consagradas y bendecidas ofrecieron el sacrificio eucarístico de Jesús Salvador y Redentor: Salvator et Redemptor mundi, y Rey pacífico de los siglos y de los pueblos.

Todas las naciones representadas estaban allí para dar amplia significación de universalidad. Formaban un grupo notable, entre los demás, los alumnos del Colegio Urbano de Propaganda, símbolo de todas las gentes, incluso no cristianos, pero todas ansiosas de la paz.

Conmovidos, y a la vez confiados, anunciamos en aquel misterioso atardecer nuestro propósito de animar sucesivas reuniones de almas a medida que se presentase la ocasión para coincidir en la oración en pro de este fundamental propósito de la preservación de la paz en el mundo entero y para defensa de la civilización.

Con esta intención, y para ofrecer un primer ejemplo, nos dirigimos pocos días después a las Catacumbas de San Calixto, las más próximas a nuestra residencia estival, para implorar desde allí, junto a los sacras reliquias de cuantos nos precedieron, más de catorce Pontífices y con ellos obispos y mártires ilustres en la historia, la cooperación de su intercesión celestial para asegurar a todas las naciones —pues todas pertenecen de alguna manera a Cristo— el gran tesoro de la paz: Ut cuncto populo christiano pacem et unitatem Dominus largiri dignetur (cf. Litaniae Sanctorum).

Y ahora que nos encontramos en el mes de octubre, que por tradición de piedad y de caridad cristiana está consagrado al culto y a la veneración de la Virgen del Rosario, se nos ofrece como nueva y oportunísima la ocasión de una plegaria universal al Señor por la misma gran intención que interesa a individuos, familias, pueblos.

La devoción del Santo Rosario

En el pasado mayo, inspirándonos en el texto del Papa León XIII, de gloriosa memoria, recordamos la enseñanza de la Rerum Novarum, desarrollándola con nuestra encíclica Mater et Magistra, tratando de acomodar, siempre más y más, la doctrina católica a las nuevas exigencias de la convivencia humana y cristiana.

Recordamos ahora cómo aquel gran Pontífice, que fue ya luz y guía de nuestro espíritu en nuestra formación, desde nuestra niñez a la aurora del misterio sacerdotal, al llegar el mes de octubre volvía cada vez a invitar al mundo cristiano al rezo del Santo Rosario, propuesto a todos los hijos de la Iglesia como ejercicio de santa y beneficiosa meditación, como alimento espiritual de elevación y como intercesión de gracias celestiales para toda la Iglesia.

Sus sucesores hicieron honor a la piadosa y conmovedora tradición. Y Nos queremos humildemente seguir a estos grandes pastores veneradísimos del rebaño de Cristo, no sólo en la solicitud cada vez más intensa por los intereses de la justicia y de la fraternidad, en la vida de aquí abajo, mas también en la fervorosa búsqueda de la santificación de las almas, que es nuestra verdadera fuerza y la seguridad de todo buen éxito, como respuesta de lo alto a las voces de la tierra, que se levantan de almas sinceras, sedientas de verdad y caridad.

Ya al comienzo del mes de octubre de 1959 nos dirigimos al mundo católico con la encíclica Grata recordatio, y en el año siguiente dirigimos, con el mismo fin, una carta al Cardenal Vicario de nuestra diócesis de Roma (L'ottobre che ci sta innanzi, AAS LII, 1960, 814-817)

Por esto nos complacemos, venerables hermanos y queridos hijos, que estáis esparcidos por todo el mundo, en recordaros también este año algunas consideraciones sencillas y prácticas, que la devoción del Santo Rosario nos sugiere, como sabroso alimento y robustecimiento de principios vitales, normativos de vuestro pensamiento y de vuestra plegaria. Y todo esto como expresión de piedad cristiana perfecta y feliz y siempre bajo la luz de una universal súplica por la paz de todas las almas y de todas las naciones.

Palabra y contenido

Es verdad que, para algunas almas no acostumbradas a elevarse por encima del homenaje puramente oral, el Rosario puede ser recitado como una monótona sucesión de las tres oraciones: el Padrenuestro, el Ave María y el Gloria, dispuestas en el orden tradicional de quince decenas. Esto, sin duda, ya es algo. Pero —debemos también repetirlo— es tan sólo preparación o resonancia exterior de una plegaria confiada, mas no vibrante elevación del espíritu en coloquio con el Señor, buscado en la sublimidad y ternura de sus misterios de amor misericordioso por la humanidad toda entera.

La verdadera substancia del Rosario bien meditado está constituida por un triple elemento, que da a la expresión vocal unidad y reflexión, descubriendo en vivaz sucesión los episodios que asocian la vida de Jesús y de María, con referencia a las varias condiciones de las almas orantes y a las aspiraciones de la Iglesia universal.

