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ENCÍCLICA
SACERDOTII NOSTRI PRIMORDIA*
DE SU SANTIDAD
JUAN XXIII
EN EL I CENTENARIO DEL TRÁNSITO
DEL SANTO CURA DE ARS

 

INTRODUCCIÓN

Las primicias de Nuestro sacerdocio abundantemente acompañadas de purísimas alegrías, van para siempre unidas, en Nuestra memoria, a la profunda emoción que experimentamos el día 8 de enero de 1905, en la Basílica Vaticana, con motivo de la gloriosa beatificación de aquel humilde sacerdote de Francia que se llamó Juan María Bautista Vianney. Elevados Nos también pocos meses antes al sacerdocio, fuimos cautivados por la admirable figura sacerdotal que Nuestro predecesor San Pío X, el antiguo párroco de Salzano, se consideraba tan feliz en proponer como modelo a todos los pastores de almas.

Pasados ya tantos años, no podemos menos de revivir este recuerdo sin agradecer una vez más a Nuestro Divino Redentor, como una insigne gracia, el impulso espiritual así impreso, ya desde su comienzo, a Nuestra vida sacerdotal.

También recordamos cómo en el mismo día de aquella beatificación tuvimos conocimiento de la elevación al episcopado de Monseñor Giacomo María Radini-Tedeschi, aquel gran Obispo que pocos días después Nos había de llamar a su servicio y que para Nos fue maestro y padre carísimo. Acompañándole, al principio del mismo año 1905, Nos dirigimos por vez primera como peregrino a Ars, la modesta aldea que su santo Cura hizo para siempre tan célebre.

Por una nueva disposición de la Providencia, en el mismo año en que recibimos la plenitud del sacerdocio, el papa Pío XI, de gloriosa memoria, el 31 de mayo, de 1925, procedía a la solemne canonización del "pobre cura de Ars". En su homilía se complacía el Pontífice en describir la «grácil figura corpórea de Juan Bautista Vianney, resplandeciente la cabeza con una especie de blanca corona de largos cabellos, su cara menuda y demacrada por los ayunos, de la que de tal modo irradiaban la inocencia y la santidad de un espíritu tan humilde y tan dulce que las muchedumbres, ya desde el primer momento de verle, se sentían arrastradas a saludables pensamientos»[1]. Poco después, el mismo Sumo Pontífice, en el año de su jubileo sacerdotal, completaba el acto ya realizado por San Pío X para con los párrocos de Francia, extendiendo al mundo entero el celestial patrocinio de San Juan María Vianney «a fin de promover el bien espiritual de los párrocos de todo el mundo»[2].

Estos actos de Nuestros Predecesores, ligados a tantos caros recuerdos personales, Nos place, Venerables Hermanos, recordarlos en este Centenario de la muerte del Santo Cura de Ars.

En efecto, el 4 de agosto de 1859 entregó él su alma a Dios, consumado por las fatigas de un excepcional ministerio pastoral de más de cuarenta años, y siendo objeto de unánime veneración. Y Nos bendecimos a la Divina Providencia que ya por dos veces se ha dignado alegrar e iluminar las grandes horas de Nuestra vida sacerdotal con el esplendor de la santidad del Cura de Ars, porque de nuevo Nos ofrece, ya desde los comienzos de Nuestro supremo Pontificado, la ocasión de celebrar la memoria tan gloriosa de este pastor de almas. No os maravilléis, por otra parte, si al escribiros esta Carta Nuestro espíritu y Nuestro corazón se dirigen de modo singular a los sacerdotes, Nuestros queridos hijos, para exhortar a todos insistentemente y, sobre todo, a los que se hallan ocupados en el ministerio pastoral a que mediten los admirables ejemplos de un hermano suyo en el sacerdocio, llegado a ser su celestial Patrono.

Son ciertamente numerosos los documentos pontificios que hace tiempo recuerdan a los sacerdotes las exigencias de su estado y les guían en el ejercicio de su ministerio. Aun no recordando sino los más importantes, de nuevo recomendamos la exhortación Haerent animo de San Pío X [3], que estimuló el fervor de Nuestros primeros años de sacerdocio, la magistral encíclica Ad catholici sacerdotii de Pío XI [4] y, entre tantos Documentos y Alocuciones de Nuestro inmediato predecesor sobre el sacerdote, su exhortación Menti Nostrae [5], así como la admirable trilogía en honor del sacerdocio[6], que la canonización de San Pío X le sugirió. Conocéis bien, Venerables Hermanos, tales textos. Mas permitirnos recordar aquí con ánimo conmovido el último discurso que la muerte le impidió  pronunciar a Pío XII, y que subsiste como el último y solemne llamamiento de este gran Pontífice a la santidad sacerdotal: «El carácter sacramental del Orden sella por parte de Dios un pacto eterno de su amor de predilección, que exige de la criatura preescogida la correspondencia de la santificación... El clérigo será un preescogido de entre el pueblo, un privilegiado de los carismas divinos, un depositario del poder divino, en una palabra, un alter Christus... No se pertenece a sí mismo, como no pertenece a sus parientes, amigos, ni siquiera a una determinada patria: la caridad universal es lo que siempre habrá de respirar. Sus propios pensamientos, voluntad, sentimientos no son suyos, sino de Cristo, que es su vida misma»[7].

Hacia estas cimas de la santidad sacerdotal nos arrastra a todos San Juan María Vianney, y Nos sirve de alegría el invitar a los sacerdotes de hoy; porque si sabemos las dificultades que ellos encuentran en su vida personal y en las cargas del ministerio, si no ignoramos las tentaciones y las fatigas de algunos, Nuestra experiencia Nos dice también la valiente fidelidad de la gran mayoría y las ascensiones espirituales de los mejores. A los unos y a los otros, en el día de la Ordenación, les dirigió el Señor estas palabras tan llenas de ternura: Iam non dicam vos servos, sed amicos [8]. Que esta Nuestra Carta encíclica pueda ayudarles a todos a perseverar y crecer en esta amistad divina, que constituye la alegría y la fuerza de toda vida sacerdotal.

No es Nuestra intención, Venerables Hermanos, afrontar aquí todos los aspectos de la vida sacerdotal contemporánea; más aún, a ejemplo, de San Pío X, «no os diremos nada que no sea sabido, nada nuevo para nadie, sino lo que importa mucho que todos recuerden» [9]. De hecho, al delinear los rasgos de la santidad del Cura de Ars, llegaremos a poner de relieve algunos aspectos de la vida sacerdotal, que en todos tiempos son esenciales, pero que en los días que vivimos adquieren tanta importancia que juzgamos un deber de Nuestro mandato apostólico el insistir en ellos de un modo especial con ocasión de este Centenario.

La Iglesia, que ha glorificado a este sacerdote «admirable por el celo pastoral y por un deseo constante de oración y de penitencia» [10], hoy, un siglo después de su muerte, tiene la alegría de presentarlo a los sacerdotes del mundo entero como modelo de ascesis sacerdotal, modelo de piedad y sobre todo de piedad eucarística, y modelo de celo pastoral.

