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XV CENTENARIO DEL TRÁNSITO DE SAN PATRICIO,

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII*
 
Viernes 17 de marzo de 1961

 

Dia is Muire dhibh is Pàdraig.

Los fieles de Irlanda en la amada Patria y en todas las partes del mundo celebran hoy la festividad litúrgica de San Patricio, el apóstol invicto y padre de su fe en el decimoquinto Centenario de su bienaventurado transito. Vosotros, queridos hijos de la Comunidad irlandesa de Roma, habéis querido recogeros en oración junto al altar del divino Sacrificio, en torno al humilde Sucesor de Pedro. Con gran satisfacción hemos accedido a vuestro deseo filial, no sólo para hacer memorable esta circunstancia, sino especialmente para rendir público testimonio de la estima y afecto que llevamos en el corazón hacia vuestra gloriosa Nación.

Vuestro pensamiento va en este momento a la amada Patria con la que, aunque lejos, conserváis los más estrechos vínculos de entrega y amor. Pues bien, dejadnos deciros que también Nos estamos allí presentes en la persona de nuestro dignísimo Legado, pero sobre todo con el espíritu que ora y bendice.

Y durante la santa Misa de esta mañana se elevó fervorosamente al Señor para pedirle conserve siempre intactos "a saeculo et usque in saeculum" los frutos de santidad, de celo, de apostolado que San Patricio hizo brotar en la que con él y por él vino a ser tierra de Santos.

Siempre viva y operante hacia vuestro gran Patrono es en vosotros, irlandeses, la devoción que habéis difundido en todos los países de lengua anglosajona. Hace quince siglos el siervo bueno y fiel, después de un ministerio incansable y fecundo, fue llamado al gozo de su Señor (Math. 25, 21); su obra había transformado un pueblo pagano en una comunidad fervorosa de cristianos, entre los cuales pronto florecieron innumerables las vocaciones al apostolado y a la virginidad, se multiplicaron los centros de cultura y de civilización y comenzó una admirable irradiación de fe que restituyó con creces a Europa y al mundo todo lo que aquella bendita tierra había recibido de la evangelización cristiana. Patricio fue el artífice de tal profunda transformación. Con razón Sechnall, su santo descendiente, cantó de él en su himno alfabético, que todo él respira ingenuo candor y olorosa fragancia, este admirable y elocuente compendio de dotes y virtudes:

"Fidelis Dei minister,
Insignisque nuntius...
...Lumenque mundi accensum
Ingens, evangelicum,
In candelabrum levatum
Toti fulgens saeculo;
Civitas regis munita
Supra montem posita...
...Pastor bonus ac fidelis
Grecis evangelici..."

(Ministro fiel de Dios e insigne misionero. Refulgente luz del mundo, inmensa, evangélica, elevada sobre el candelero, que ilumina a todo el mundo. Ciudad regia amurallada puesta sobre el monte... Pastor bueno y fiel de la grey evangélica.)

Dios le concedió lo que pocos héroes del Evangelio pudieron realizar, incluso con esfuerzos sobrehumanos: ver transformada en el breve período de una generación la tierra que le acogió un día como joven esclavo y a la que volvió en plenitud de energías apostólicas con el mandato y la autoridad del Supremo Pastor de la Iglesia.

Y desde su muerte hasta hoy ¡qué frutos ha seguido produciendo aquella obra! ¡Cuántos Santos han seguido por el surco que él trazó propagando triunfalmente el cristianismo como Columba y Columbano, Aidano y Cataldo, Virgilio y Galo, que evangelizaron de un extremo a otro la Gran Bretaña y Europa. ¡Cuántos sacerdotes y misioneros, cuyos nombres están escritos en los cielos (Luc. 10, 20), abandonaron y abandonan la dulce patria para proseguir una obra tan meritoria! ¡Cuántas luchas y sufrimientos, dificultades y persecuciones superadas con ánimo sereno aseguraron a semejante ministerio la estabilidad de las mismas obras de Dios!