Para cada decena de Avemarías he aquí un cuadro, y para cada cuadro un triple acento, que es al mismo tiempo: contemplación mística, reflexión íntima e intención piadosa.

Contemplación mística

Ante todo, contemplación pura, luminosa, rápida, de cada misterio, es decir, de aquellas verdades de la fe que nos hablan de la misión redentora de Jesús. Contemplando, nos encontramos en una comunicación íntima de pensamiento y de sentimiento con la doctrina y con la vida de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, venido a la tierra para redimir, instruir y santificar: —en el silencio de la vida oculta, hecha de plegaria y de trabajo; —en los dolores de su santa Pasión; —en el triunfo de la resurrección, como en la gloria de los cielos donde está sentado a la diestra del Padre, asistiendo y vivificando siempre con el Espíritu Santo la Iglesia fundada por El, que progresa en su camino a través de los siglos.

Reflexión íntima

El segundo elemento es la reflexión, que desde la plenitud de los misterios de Cristo se difunde con viva luz sobre el espíritu del orante. Cada uno advierte, misterio por misterio, la oportuna y buena enseñanza para sí, en orden a la propia santificación y a las condiciones en que vive; y bajo la continua iluminación del Espíritu Santo, que desde lo profundo del alma en gracia "pide por nosotros con gemidos inenarrables" (Rom 8, 26); cada uno compara su vida con el calor de la enseñanza que brota de esos mismos misterios, y encuentra sus inagotables aplicaciones tanto a las propias necesidades espirituales como a las necesidades de su vivir cotidiano.

Intención piadosa

En último término está la intención, es decir, la indicación de personas, instituciones o necesidades de orden personal y social, que para un católico verdaderamente activo y piadoso entran en el ejercicio de la caridad hacia los hermanos, caridad que se difunde en los corazones como expresión viviente de la común pertenencia al cuerpo místico de Cristo.

Así es como el Rosario se convierte en súplica universal de cada una de las almas particulares y de la inmensa comunidad de los redimidos, que desde todos los puntos de la tierra se encuentran en una misma plegaria: ya sea en la invocación personal, para implorar gracias por necesidades individuales de cada uno, ya sea en la participación en el coro inmenso y unánime de toda la Iglesia por los grandes intereses de la humanidad entera. La Iglesia, como el Redentor Divino la quiere, vive entre las asperezas, las adversidades y las tempestades de un desorden social que frecuentemente se convierte en amenaza pavorosa; pero sus miradas están fijas y las energías de la naturaleza y de la gracia tienden siempre hacia el supremo destino de los fines eternales.

Recitación labial y privada

Esto es el Rosario mariano, observado en sus varios elementos, conjuntamente reunidos en alas de la plegaria vocal y a ella entrelazados como un bordado fino y substancioso, pero lleno de calor y de atractivo espiritual.

Las oraciones vocales adquieren, por lo tanto, también ellas, su pleno sentido: ante todo, la oración dominical que da al Rosario tono, substancia y vida, y, al venir después del anuncio de cada uno de los misterios, señala el paso de una a otra decena; después, la salutación angélica, que lleva en sí ecos de la alegría del cielo y de la tierra en torno a los varios cuadros de la vida de Jesús y de María; y, finalmente, el trisagio, repetido en adoración profunda a la Santísima Trinidad.

¡Qué bello es siempre el Rosario del niño inocente y del enfermo; de la virgen consagrada al retiro del claustro o al apostolado de la caridad, siempre en la humildad y en el sacrificio; del hombre y de la mujer, padre y madre de familia, alimentados por alto sentido de responsabilidad noble y cristiana; de las modestas familias fieles a la antigua tradición doméstica; de las almas recogidas en silencio y abstraídas de la vida del mundo al que han renunciado, aunque debiendo siempre vivir con el mundo, pero como anacoretas, entre las incertidumbres y las tentaciones!

Este es el Rosario de las almas piadosas, que mantienen viva la preocupación de la propia singularidad de vida y de ambiente.

Plegaria social y solemne

Respetando esta antigua, acostumbrada y conmovedora forma de devoción mariana, según las circunstancias personales de cada uno, nos está permitido, además, añadir que las transformaciones modernas sobrevenidas en cada sector de la convivencia humana, los inventos científicos, el mismo perfeccionamiento de la organización laboral, conduciendo al hombre a medir con mayor amplitud de mirada y penetración para comprender la fisonomía del mundo actual, vienen creando nuevas sensibilidades también acerca de las funciones y las formas de la plegaria cristiana. Hoy cada alma que ora ya no se siente sola y ocupada exclusivamente en los propios intereses de orden espiritual y temporal, sino que advierte, más y mejor que en el pasado, que pertenece a todo un cuerpo social, cuya responsabilidad participa, gozando sus ventajas y temiendo sus incertidumbres y peligros. Este, por lo demás, es el carácter de la oración litúrgica del Misal y del Breviario: cada una de sus partes, sellada por el «Oremus», que supone pluralidad y multitud tanto de quien ora cuanto de quien espera ser escuchado y por quien la plegaria se realiza. Es la multitud que ora en unidad de súplica por toda la fraternidad humana, religiosa y civil.