I. ASCÉTICA SACERDOTAL

Hablar de San Juan María Vianney es recordar la figura de un sacerdote extraordinariamente mortificado que, por amor de Dios y por la conversión de los pecadores, se privaba de alimento y de sueño, se imponía duras disciplinas y que, sobre todo, practicaba la renuncia de sí mismo en grado heroico. Si es verdad que en general no se requiere a los fieles seguir esta vía excepcional, sin embargo, la Providencia divina ha dispuesto que en su Iglesia nunca falten pastores de almas que, movidos por el Espíritu Santo, no dudan en encaminarse por esta senda, pues tales hombres especialmente son los que obran milagros de conversiones. El admirable ejemplo de renuncia del Cura de Ars, «severo consigo y dulce con los demás»[11], recuerda a todos, en forma elocuente e insistente, el puesto primordial de la ascesis en la vida sacerdotal.

Nuestro predecesor Pío XII, queriendo aclarar aún más esta doctrina y disipar ciertos equívocos, quiso precisar cómo era falso el afirmar «que el estado clerical —como tal y en cuanto procede de derecho divino— por su naturaleza o al menos por un postulado de su misma naturaleza, exige que sean observados por sus miembros los consejos evangélicos»[12]. Y el Papa concluía justamente: «Por lo tanto, el elegido no está obligado por derecho divino a los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia»[13]. Mas sería equivocarse enormemente sobre el pensamiento de este Pontífice, tan solícito por la santidad de los sacerdotes, y sobre la enseñanza constante de la Iglesia, creer, por lo tanto, que el sacerdote secular está llamado a la perfección menos que el religioso. La verdad es lo contrario, puesto que para el cumplimiento de las funciones sacerdotales «se requiere una santidad interior mayor aún que la exigida para el estado religioso»[14]. Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana. Por lo demás, con gran consuelo Nuestro, muy numerosos son hoy los sacerdotes generosos que lo han comprendido así, puesto que, aún permaneciendo en las filas del clero secular, acuden a piadosas asociaciones aprobadas por la Iglesia para ser guiados y sostenidos en los caminos de la perfección.

Persuadidos de que «la grandeza del sacerdote consiste en la imitación de Jesucristo»[15], los sacerdotes, por lo tanto, escucharán más que nunca el llamamiento, del Divino Maestro: «Sí alguno quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga»[16]. El Santo Cura de Ars, según se refiere, había meditado con frecuencia esta frase de nuestro Señor y procuraba ponerla en práctica[17]. Dios le hizo la gracia de que permaneciera heroicamente fiel; y su ejemplo nos guía aún por los caminos de la ascesis, en la que brilla con gran esplendor por su pobreza, castidad y obediencia.

Ante todo, observad la pobreza del humilde Cura de Ars, digno émulo de San Francisco de Asís, de quien fue fiel discípulo en la Orden Tercera [18]. Rico para dar a los demás, mas pobre para sí, vivió con total despego de los bienes de este mundo y su corazón verdaderamente libre se abría generosamente a todas las miserias materiales y espirituales que a él llegaban. «Mi secreto —decía él — es sencillísimo: dar todo y no conservar nada» [19]. Su desinterés le hacía muy atento hacia los pobres, sobre todo a los de su parroquia, con los cuales mostraba una extremada delicadeza, tratándolos «con verdadera ternura, con muchas atenciones y, en cierto modo, con respeto»[20]. Recomendaba que nunca se dejara atender a los pobres, pues tal falta sería contra Dios; y cuando un pordiosero llamaba a su puerta, se consideraba feliz en poder decirle, al acogerlo con bondad: «Yo soy pobre como vosotros; hoy soy uno de los vuestros» [21]. Al final de su vida, le gustaba repetir: «Estoy contentísimo; ya no tengo nada y el buen Dios me puede llamar cuando quiera»[22].

Por todo esto podréis comprender, Venerables Hermanos, con qué afecto exhortamos a Nuestros caros hijos en el sacerdocio católico a que mediten este ejemplo de pobreza y caridad. «La experiencia cotidiana demuestra —escribía Pío XI pensando precisamente en el Santo Cura de Ars —, que un sacerdote verdadera y evangélicamente pobre hace milagros de bien en el pueblo cristiano»[23]. Y el mismo Pontífice, considerando la sociedad contemporánea, dirigía también a los sacerdotes este grave aviso: «En medio de un mundo corrompido, en el que todo se vende y todo se compra, deben mantenerse (los sacerdotes) lejos de todo egoísmo, con santo desprecio por las viles codicias de lucro, buscando almas, no dinero; buscando la gloria de Dios, no la propia gloria»[24].

Queden bien esculpidas estas palabras en el corazón de todos los sacerdotes. Si los hay que legítimamente poseen bienes personales, que no se apeguen a ellos. Recuerden, más bien, la obligación enunciada en el Código de Derecho Canónico, a propósito de los beneficios eclesiásticos, de destinar lo sobrante para los pobres y las causas piadosas[25]. Y quiera Dios que ninguno merezca el reproche del Santo Cura a sus ovejas: «¡Cuántos tienen encerrado el dinero, mientras tantos pobres se mueren de hambre!» [26]. Mas Nos consta que hoy muchos sacerdotes viven efectivamente en condiciones de pobreza real. La glorificación de uno de ellos, que voluntariamente vivió tan despojado y que se alegraba con el pensamiento de ser el más pobre de la parroquia [27], les servirá de providencial estímulo para renunciar a sí mismos en la práctica de una pobreza evangélica. Y si Nuestra paternal solicitud les puede servir de algún consuelo, sepan que Nos gozamos vivamente por su desinterés en servicio de Cristo y de la Iglesia.

Verdad es que, al recomendar esta santa pobreza, no entendemos en modo alguno, Venerables Hermanos, aprobar la miseria a la que se ven reducidos, a veces, los ministros del Señor en las ciudades o en las aldeas. En el Comentario sobre la exhortación del Señor al desprendimiento de los bienes de este mundo, San Beda el Venerable nos pone precisamente en guardia contra toda interpretación abusiva: «Mas no se crea —escribe— que esté mandado a los santos el no conservar dinero para su uso propio o para los pobres; pues se lee que el Señor mismo tenía, para formar su Iglesia, una caja... ; sino más bien que no se sirva a Dios por esto, ni se renuncie a la justicia por temor a la pobreza» [28]. Por lo demás el obrero tiene derecho a su salario [29]; y Nos, al hacer Nuestra la solicitud de Nuestro inmediato Predecesor [30], pedimos con insistencia a todos los fieles que respondan con generosidad al llamamiento de los Obispos, con tanta razón preocupados por asegurar a sus colaboradores los convenientes recursos.

San Juan María Vianney, pobre en bienes, fue igualmente mortificado en la carne. «No hay sino una manera de darse a Dios en el ejercicio de la renuncia y del sacrificio —decía— y es darse enteramente»[31]. Y durante toda su vida practicó en grado heroico la ascesis de la castidad.

Su ejemplo en este punto aparece singularmente oportuno, pues en muchas regiones, por desgracia, los sacerdotes están obligados, a vivir, por razón de su oficio, en un mundo en el que reina una atmósfera de excesiva libertad y sensualidad. Y es demasiado verdadera para ellos la expresión de Santo Tomás de Aquino: «Es a veces muy difícil vivir bien en la cura de almas, por razón de los peligros exteriores»[32]. Añádase a ello que muchas veces se hallan moralmente solos, poco comprendidos y poco sostenidos por los fieles a los que se hallan dedicados. A todos, pero singularmente a los más aislados y a los más expuestos, Nos les dirigimos aquí un cálido llamamiento para que su vida íntegra sea un claro testimonio rendido a esta virtud que San Pío X llamaba «ornamento insigne de nuestro Orden»[33]. Y con viva insistencia, Venerables Hermanos, os recomendamos que procuréis a vuestros sacerdotes, en la mejor forma posible, condiciones de vida y de trabajo tales que sostengan su generosidad. Necesario es, por lo tanto, combatir a toda costa los peligros del aislamiento, denunciar las imprudencias, alejar las tentaciones de ocio o los peligros de exagerada actividad. Recuérdese también, a este propósito, las magníficas enseñanzas de Nuestro Predecesor en su encíclica Sacra Virginitas [34].

