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 EXEQUIAS DEL CARDENAL STEPINAC, ARZOBISPO DE ZAGREB

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*

Miércoles 17 de febrero de 1960

 

Señores Cardenales, venerables hermanos y queridos hijos.

Este rito fúnebre inusitado, aquí en la Basílica de San Pedro, por un Cardenal que no es de la Curia, lo han impuesto a nuestro corazón motivos de extraordinario respeto y de religioso afecto por el alma bendita del Cardenal Luis Stepinac, Arzobispo de Zagreb. Era muy querida a nuestra alma esta figura sencilla e insigne de padre y de pastor de la iglesia de Dios; su largo tribulación de quince años de destierro en su misma patria y la dignidad serena y confiada de su continuo sufrimiento le han granjeado la admiración y la veneración universal.

Las circunstancias de su fallecimiento, al llamar la atención de sus hijos espirituales más cercanos a él sobre el gran ejemplo de invicta paciencia que dio a todos durante tantos años de reclusión, estando su residencia a tan corta distancia de la de ellos, Nos han llenada de tristeza y de pesar, que recuerdan los acentos de la liturgia del Sábado Santo junta al sepulcro de Jesús Salvador: Recessit pastor noster, fons aquae vivae, ad cuius transitum sol obscuratus est. En su tránsito hacia las regiones eternas también el sol se ha oscurecido en el horizonte lluvioso y triste de estos días invernales.

Fiel reproducción del buen Pastor divino, fiel y edificante Cardenal Stepinac que dedicó veintiséis años de episcopado a su ilustre Archidiócesis primero con una labor infatigable y celosísima de actividad apostólica, y en los últimos tan largos años de dolorosa reclusión acumuló tal riqueza de méritos que el Padre celestial los ha derramado en gracia y en bendición para todas las familias y todos los fieles de la fervorosa y piadosa Croacia.

En estas últimas semanas el humilde sucesor de San Pedro como Obispo de Roma tuvo un gran consuelo con el Sínodo Diocesano, durante el cual con una santa intimidad el Pastar y su grey —clero y pueblo— conversaron con frecuencia amable y familiarmente en el esplendor dulce de Jesús contemplado como Divino Pastor que «amiman suam dat pro ovibus suis» (Jn, 10.11).

Pues, bien al subir al cielo el alma del Cardenal Arzobispo Luis Stepinac, también nos repite esta gran lección y el divino ejemplo del capítulo X de San Juan. Nos pedimos por lar feliz glorificación de su alma elegida; él nos responderá desde lo alto como una confirmación de nuestro renovado fervor pastoral, como una generosidad de entrega y de sacrificio.

Queridos hermanos e hijos. No olvidemos la invitación solemne de su testamento a la práctica constante del perdón y de paz. ¡Cuán impresionante y conmovedor es que pida perdón a todos aquellos que en su vida —incluso con la mejor buena fe e intención caritativa— hubiese podido ofender aún levemente, ¡Qué sublime es repetir a aquellos que le hicieron sufrir injustamente las últimas palabras de Jesús moribundo: ¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!: Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt (Lc 23, 34).

Gran afirmación ésta «non sciunt quid faciunt», inmensa conmiseración que penetra de trágico resplandor el misterio de la perversión humana sobre el sentido de la vida individual y colectiva, cuyos testigos somos nosotros..

En la gran tristeza nos conforta descubrir aquí y allá centellas de compasión humana.

En torno a Cristo muerto y pendiente en la cruz los cuatro Evangelistas nos refieren el gesto de Pilato que otorgó el cuerpo del condenado a la piedad de José de Arimatea, el cual pidió el cadáver, y de Nicodemo que trajo abundante mezcla de mirra y áloe para la supultura. En el inmenso dolor que signe traspasando nuestro corazón, el gesto de las Autoridades Superiores permite, a ejemplo del antiguo gobernador romano, que en torno a los benditos despojos del pastor y padre insigne se llevase a cabo una manifestación de compasión popular, la cual quedará en todas las casas humildes como sagrado recuerdo por toda una generación y evocación perenne de elevación espiritual y compasión cristiana.

¡Ay! ¿Por qué, consumado el sacrificio del gran sacerdote y pontífice, no se permitirá a todas las almas rectas y buenas saludar, al menos de lejos, el retorno de una paz civil y religiosa que, respetando una tradición noble y fuerte, asegure la ascensión renovada de todos hacia los más altos ideales que en el espíritu de Cristo se subliman, junto con una leal y concorde colaboración en la búsqueda y disfrute de la verdadera prosperidad que haga menos triste y más agradable la convivencia humana?

La oración litúrgica elevándose de nuestros labios y de nuestros corazones a través de las sagradas volutas del incienso implora una vez más paz y gloria para el llorando difunto Cardenal Stepinac. En esta oración Nos sentimos secundados por lodos los venerables miembros del Sacro Colegio Cardenalicio aquí presentes o que en todas las parles del mundo quieran unirse a la tristeza del Padre Común con acentos de conmovedora fraternidad, como expresión de la condolencia de la Iglesia Universal. El Cardenal Luis Stepinac no pudo extender ni siquiera una vez su púrpura, bien merecida y gloriosa, fuera de su lugar de nacimiento y de su forzarlo destierro. Mas creemos piadosamente y esperamos que él en la gracia y en la luz del Señor extenderá ahora su protección sobre todo el Sacro Colegio, del cual es preclaro honor, sobre toda la Iglesia Santa y sobre toda Yugoslavia.

Y con él queremos pedir al Señor una gracia singular; a saber, la salud, protección y curación del otro ilustre hermano tan querido, el Cardenal Francisco König, Arzobispo de Viena, a quien el impulso admirable de la caridad fraterna, que le llevaba a hacer más solemnes las normas fúnebres del Cardenal de Zagreb, fue ocasión de un accidente de de viaje que puso en peligro su preciosa existencia.

¡Qué dolor, queridos hermanos e hijos con estos extraños contrastes de la vida cotidiana peligrosa! Ellos nos empujan hacia los brazos de Jesús, como a sus primeros discípulos en el mar de Galilea: «Domine, salva nos, perimus» (Mt 8, 25).

Nos estamos seguros de que el Señor Jesús salvará a su Iglesia, y en la hora de la tristeza Nos complace escuchar de nuevo las palabras, aún dichas en tono de reproche: «Modicae fidei; quare dubitasti?» (Mt 14, 31). Pero Jesús quiere que le invoquemos. Y en esta invocación Nos unimos a los hijos de la siempre querida «Austria fidelis», por el restablecimiento de la robusta salud de su benemérito y fervoroso pastor, quien en su propósito de exquisita fraternidad se sentía unido, como en noble representación, a todos los Señores Cardenales y a todo el Episcopado de la Iglesia Católica.

¡Basta, Señor, basta! Per singulos dies benedieimus te, aún en este día de tristeza. Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quemadmodum speravimus in te.

¡Amén, et semper amén!


* Discorsi, Messaggi, Colloqui, vol. II, págs. 202-205.

 

 

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