El Rosario de María, pues, viene elevado a la condición de una gran plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero.

Ha habido épocas difíciles, demasiado difíciles en la historia de los pueblos, por la sucesión de acontecimientos que sellaron con lágrimas y sangre los cambios de los Estados más potentes de Europa.

Es bien conocida de quienes siguen, desde el punto de vista histórico, los acontecimientos de las transformaciones políticas, la influencia ejercitada por la piedad mariana como preservación de amenazas desventuradas, como reanudación de prosperidad y de orden social, como testimonio de las espirituales victorias obtenidas.

Monumento histórico de piedad y arte en Venecia

Acordándonos siempre de nuestra querida ciudad de Venecia, que durante seis años nos ofreció tan caras ocasiones de buen ministerio pastoral, Nos place señalar, cual motivo de viva complacencia que conmueve nuestro corazón, la restauración ya terminada de la suntuosa capilla del Rosario, ornato preclarísimo de la basílica de San Juan y San Pablo, de los padres dominicos de allí.

Es un monumento que brilla, con mucho honor, entre los muchos que en Venecia afirman a través de los siglos las victorias de la fe, y corresponde precisamente a aquellos años que siguieron al Concilio Tridentino, sellando —del 1563 al 1565— el característico fervor difundido por toda la cristiandad, en honor del Rosario de María, desde entonces invocada en la letanía bajo el título de Auxilium christianorum.

Ahora y siempre el Rosario como invocación de paz universal

¡Oh Rosario bendito de María; cuánta dulzura al verte sostenido por la mano de los inocentes, de los sacerdotes santos, de las almas puras, de los jóvenes y de los ancianos, de cuantos aprecian el valor y la eficacia de la oración, llevado por innumerables y piadosas multitudes como emblema y como bandera augural de paz en los corazones y de paz para todas las gentes humanas!

Decir paz en sentido humano y cristiano significa la penetración en las almas de aquel sentido de verdad, de justicia, de perfecta fraternidad entre las gentes, que disipa todo peligro de discordia, de confusión, que armoniza la voluntad de todos y de cada uno sobre las huellas de la doctrina evangélica, mediante la contemplación de los misterios de Jesús y de María, convertidos en algo familiar a la devoción universal: mediante el esfuerzo de cada alma, de todas las almas, hacia la práctica perfecta de la ley santa, que, regulando los secretos del corazón, rectifica las acciones de cada uno hacia el cumplimiento de la paz cristiana, delicia del vivir humano, gusto anticipado de los goces imperecederos y eternos.

Un ensayo del Rosario meditado

Queridos hermanos e hijos: Sobre este tema del Rosario de María, entendido como súplica mundial por la paz del Señor y por la felicidad, aun aquí abajo, de las almas y de los pueblos, el corazón nos sugeriría otras piadosas consideraciones persuasivas y conmovedoras. Pero preferimos ofrecer a vuestra atención, como complemento de esta carta apostólica, un pequeño ensayo nuestro de devotos pensamientos, distribuidos para cada decena del Rosario, con referencia al triple acento —misterio, reflexión e intención— que hemos señalado más arriba.

Estas simples y espontáneas notas pueden convenir bien al espíritu de muchos, particularmente inclinados a superar la monotonía de la simple recitación. Formas útiles y oportunas para una personal edificación más viva, para un más encendido fervor de la oración por la salud y la paz de todas las gentes.

Y ahora, el último pensamiento para San José. Su querida figura aparece más veces en los misterios gozosos del Rosario. Pero recordamos que el gran Pontífice León XIII, en el fervor de sus recomendaciones, por tres veces —en 1885, en 1886 y en 1889— lo presentó a la veneración de los fieles del mundo entero enseñando aquella plegaria "A ti, oh bienaventurado San José", que nos es tanto más querida, cuanto que fue aprendida en los fervores de nuestra feliz infancia.

Una vez más la recomendamos, invitando al custodio de Jesús y al Esposo purísimo de María a que con su intercesión de valor a nuestros votos, a nuestras esperanzas.

Deseamos, en fin, de todo corazón, que este mes de octubre sea, como debe, una sucesión continuada y deliciosa, para las almas piadosas, de mística elevación hacia Aquélla que el ejercicio del sacratísimo Rosario, en su terminación, aclama ahora y siempre la «Beata Mater, et intacta Virgo gloriosa, Regina mundi» para universal paz y consuelo.

Castelgandolfo, 29 de septiembre de 1961, fiesta de San Miguel Arcángel.

IOANNES PP. XXIII

 


* AAS LIII (1961) 642- 647;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 753-761.

 

 

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