En su mirada brillaba la castidad, se ha dicho del Cura de Ars [35]. En verdad, quien le estudia queda maravillado no sólo por el heroísmo con que este sacerdote redujo su cuerpo a servidumbre[36], sino también por el acento de convicción con que lograba atraer tras de sí la muchedumbre de sus penitentes. El conocía, a través de una larga práctica del confesionario, las tristes ruinas de los pecados de la carne: «Si no hubiera algunas almas puras —suspiraba— para aplacar a Dios.... veríais cómo éramos castigados». Y hablando por experiencia, añadía a su llamamiento esta advertencia fraternal: «¡La mortificación tiene un bálsamo y sabores de que no se puede prescindir una vez que se les ha conocido! ... ¡En este camino, lo que cuesta es sólo el primer paso!»[37].

Esta ascesis necesaria de la castidad, lejos de encerrar al sacerdote en un estéril egoísmo, lo hace de corazón más abierto y más dispuesto a todas las necesidades de sus hermanos: «Cuando el corazón es puro —decía muy bien el Cura de Ars— no puede menos de amar, porque ha vuelto a encontrar la fuente del amor que es Dios». ¡Gran beneficio para la sociedad el tener en su seno hombres que, libres de las preocupaciones temporales, se consagran por completo al servicio divino y dedican a sus propios hermanos su vida, sus pensamientos y sus energías! ¡Gran gracia para la Iglesia los sacerdotes fieles a esta santa virtud! Con Pío XI, Nos la consideramos como «la gloria más pura del sacerdocio católico y como la mejor respuesta a los deseos del Corazón Sacratísimo de Jesús y sus designios sobre el alma sacerdotal»[38]. En estos designios del amor divino pensaba el Santo Cura de Ars, cuando exclamaba: «El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús» [39].

Del espíritu de obediencia del Santo son innumerables los testimonios, pudiendo afirmarse que para él la exacta fidelidad al promitto de la Ordenación fue la ocasión para una renuncia continuada durante cuarenta años. En efecto; durante toda su vida aspiró a la soledad de un santo retiro y la responsabilidad pastoral le fue carga demasiado pesada, de la que muchas veces intentó liberarse. Mas su obediencia total al Obispo fue todavía más admirable. Escuchemos, Venerables Hermanos, algunos testigos de su vida: «Desde la edad de quince años —dice uno de ellos— este deseo (de la soledad) estaba en su corazón, para atormentarlo y quitarle las alegrías de que hubiere podido disfrutar en su posesión» [40]; pero «Dios no permitió —afirma otro— que pudiera realizar su designio, pues la divina Providencia quería indudablemente que, al sacrificar su propio gusto a la obediencia, el placer al deber, tuviese en ello Vianney una continua ocasión para vencerse a sí mismo»[41]. Y un tercero concluye que «Vianney continuó siendo Cura de Ars con una obediencia, ciega, hasta su muerte» [42].

Esta sumisión total a la voluntad de sus Superiores era —justo es precisarlo bien— totalmente sobrenatural en sus motivos: era un acto de fe en la palabra de Cristo que dice a sus apóstoles: «Quien a vosotros oye, a mí me oye»[43]; y para permanecer fiel a ello, continuamente se ejercitaba en renunciar a su voluntad, aceptando el duro ministerio del confesionario y todas las demás tareas cotidianas en las que la colaboración entre compañeros hace más fructuoso el apostolado.

Nos place presentar aquí esta rígida obediencia como ejemplo para los sacerdotes, con la confianza de que comprenderán toda su grandeza, logrando, el placer espiritual de ella. Mas si alguna vez estuvieran tentados a dudar de la importancia de esta virtud capital, hoy tan desconocida, sepan que en contra están las claras y precisas afirmaciones de Pío XII, quien aseveró que «la santidad de la vida propia, y la eficacia del apostolado se fundan y se apoyan, como sobre sólido cimiento, en el respeto constante y fiel a la sagrada Jerarquía»[44]. Y bien recordáis, Venerables Hermanos, la energía con que Nuestros últimos Predecesores denunciaron los grandes peligros del espíritu de independencia en el clero, así en lo relativo a la enseñanza doctrinal como en lo tocante a métodos de apostolado y a la disciplina eclesiástica.

Ya no queremos insistir más sobre este punto. Preferimos más bien exhortar a Nuestros hijos sacerdotes a que desarrollen en sí mismos el sentimiento filial de pertenecer a la Iglesia, nuestra Madre. Se decía del Cura de Ars que no vivía sino en la Iglesia y para la Iglesia, como, brizna de paja perdida en ardiente brasero. Sacerdotes de Jesucristo, estamos en el fondo del brasero animado por el fuego del Espíritu Santo; todo lo hemos recibido de la Iglesia; obramos en su nombre y en virtud de los poderes que ella nos ha conferido; gocemos de servirla mediante los vínculos de la unidad y al modo como ella desea ser servida[45].

II. ORACIÓN Y CULTO EUCARÍSTICO

Hombre de penitencia, San Juan María Vianney había comprendido igualmente que «el sacerdote ante todo ha de ser hombre de oración»[46]. Todos conocen las largas noches de adoración que, siendo joven cura de una aldea, entonces poco cristiana, pasaba ante el Santísimo Sacramento.

El tabernáculo de su Iglesia se convirtió muy pronto en el foco de su vida personal y de su apostolado, de tal suerte que no sería posible recordar mejor la parroquia de Ars, en los tiempos del Santo, que con estas palabras de Pío XII sobre la parroquia cristiana: «El centro es la iglesia, y en la iglesia el tabernáculo, y a su lado el confesionario: allí las almas muertas retornan a la vida y las enfermas recobran la salud»[47].

A los sacerdotes de hoy, tan fácilmente atraídos por la eficacia de la acción y tan fácilmente tentados por un peligroso activismo, ¡cuán saludable es este modelo de asidua oración en una vida íntegramente consagrada a las necesidades de las almas! «Lo que nos impide a los sacerdotes —decía— ser santos es la falta de reflexión; no entra uno en sí mismo; no se sabe lo que se hace; necesitamos la reflexión, la oración, la unión con Dios?». Y él mismo —afirma uno de sus contemporáneos— se hallaba en estado de continua oración, sin que de él lo distrajeran ni la pesada fatiga de las confesiones ni las demás obligaciones pastorales. «Conservaba una unión constante con Dios en medio de una vida excesivamente ocupada» [48].