¡Queridos hijos e hijas! Estas glorias de la historia religiosa de Irlanda, comenzadas con la misión de San Patricio, se engrandecen con mayor intensidad en vuestra memoria y hacen más intensa vuestra alegría.

El recuerdo del Santo suscita, por tanto, un ardor de renovados y santos propósitos; su delicada e intensa piedad os estimula a vivir a la luz de la beatísima Trinidad, guardando como un tesoro el don de la gracia y de la vida interior; su amor a las Escrituras y a las ciencias sagradas —que durante mucho tiempo ejercitó en las divinas lecturas, divinis lectionibus, como dice el Breviario —os exhorta al humilde y ardiente estudio de la scientia sanctorum (Sap. 10, 10), y especialmente os exhorta a vosotros, alumnos de los colegios eclesiásticos de Roma, esperanza y consuelo de la Iglesia de mañana; su apostolado incansable os anima a continuar su generosidad, a transmitir intacta a las nuevas generaciones la llama recibida, a haceros dignos de sus enseñanzas y sacrificios.

La vida de San Patricio tiene para todos una luminosa y gozosa lección: para los sacerdotes como para los seminaristas, para las religiosas, las madres y padres de familia.

Pero nos complacemos en subrayar un rasgo particular de la fisonomía del Santo, al terminar este coloquio, un rasgo común a la generosa fe de Irlanda, que adquiere un gran relieve con vuestra presencia, aquí en Roma: su "romanidad", es decir, su inquebrantable fidelidad a la roca de Pedro, que ha permanecido intacta en sus hijos en los largos y duros acontecimientos de su historia.

Roma fue el punto de partida de la misión de San Patricio; su más profundo anhelo iba hacia este bendito suelo que guarda las reliquias de los Apóstoles y de los Mártires; a Roma fue llevado por un ángel del Señor; de suerte que la exhortación que dirigió a sus hijos adquiere pleno significado. "Ut christiani ita et romani sitis": Sed romanos como sois cristianos. La pertenencia a la Iglesia de Roma es el verdadero distintivo para todo cristiano.

Vosotros habéis guardado celosamente esta invitación suya, como el testamento de un padre amantísimo: Roma fue siempre el punto de referencia de la fe sencilla y granítica de vuestra gente; ella fue la meta de constantes peregrinaciones para obispos, sacerdotes y monjes, hombres constituidos en autoridad y simples fieles; ella acogió entre sus brazos hospitalarios los aspirantes al sacerdocio en esos colegios que son gloria de vuestras diócesis y comunidades religiosas, dos de los cuales fueron fundados por el intrépido franciscano Lucas Wadding, Roma fue también la inspiradora de innumerables heroísmos.

¡Queridos hijos e hijas! Pedimos a Dios por intercesión de San Patricio —"testigo fiel del Señor en la ley católica", como lo llama San Secundino— para que conserve siempre en esta ley a vuestra noble Nación, haga que resplandezca con todas las virtudes cristianas y con todas las cualidades deseables de humana prosperidad y paz y siga fecundando su suelo con una falange siempre renovada de apóstoles y misioneros, fieles convencidos y generosos, quienes en el amor a Dios y fidelidad a la Iglesia Romana sean ejemplo que arrastra, levadura en la masa, buen olor de Cristo.

¡Animo, queridos hijos e hijas!, estamos unidos a vosotros con la más viva complacencia. Decídselo a vuestros compatriotas; decidles que el Papa está con ellos, los ama y los estima de todo corazón. Y para acrecentar la alegría de este día, impartimos la Bendición Apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos, a vuestros compatriotas de Irlanda y del mundo entero, a vuestras obras y actividades, para que "la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la participación del Espíritu Santo sea con todos vosotros. Amén" (2 Cor. 13, 13).

Beannacht Dé oraibh go léir.


*  AAS 53 (1961) 221-225; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 172-175.

 

   

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