Escuchémoslo aún. Inagotable es cuando habla de las alegrías y de los beneficios de la oración. «El hombre es un pobre que tiene necesidad de pedirlo todo a Dios»[49]. «¡Cuántas almas podríamos convertir con nuestras oraciones!» [50]. Y repetía: «La oración, esa es la felicidad del hombre sobre la tierra»[51]. Felicidad ésta que el mismo gustaba abundantemente, mientras su mirada iluminada por la fe contemplaba los misterios divinos y, con la adoración del Verbo encarnado, elevaba su alma sencilla y pura hacia la Santísima Trinidad, objeto supremo de su amor. Y los peregrinos que llenaban la iglesia de Ars comprendían que el humilde sacerdote les manifestaba algo del secreto de su vida interior en aquella frecuente exclamación, que le era tan familiar: «Ser amado por Dios, estar unido a Dios, vivir en la presencia de Dios, vivir para Dios: ¡cuán hermosa vida, cuán bella muerte!»[52].

Nos quisiéramos, Venerables Hermanos, que todos los sacerdotes de vuestras diócesis se dejaran convencer por el testimonio del Santo Cura de Ars, de la necesidad de ser hombres de oración y de la posibilidad de serlo, por grande que sea el peso, a veces agobiante, de las ocupaciones ministeriales. Mas se necesita una fe viva, como la que animaba a Juan María Vianney y que le llevaba a hacer maravillas: «¡Qué fe! —exclamaba uno de sus compañeros—, con ella bastaría para enriquecer a toda una diócesis»[53].

Esta fidelidad a la oración es, por lo demás, para el sacerdote un deber de piedad personal, donde la sabiduría de la Iglesia ha precisado algunos puntos importantes, como la oración mental cotidiana, la visita al Santísimo Sacramento, el Rosario y el examen de conciencia [54]. Y es también una estricta obligación contraída con la Iglesia, la tocante al rezo cotidiano del Oficio divino [55]. Tal vez por haber descuidado algunas de estas prescripciones, algunos miembros del Clero poco a poco se han visto víctimas de la inestabilidad exterior, del empobrecimiento interior y expuestos un día, sin defensa, a las tentaciones de la vida. Por lo contrario, «trabajando continuamente por el bien de las almas, Vianney no olvidaba la suya. Se santificaba a sí mismo, para mejor poder santificar a los demás»[56].

Con San Pío X «tenemos, pues, que estar persuadidos de que el sacerdote, para poder estar a la altura de su dignidad y de su deber, necesita darse de lleno a la oración... Mucho más que nadie, debe obedecer al precepto de Cristo: Es preciso orar siempre, precepto del que San Pablo se hace eco con tanta insistencia: Perseverar en la oración, velando en ella con acción de gracias. Orad sin cesar»[57]. Y de buen grado, como para concluir este punto, hacemos Nuestra la consigna que Nuestro inmediato Predecesor Pío XII, ya en el alba de su Pontificado, daba a los sacerdotes: «¡Orad, orad más y más, orad con mayor insistencia»[58].

La oración del Cura de Ars que pasó, digámoslo así, los últimos treinta años de su vida en su iglesia, donde le retenían sus innumerables, penitentes, era, sobre todo, una oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del altar, era verdaderamente extraordinaria: «Allí está —decía— Aquel que tanto nos ama; ¿por qué no habremos de amarle nosotros?» [59]. Y ciertamente que él le amaba y se sentía irresistiblemente atraído hacia el Sagrario: «No es necesario hablar mucho para orar bien —así explicaba a sus parroquianos—. Sabemos que el buen Dios está allí, en el santo Tabernáculo: abrámosle el corazón, alegrémonos de su presencia. Esta es la mejor oración»[60]. En todo momento inculcaba él a los fieles el respeto y el amor a la divina presencia eucarística, invitándoles a acercarse con frecuencia a la santa mesa, y él mismo les daba ejemplo de esta tan profunda piedad: «Para convencerse de ello —refieren los testigos— bastaba verle celebrar la santa Misa, y verle cómo se arrodillaba cuando pasaba ante el Tabernáculo»[61].

«El admirable ejemplo del Santo Cura de Ars conserva también hoy todo su valor», afirma Pío XII [62]. En la vida de un sacerdote, nada puede sustituir a la oración silenciosa y prolongada ante el altar. La adoración de Jesús, nuestro Dios; la acción de gracias, la reparación por nuestras culpas y por las de los hombres, la súplica por tantas intenciones que le están encomendadas, elevan sucesivamente al sacerdote a un mayor amor hacia el Divino Maestro, al que se ha entregado, y hacia los hombres que esperan su ministerio sacerdotal. Con la práctica de este culto, iluminado y ferviente, a la Eucaristía, el sacerdote aumenta su vida espiritual, y así se reparan las energías misioneras de los apóstoles más valerosos.

Es preciso añadir el provecho que de ahí resulta para los fieles, testigos de esta piedad de sus sacerdotes y atraídos por su ejemplo. «Si queréis que los fieles oren con devoción —decía Pío XII al clero de Roma— dadles personalmente el primer ejemplo, en la iglesia, orando ante ellos. Un sacerdote arrodillado ante el tabernáculo, en actitud digna, en un profundo recogimiento, es para el pueblo ejemplo de edificación, una advertencia, una invitación para que el pueblo le imite»[63]. La oración fue, por excelencia, el arma apostólica del joven Cura de Ars. No dudemos de su eficacia en todo momento.

Mas no podemos olvidar que la oración eucarística, en el pleno significado de la palabra, es el Santo Sacrificio de la Misa. Conviene insistir, Venerables Hermanos, especialmente sobre este punto, porque toca a uno de los aspectos esenciales de la vida sacerdotal.

Y no es que tengamos intención de repetir aquí la exposición de la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el sacerdocio y el sacrificio eucarístico; Nuestros Predecesores, de f.m., Pío XI y Pío XII en magistrales documentos, han recordado con tanta claridad esta enseñanza que no Nos resta sino exhortaros a que los hagáis conocer ampliamente a los sacerdotes y fieles que os están confiados. Así es como se disiparán las incertidumbres y audacias de pensamiento que aquí y allá, se han manifestado a este propósito.

Mas conviene mostrar en esta Encíclica el sentido profundo con que, el Santo Cura de Ars, heroicamente fiel a los deberes de su ministerio, mereció en verdad ser propuesto a los pastores de almas como ejemplo suyo, y ser proclamado su celestial Patrono. Porque si es cierto que el sacerdote ha recibido el carácter del Orden para servir al altar y si ha comenzado el ejercicio de su sacerdocio con el sacrificio eucarístico, éste no cesará, en todo el decurso de su vida, de ser la fuente de su actividad apostólica y de su personal santificación. Y tal fue precisamente el caso de San Juan María Vianney.

De hecho, ¿cuál es el apostolado del sacerdote, considerado en su acción esencial, sino el de realizar, doquier que vive la Iglesia, la reunión, en torno al altar, de un pueblo unido por la fe, regenerado y purificado? Precisamente entonces es cuando el sacerdote en virtud de los poderes que sólo él ha recibido, ofrece el divino sacrificio en el que Jesús mismo renueva la única inmolación realizada sobre el Calvario para la redención del mundo y para la glorificación de su Padre. Allí es donde reunidos ofrecen al Padre celestial la Víctima divina por medio del sacerdote y aprenden a inmolarse ellos mismos como «hostias vivas, santas, gratas a Dios» [64]. Allí es donde el pueblo de Dios, iluminado por la predicación de la fe, alimentado por el cuerpo de Cristo, encuentra su vida, su crecimiento y, sí es necesario, refuerza su unidad. Allí es, en una palabra, donde por generaciones y generaciones, en todas las tierras del mundo, se construye en la caridad el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

A este propósito, puesto que el Santo Cura de Ars cada día estuvo más exclusivamente entregado a la enseñanza de la fe y a la purificación de las conciencias, y porque todos los actos de su ministerio convergían hacia el altar, su vida debe ser proclamada como eminentemente sacerdotal y pastoral. Verdad les que en Ars los pecadores afluían espontáneamente a la iglesia, atraídos por la fama espiritual del pastor, mientras otros sacerdotes han de emplear esfuerzos muy largos y laboriosos para reunir a su grey; verdad es también que otros tienen un cometido más misionero, y se encuentran apenas en el primer anuncio de la buena nueva del Salvador; mas estos trabajos apostólicos y, a veces, tan difíciles no pueden hacer olvidar a los apóstoles el fin al que deben tender y al que llegaba el Cura de Ars cuando en su humilde iglesia rural se consagraba a las tareas esenciales de la acción pastoral.

Más aún. Toda la santificación personal del sacerdote ha de modelarse sobre el sacrificio que celebra, según la invitación del Pontifical Romano: «Conoced lo que hacéis; imitad lo que tratáis». Mas cedamos aquí la palabra a Nuestro, inolvidable Predecesor en su exhortación Menti Nostrae: «Como toda la vida del Salvador estuvo orientada al sacrificio de sí mismo, así también la vida del sacerdote —que debe reproducir en sí mismo la imagen de Cristo—, debe ser con El, por El y en El un sacrificio aceptable... Por lo tanto, no se contentará con celebrar la Santa Misa, sino que la vivirá íntimamente; sólo de esta manera podrá alcanzar la fuerza sobrenatural que le transformará y le hará participar en cierto modo de la vida de expiación del mismo Divino Redentor»[65]. Y el mismo Pontífice concluía así: «El sacerdote debe tratar de reproducir en su alma todo lo que ocurre sobre el altar. Así como Jesucristo se inmola a sí mismo, su ministro debe inmolarse con El; así como Jesús expía los pecados de los hombres, también él, siguiendo el arduo camino de la ascética cristiana, debe trabajar por la propia y por la ajena purificación»[66].

La Iglesia tiene presente esta elevada doctrina cuando invita a sus ministros a una vida de ascesis y les recomienda que celebren con profunda piedad el sacrificio eucarístico. Y ¿no es tal vez por no haber comprendido bastante bien el estrecho nexo, y casi reciprocidad que une el don cotidiano de sí mismo con la obligación de la Misa por lo que algunos sacerdotes poco a poco han llegado a perder la prima caritas de la Ordenación? Tal era la experiencia del Cura de Ar. «La causa —decía— de la tibieza en el sacerdocio es que no se pone atención a la Misa». Y el Santo, que, tenía esta «costumbre de ofrecerse en sacrificio por los pecadores»[67], derramaba abundantes lágrimas «pensando en la desgracia de los sacerdotes que no corresponden a la santidad de su vocación»[68].

Con afecto paternal, Nos pedimos a Nuestros amados sacerdotes que periódicamente se examinen sobre la forma en que celebran los santos misterios, y sobre las espirituales disposiciones con que ascienden al altar y sobre los frutos que se esfuerzan por obtener de él. El Centenario de este admirable sacerdote, que del «consuelo y fortuna de celebrar la santa Misa»[69] lograba ánimos para su propio sacrificio, les invita a ello; Nos abrigamos la firme esperanza de que su intercesión les obtendrá abundantes gracias de luz y de fuerza.

III. CELO PASTORAL

La vida fervorosa de ascesis y oración, de que os hemos hablado, Venerables Hermanos, manifiesta además el secreto del celo pastoral de San Juan María Vianney y la sorprendente eficacia sobrenatural de su ministerio. «Recuerde, además, el sacerdote —escribía Nuestro Predecesor, de f.m., Pío XII— que su ministerio será tanto más fecundo cuanto más estrechamente esté él unido a Cristo y se guíe en la acción por el espíritu de Cristo»[70]. La vida del Cura de Ars confirma una vez más esta gran ley de todo apostolado, fundado en la palabra misma de Jesucristo: «Sin mí nada podéis hacer»[71].

Es evidente que no se trata aquí de recordar toda la admirable historia de este humilde cura de pueblo, cuyo confesionario durante treinta años se vio asediado por multitudes tan numerosas que algunos espíritus fuertes de la época osaron acusarle de perturbar el siglo XIX [72], tampoco creemos oportuno tratar aquí de sus métodos de apostolado, no siempre aplicables al apostolado contemporáneo. Nos basta recordar sobre este punto que el Santo Cura fue en su tiempo un modelo de celo pastoral en aquella aldea de Francia, donde la fe y las costumbres se resentían todavía de los trastornos de la Revolución. «No, hay mucho amor de Dios en esa parroquia; ya lo introducirá usted»[73], le dijeron al enviarle a ella. Apóstol infatigable, lleno de iniciativas para ganar la juventud y santificar los hogares, atento a las humanas necesidades de sus ovejas, cercano a su vida, solícito en prodigarse sin medida por la fundación de escuelas cristianas y en favor de las misiones parroquiales, él fue, en verdad, para su pequeña grey, el buen pastor que conoce a sus ovejas, que las libera de los peligros y las guía con autoridad y con prudencia. Sin darse cuenta, tejía tal vez su propio elogio, cuando así exclamó en uno de sus sermones: «Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios: ved el mayor tesoro que la bondad de Dios puede conceder a una parroquia»[74].

El ejemplo del Cura de Ars conserva un valor permanente y universal en tres puntos esenciales que Nos place, Venerables Hermanos, proponer ahora a vuestra consideración.

Lo que primeramente llama la atención es el sentido profundo que él tenía de su responsabilidad pastoral. La humildad y el conocimiento sobrenatural que tenía sobre el valor de las almas, le hicieron llevar con temor su oficio de párroco. «Amigo mío —confiaba en cierto día a un compañero—, ¡no sabéis lo que es para un párroco presentarse ante el tribunal de Dios!»[75]. Y bien conocido es su deseo, que tanto tiempo le atormentó, de retirarse a un lugar solitario para llorar allí su pobre vida, y cómo la obediencia y el celo de las almas le hicieron volver cada vez a su puesto.

Pero si en algunos momentos estuvo tan agobiado por la carga que le resultaba excepcionalmente pesada, fue, en verdad, a causa de la idea heroica que tenía de su deber y de su responsabilidad de pastor. «Dios mío —oraba en sus, primeros años—, concededme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir lo que queráis durante todo el tiempo de mi vida» [76]. Obtuvo del cielo aquella conversión. Pero más tarde declaraba: «Si, cuando vine a Ars, hubiese previsto los sufrimientos que me esperaban, en el acto me hubiese muerto de aprensión» [77]. A ejemplo de los apóstoles de todos los tiempos, veía en la cruz el gran medio sobrenatural para cooperar a la salvación de las almas que le estaban confiadas. Sin lamentarse, por ellas sufría las calumnias, las incomprensiones, las contradicciones; por ellas aceptó el verdadero martirio físico y moral de una presencia casi ininterrumpida en el confesionario, día por día, durante treinta años; por ellas luchó como atleta del Señor contra los poderes infernales; por ellas, mortificó su cuerpo. Y bien conocida es la respuesta que dio a un compañero, cuando éste se quejaba de la poca eficacia de su ministerio: «Habéis orado, habéis llorado, gemido y suspirado. Pero ¿habéis ayunado, habéis velado, habéis dormido en el suelo, os habéis disciplinado? Mientras a ello no neguéis, no creáis haberlo hecho todo» [78].

Nos dirigimos a todos los sacerdotes con cura de almas y les conjuramos a que escuchen estas palabras tan vehementes. Cada uno, según la sobrenatural prudencia que debe siempre regular nuestras acciones, examine su propia conducta con relación al pueblo confiado a su pastoral solicitud. Sin dudar nunca de la divina misericordia que viene en ayuda de nuestra debilidad, considere a la luz de los ejemplos de San Juan María Vianney su propia responsabilidad. «La gran desgracia para nosotros los párrocos —deploraba el Santo— es que el alma se atrofia», y él entendía por esto un peligroso habituarse del pastor al estado de pecado en que viven muchas de sus ovejas. Y aún más, para mejor seguir en la escuela del Cura de Ars, que «estaba convencido de que para hacer bien a los hombres es necesario amarles» [79], que cada uno se pregunte a sí mismo, sobre la caridad de que está animado hacia aquellos por los que ha de responder ante Dios y por los que Cristo murió.

Bien es cierto que la libertad de los hombres o determinados acontecimientos independientes de su voluntad pueden a veces oponerse a los esfuerzos de los mayores santos. Pero el sacerdote tiene el deber de recordar que, según los designios insondables de la Divina Providencia, la suerte de muchas almas está ligada a su celo pastoral y al ejemplo de su vida. Y este pensamiento ¿no bastará para provocar una saludable inquietud en los tibios y para estimular a los más fervorosos?

«Siempre dispuesto a responder a las necesidades de las almas»[80], San Juan María Vianney brilló como buen pastor en procurarles con abundancia el alimento primordial de la verdad religiosa. Durante toda su vida fue predicador y catequista.

Bien conocido es el trabajo ímprobo y perseverante que se impuso para satisfacer plenamente a este deber de oficio, primum et maximum officium, según el Concilio de Trento. Sus estudios, hechos tardíamente, fueron laboriosos; y sus sermones le costaron al principio muchas vigilias. Pero ¡qué ejemplo para los ministros de la palabra de Dios! Algunos se apoyarían de buen grado en la poca instrucción de San Juan María, para disculparse a sí mismos de la falta de interés por los estudios. Mejor sería que imitasen el esfuerzo del Santo Cura, para hacerse digno de un tan gran ministerio, según la medida de los dones que le habían sido conferidos; por otra parte, éstos no eran tan escasos como a veces se anda diciendo, porque «él tenía una inteligencia muy serena y clara»[81]. En todo caso, cada sacerdote tiene el deber de adquirir y cultivar los conocimientos generales y la ciencia teológica proporcionada a su capacidad y a sus funciones. ¡Quiera Dios que los pastores de almas hagan siempre cuanto el Cura de Ars hizo para desarrollar las posibilidades de su inteligencia y memoria. y sobre todo para sacar luces del libro más rico de ciencia que pueda leerse, la cruz de Cristo! Su Obispo decía de él a algunos de sus detractores: «No sé si es docto, pero es claro» [82].

Con mucha razón, pues, Nuestro Predecesor, de f. m., Pío XII, no dudaba en señalar a este humilde cura de pueblo como modelo para los predicadores de la Ciudad Eterna. «El Santo Cura de Ars no tenía ciertamente el genio natural de un Segneri o de un Bossuet, pero la convicción viva, clara, profunda de que estaba animado, vibraba, brillaba en sus ojos, sugería a su fantasía y a su sensibilidad ideas, imágenes, comparaciones justas, apropiadas, deliciosas, que habrían cautivado a un San Francisco de Sales. Tales predicadores conquistan verdaderamente a su auditorio. Quien está lleno de Cristo, no encontrará difícil ganar a los demás para Cristo»[83]. Estas palabras describen maravillosamente al Cura de Ars como catequista y predicador. Y cuando, al final ya de su vida, su voz debilitada no podía llegar a todo el auditorio, todavía su mirada de fuego, sus lágrimas, sus exclamaciones de amor a Dios, y sus expresiones de dolor ante el solo pensamiento del pecado, convertían a los fieles aglomerados a los pies del púlpito. ¿Cómo no quedar cautivados por el testimonio de una vida tan totalmente consagrada al amor de Cristo?

Hasta su santa muerte, San Juan María Vianney fue de ese modo fiel en instruir a su pueblo y a los peregrinos que llenaban su iglesia, denunciando «opportune, importune»[84] el mal bajo todas sus formas y, sobre todo, elevando las almas hacia Dios, porque «prefería mostrar el aspecto atrayente de la virtud más bien que la fealdad del vicio»[85]. Este humilde sacerdote había en realidad comprendido en grado no común la dignidad y la grandeza del ministerio de la palabra de Dios: «Nuestro Señor que es la misma Verdad —decía— no tiene menor cuidado de su palabra que de su Cuerpo».

Bien se comprende, pues, la alegría de Nuestros Predecesores al ofrecer este pastor de almas como modelo a los sacerdotes, porque es de suma importancia que el clero sea, siempre y doquier, fiel a su deber de enseñar. «Importa mucho —decía a propósito San Pío X— asentar bien e insistir en este punto esencial: que para todo sacerdote éste es el deber más grave, más estricto, que le obliga»[86].

Este vibrante llamamiento, constantemente renovado por Nuestros Predecesores, y del que se hace eco el Derecho Canónico [87], también Nos, a Nuestra vez, os lo dirigimos, Venerables Hermanos, en este Centenario del santo catequista y predicador de Ars. Estimulamos los intentos, hechos con prudencia y bajo vuestra vigilancia, en diversos países para mejorar las condiciones de la enseñanza religiosa, así para jóvenes como para adultos, en sus diferentes formas y teniendo cuenta de los diversos ambientes. Mas, por muy útiles que sean tales trabajos, Dios nos recuerda en este Centenario del Cura de Ars el irresistible poder apostólico de un sacerdote que, tanto con su vida como con sus palabras, da testimonio de Cristo crucificado «non in persuasibilibus humanae sapientiae verbis, sed in ostensione spiritus et virtutis»[88].

Nos queda, finalmente, evocar, en la vida de San Juan María Vianney, aquella forma de ministerio pastoral, que le fue como un largo martirio, y es su gloria: la administración del sacramento de la Penitencia donde brilló con particular esplendor y produjo frutos muy copiosos y saludables. «Ordinariamente pasaba él unas quince horas en el confesionario. Este trabajo cotidiano comenzaba a la una o dos de la mañana y no terminaba si no de noche» [89]. Y cuando cayó, agotado ya, cinco días antes de su muerte, los últimos penitentes se apiñaban junto a la cabecera del moribundo. Se calcula que hacia el final de su vida el número anual de los peregrinos alcanzaba la cifra de ochenta mil.[90]

Con dificultad se imaginan las molestias, las incomodidades, los sufrimientos físicos de estas interminables "sentadas" en el confesionario para un hombre ya agotado, por los ayunos, mortificaciones, enfermedades, falta de reposo y de sueño. Pero, sobre todo, él estuvo moralmente como oprimido por el dolor. Escuchad este lamento suyo: «Se ofende tanto al buen Dios, que vendría la tentación de invocar el fin del mundo. Necesario es venir a Ars, para saber lo que es el pecado... No se sabe qué hacer, nada se puede hacer sino llorar y rezar». Se olvidaba el Santo de añadir que también él tomaba sobre sí mismo una parte de la expiación: «Cuanto a mí —confiaba a uno que lo pedía consejo— les señalo una pequeña penitencia, y el resto lo cumplo yo en su lugar»[91].

Y en verdad que el Cura de Ars no vivía sino para los pobres pecadores, como él decía, con la esperanza de verlos convertirse y llorar. Su conversión era el fin al que convergían todos sus pensamientos y la obra en la que consumía todo su tiempo y todas sus fuerzas [92]. Y todo esto porque bien conocía él por la práctica del confesionario toda la malicia del pecado y sus ruinas espantosas en el mundo de las almas. Hablaba de ello en términos terribles: «Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror»[93]

Mas lo acerbo de su pena y la vehemencia de su palabra provienen menos del temor de las penas eternas que amenazan al pecador impenitente, que de la emoción experimentada por el pensamiento del amor divino desconocido y ofendido. Ante la obstinación del pecador y su ingratitud hacia un Dios tan bueno, las lágrimas manaban de sus ojos. «Oh, amigo mío –decía—, lloro yo precisamente por lo que no lloráis vos»[94]. En cambio, ¡con qué delicadeza y con qué fervor hace renacer la esperanza en los corazones arrepentidos! Para ellos se hace incansablemente ministro de la misericordia divina, la cual, como él decía, es poderosa «como, un torrente desbordado que arrastra los corazones a su paso»[95] y más tierna que la solicitud de una madre, porque Dios está «pronto a perdonar más aún que lo estaría una madre para sacar del fuego a un hijo suyo»[96].

Los pastores de almas se esforzarán, pues, a ejemplo del Cura de Ars, por consagrarse, con competencia y entrega, a este ministerio tan importante, porque fundamentalmente es aquí donde la misericordia divina triunfa sobre la malicia de los hombres y donde el pecador se reconcilia con su Dios.

Téngase también presente que Nuestro predecesor Pío XII ha condenado con fuertes palabras la opinión errónea, según la cual no se habría de tener muy en cuenta la confesión de los pecados veniales: «Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la perfección, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo»[97]. Finalmente, Nos queremos confiar que los ministros del Señor serán ellos mismos los primeros, según las prescripciones del Derecho Canónico [98], en acudir regular y fervientemente al sacramento de la Penitencia, tan necesario para su propia santificación, y que tendrán muy en cuenta las apremiantes insistencias de Pío XII, que muchas veces y entrañablemente creyó deber suyo el dirigirles sobre esto[99].

CONCLUSIÓN

Al terminar esta Carta, Venerables Hermanos, deseamos deciros toda Nuestra muy dulce esperanza de que, con la gracia de Dios, este Centenario de la muerte del Santo Cura de Ars pueda despertar en cada sacerdote el deseo de cumplir más generosamente su ministerio y, sobre todo, su «primer deber de sacerdote, esto es, el deber de alcanzar la propia santificación»[100].

Cuando, desde estas alturas del Supremo Pontificado, donde la Providencia Nos ha querido colocar, consideramos la inmensa expectación de las almas, los graves problemas de la evangelización en tantos países y las necesidades religiosas de las poblaciones cristianas, siempre y doquier se presenta a Nuestra mirada la figura del sacerdote. Sin él, sin su acción cotidiana, ¿qué sería de las iniciativas, aun las más adaptadas a las necesidades de la hora presente? ¿Qué harían aún los más generosos apóstoles del laicado? Y precisamente a estos sacerdotes tan amados y sobre los que se fundan tantas esperanzas para el progreso de la Iglesia, Nos atrevemos a pedirles, en nombre de Cristo Jesús, una íntegra fidelidad a las exigencias espirituales de su vocación sacerdotal.

Avaloren Nuestro llamamiento estas palabras, llenas de sabiduría, de San Pío X: «Para hacer reinar a Jesucristo en el mundo, ninguna cosa es tan necesaria como la santidad del clero, para que con su ejemplo, con la palabra y con la ciencia sea guía de los fieles» [101]. Casi lo mismo decía San Juan María Vianney a su Obispo: «Si queréis convertir vuestra diócesis, habéis de hacer santos a todos vuestros párrocos».

A vosotros, Venerables Hermanos, que tenéis la responsabilidad de la santificación de vuestros sacerdotes, os recomendamos que les ayudéis en las dificultades, a veces muy graves, de su vida personal y de su ministerio. ¿Qué, no puede hacer un Obispo que ama a sus sacerdotes, si se ha conquistado su confianza, si los conoce, si los sigue de cerca y los guía con autoridad siempre firme y siempre paternal? Pastores de todas las diócesis, sedlo sobre todo y de modo particular para quienes tan estrechamente colaboran con vosotros y con quienes os unen vínculos tan sagrados.

A todos los fieles pedimos también en este año centenario, que rueguen por los sacerdotes y que contribuyan, en cuanto puedan, a su santificación. Hoy los cristianos fervientes esperan mucho del sacerdote. Ellos quieren ver en él —en un mundo donde triunfan el poder del dinero, la seducción de los sentidos, el prestigio de la técnica— un testigo del Dios invisible, un hombre de fe, olvidado de sí mismo y lleno de caridad. Sepan tales cristianos que ellos pueden influir mucho en la fidelidad de sus sacerdotes a tal ideal, con el religioso respeto a su carácter sacerdotal, con una más exacta comprensión de su labor pastoral y de sus dificultades y con una más activa colaboración a su apostolado.

Finalmente, dirigimos una mirada llena de afecto y repleta de esperanza a la juventud cristiana. La mies es mucha, mas los operarios son pocos[102]. En muchas regiones los apóstoles, consumidos por las fatigas, con vivísimo deseo esperan a quien les sustituirá. Pueblos enteros sufren un hambre espiritual, mucho más grave aún que la material; ¿quién les llevará el celestial alimento de la verdad y de la vida? Tenemos firme confianza de que la juventud de nuestro siglo no será menos generosa en responder al llamamiento del Maestro que la de los tiempos pasados. No cabe duda de que a veces la situación del sacerdote es difícil. No es de maravillar que sea el primer expuesto en la persecución de los enemigos de la Iglesia, porque, decía el Cura de Ars, cuando se trata de destruir la religión, se comienza atacando al sacerdote. Mas, no obstante estas gravísimas dificultades, nadie dude de la suerte, altamente dichosa que es la herencia del sacerdote fervoroso, llamado por Jesús Salvador a colaborar en la más santa de las empresas: la redención de las almas y el crecimiento del Cuerpo Místico. Las familias cristianas valoren, pues, su responsabilidad, y con alegría y agradecimiento den sus hijos para el servicio de la Iglesia. No pretendemos desarrollar aquí este llamamiento, que también es el vuestro, Venerables Hermanos. Porque estamos bien seguros de que comprenderéis y participaréis en la angustia de Nuestro corazón y en la fuerza de convicción que en Nuestras palabras desearíamos poner. A San Juan María Vianney confiamos esta causa tan grave, de la cual depende lo futuro de tantos millares de almas.

Y ahora dirigimos Nuestra mirada hacia la Virgen Inmaculada. Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos. Ella se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854 [103].

También Nos complacemos en unir Nuestro pensamiento y Nuestra gratitud hacia Dios en estos dos Centenarios, de Lourdes y de Ars, que providencialmente se suceden y que tanto honran a la Nación querida de Nuestro corazón, a la que pertenecen aquellos lugares santísimos. Acordándonos de los muchos beneficios recibidos y con la esperanza de nuevos favores, hacemos Nuestra la invocación mariana que era tan familiar al Santo Cura de Ars:

«Sea bendita la Santísima e Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios! ¡Que las naciones todas glorifiquen, que toda la tierra invoque y bendiga a vuestro Corazón Inmaculado!» [104].

Con la viva esperanza de que este Centenario de la muerte de San Juan María Vianney pueda suscitar en todo el mundo una renovación de fervor entre los sacerdotes y entre los jóvenes llamados al sacerdocio, y consiga también atraer, más viva y operante, la atención de todo fiel hacia los problemas que se refieren a la vida y al ministerio de los sacerdotes, a todos, y en primer lugar a vosotros, Venerables Hermanos, impartimos de corazón, como prenda de las gracias celestiales y testimonio de Nuestra benevolencia, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 1 de agosto de 1959, año primero de Nuestro Pontificado.

IOANNES PP. XXIII

 


* AAS 51 (1959) 745-579.

[1] AAS 17 (1925), 224.

[2] Carta apostólica Anno Iubilari: AAS 21 (1929) 313.

[3] Acta Pio X, IV, pp. 237-264.

[4] AAS 28 (1936), 5-53.

[5] AAS 42 (1950), 357-702.

[6] AAS 46 (1954), 131-317, y 666-667.

[7] Cf. Osservatore Romano 17 oct. 1958.

[8] Pontificale Romanum: cf. Jn. 15, 15.

[9] Exhortación Harent animo; Acta Pii X, 238

[10] Oración de la Misa de la fiesta de S. Juan María Vianney.

[11] Cf. Archivo secreto Vaticano C. SS. Rituum, Processus, t, 227, p. 196.

[12] Alocución Annus sacer: AAS 43 (1950), 29

[13] Ibíd.

[14] Sto. Thomas, Sum. Th. II-II, q. 184, a 8, in. C.

[15] Pío XII: Discurso, 16 de abril 1953: AAS 45 (1953) 288.

[16] Mt 16 24.

[17] Cf. Archivo secreto Vaticano, t, 227, p. 42.

[18] Cf. Ibíd., t. 227, p. 137.

[19] Cf. Ibíd., t. 227, p. 92.

[20] Cf. Ibíd., t. 3897, p. 510.

[21] Cf. Ibid., t. 227, p. 334.

[22] Cf. Ibid., t. 227, p. 305.

[23] Encíclica Divini Redemptoris: AAS 29 (1937), 99.

[24] Encíclica Ad catholici sacerdotii: AAS 28 (1936), 28.

[25] C.I.C., can. 1473.

[26] Cf. Sermons du B. Jean B-M. Vianney, 1909, t. I, 364.

[27] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 91.

[28] In. Lucae evang. Expositio, IV, in c. 12: PL 92, 494-5.

[29] Cf. Lc. 10,7.

[30] Cf. Menti Nostrae: AAS 42 (1950), 697-699.

[31] Cf. Archivo secreto Vaticano, t, 27 91.

[32] Sto. Tomas, Sum Th., l. c.

[33] Cf. Exhortación Haerent animo: Acta Pii X, 4, 260.

[34] AAS 46 (1954), 161-191.

[35] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 3897, p. 536.

[36] Cf. 1 Cor 9, 27.

[37] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 3897, p. 304.

[38] Encíclica Ad catholici sacerdotii: AAS 28 (1936), 28.

[39] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 29.

[40] Cf. Ibid., t. 227,p. 74.

[41] Cf. Ibid., t. 227, p. 39.

[42] Cf. Ibid., t. 3895, p.153.

[43] Lc 10, 16.

[44] Exhortación In auspicando: AAS 40 (1948), 375.

[45] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 136.

[46] Cf. Ibid., 227, p. 33.

[47] Discurso, 11 de enero 1953, en Discorsi e Radiomessaggi di S. S Pio XII, t.14, p. 452.

[48] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 131.

[49] Cf. Ibid., t. 227, p. 1100.

[50] Cf. Ibid., t. 227, p. 54.

[51] Cf. Ibid., t. 227, p. 45

[52] Cf. Ibid., t. 227, p. 29

[53] Cf. Ibid., t. 227, p. 976.

[54] C.I.C., can. 125.

[55] Ibid., can. 135.

[56] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 36.

[57] Exhortación Haerent animo: Acta Pii X , 4, 248-249.

[58] Discurso, 24 de junio 1939. AAS 31 (1939), 249.

[59] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 1103.

[60] Cf. Ibid., t. 227, p. 45.

[61] Cf. Ibid., t. 227, p. 459.

[62] Cf. Mensaje, 25 de junio 1956: AAS 48 (1956), 579

[63] Cf. Discurso, 13 de marzo 1943: AAS 35 (1943), 114-115.

[64] Rom 12, 1.

[65] Menti Nostrae: AAS 42 (1950), 666-667

[66] Ibid., 667-668.

[67] Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 319.

[68] Cf. Ibid., t . 227, p. 47.

[69] Cf. Ibid., pp. 667- 668.

[70] Menti Nostrae. AAS 42 (1950) 676.

[71] Jn 15,5.

[72] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 629.

[73] Cf. Ibid., t. 227, p. 15.

[74] Cf. Sermons, l.c., t 2, 86.

[75] Cf Archivo secreto Vaticano t. 227, p. 1210.

[76] Cf. Ibid., t. 227, p. 53.

[77] Cf. Ibid., t. 227, p. 991.

[78] Cf. Ibid., t. 227, p. 53.

[79] Cf. Ibid., t. 227, p. 1002.

[80] Cf. Ibid., t. 227, p. 580.

[81] Cf. Ibid., t. 3897, p. 444.

[82] Cf. Ibid., t. 3897, p. 272.

[83] Cf. Discurso, 16 de marzo 1946: AAS 38 (1946), 186.

[84] 2 Tim 4, 2.

[85] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 185.

[86] Cf. Encíclica Acerbo nimis; Acta Pii X, 2, 75.

[87] C.I.C. can. 1330-1332.

[88] 1 Cor 2, 4.

[89] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 18.

[90] Cf. Ibidem.

[91] Cf. Ibid., t. 227, p. 1018.

[92] Cf. Ibid., t. 227, p. 18.

[93] Cf. Ibid., t. 227, p. 290.

[94] Cf. Ibid., t. 227, p. 999.

[95] Cf. Ibid., t. 227, p. 978.

[96] Cf. Ibid., t. 3900, p. 1554.

[97] Enciclica Mystici Corporis; AAS 35 (1943), 235.

[98] C.I.C. can 125 §1.

[99] Enciclica Mystici Corporis; AAS 35 (1943), 235; encíclica Mediator Dei; AAS 39 (1947), 585; exhort. apost. Menti Nostrae; AAS 42 (1950), 674.

[100] Exhort. apost. Menti Nostrae; AAS 42 (1950), 677.

[101] Cf. Epist. La ristorazione; Acta Pii X, I, p. 257.

[102] Cf. Mt 9, 37.

[103] Cf. Archivo secreto Vaticano, t. 227, p. 90.

[104] Cf. Archivo secreto Vaticano,  t. 227, p.1021.

 

 

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