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SEGUNDAS VÍSPERAS DE LA FIESTA DE SAN JUAN

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII*

Archibasílica Lateranense
Domingo 24 de junio de 1962

 

Venerables hermanos,
queridos hijos:

Nos es motivo de singular y emocionada alegría esta visita a Letrán en la tarde de la fiesta de San Juan.

De hecho, en la vida orante de la Iglesia universal ocupa el primer lugar la adoración y la glorificación de la Santísima Trinidad Augusta: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Sigue, a debida distancia litúrgica, y con la misma luz de la misma Trinidad, la veneración a María Madre de Cristo Salvador nuestro, y, por este título, poderosa y entrañable Madre nuestra.

En las antiguas oraciones es nombrado luego San Miguel, príncipe de las milicias celestiales, innumerables e invisibles. Pero la primera figura de hombre, con cuerpo y alma, que avanza ante nuestra mirada, propuesta a nuestro respeto y veneración, es San Juan Bautista, flor solitaria y tardía de Zacarías e Isabel, llamados a preparar, por medio de la voz de este inesperado hijo, el mensaje celestial y la invitación a la generación universal que los profetas habían prometido, desde hacía siglos.

¡Qué exclamación la que salió de los labios de aquel anciano afortunado y emocionado que había recuperado la palabra! "Et tu, puer, propheta Altissimi vocaberis, praeibis enim ante faciem Domini parare vias eius" (Lc 1, 76). (Tú, hijo, serás llamado Profeta del Altísimo, pues irás delante de Él para prepararle el camino.)

Aquel Benedictus, todo en conjunto, cuyo alegre eco nos ha conservado San Lucas, como exaltación del palpitar religioso de todos los siglos, como invitación para toda alma sacerdotal, que saludando la luz de la mañana, de todas las mañanas, es llamada a encontrar en aquella luz como la aparición del rostro de Cristo, renaciendo siempre para salvar y bendecir al mundo, a lo largo de los siglos.

La primera constatación del honor de preferencia, reservado a San Juan Bautista, aparece en seguida en los relatos evangélicos, es decir, a los comienzos del Magisterio Divino de Cristo Salvador, tanto en las primeras páginas de San Mateo, como de San Marcos, San Lucas y San Juan.

Era natural que esta característica singular fuera consagrada rápidamente por la veneración de los siglos, aún a través de las voces de la liturgia y en los monumentos de piedra, y templos, modestos o grandiosos, y que correspondiese a Roma verdaderamente la primacía en el culto a San Juan Bautista, la primacía de estas manifestaciones artísticas y religiosas.

No tratándose de un simple primer puesto como si se dedicara a un santo singular de carácter casi doméstico y local, sino a un verdadero Precursor del Señor corno él fue en su nacimiento y como permaneció en su muerte; su muerte violenta que precedió a la misma de San Esteban Protomártir. Es de San Ambrosio la idea de que el Bautista continúa siempre, aún en la acción que el ejerce desde el cielo sobre las almas que él protege, teniéndolas próximas a sí y a su espíritu, en íntima conformidad con cuanto cantó en el Benedictus su anciano padre, enfocando la luz de la fe sobre nuestras almas, enderezando los caminos tortuosos de la vida, impidiéndonos caer en los abismos del error, y ayudándonos a rellenar nuestros valles con las más bellas virtudes, mortificando todo el orgullo humano para postrarnos ante el Señor y dirigir siempre nuestros pasos por los caminos de la paz. (San Ambrosio in Lucam, 1, 38).

Sobre los monumentos de veneración de toda la Iglesia católica a San Juan Bautista, basta recordar los títulos y altísimos merecimientos de este precursor, los prodigiosos acontecimientos acaecidos en su nacimiento, su dignidad de profeta del Altísimo, cerrando el período del Antiguo Testamento y abriendo las puertas del Nuevo, el primer santo canonizado y, reconozcámoslo, canonizado por Cristo en persona cuando dijo en alta voz: "Entre los nacidos de mujer, no hay ninguno más grande que San Juan Bautista" (Mt 11, 11).

Finalmente su glorioso martirio, su cabeza en la bandeja después de la decapitación; "conticescit et adhuc timetur" (calló, y aún es temido). (Ex Libro S. Ambr. Ep. de Virginibus-Liber 3 post initium). Estaba completamente reservado a la veneración del cielo y de la tierra.

Su culto, pues, a diferencia del de los santos, y aun del de los mártires, de fisonomía siempre esplendorosa, pero puramente local, se presenta con aspecto y características universales.

El emperador Constantino, construyó aquí en Letrán el noble baptisterio con el nombre del primer Juan, que poco después sirvió de título a otros muchos baptisterios del siglo IV. Y a él se le dedicó la primera basílica del Salvador, que después de muchas reconstrucciones a lo largo de los siglos, mereció siempre el nombre singular —y ahora como en el pasado— de Sacrosanta Archibasílica Lateranense, madre y cabeza de todas las Iglesias de Roma y del mundo.

Aquel emperador no cesó de construir, puesto que a él se le atribuyen basílicas dedicadas a San Juan Bautista en Ostia, Albano y Constantinopla; y después de él, en el siglo IV y siguientes, en Roma y en todo el Occidente, el culto de San Juan Bautista tuvo una difusión extraordinaria.

Sólo en Roma se contaban una veintena de iglesias con el título de San Juan, a la par que en la serie de los Pontífices, se contaron y fueron honrados por los fieles veintitrés con este nombre, desde Juan I, Papa y mártir (523-526) hasta Juan XXII (1316-1334), Papa del período de Aviñón, y después de seis siglos (1334-1958), el más reciente Juan XXIII, que os habla, indigno de esta tarea y de esta sucesión, pero confiado en el Señor que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo gobierna, sirviéndose de quien se abandona en él, bajo los auspicios, aun lejanos, de su gran misericordia y paz, serena y tranquila.

Venerables hermanos, queridos hijos. Por la sencillez de nuestra llegada aquí, en la tarde de la fiesta del patrono principal de nuestra catedral y del centro de esta diócesis de Roma —ninguno ciertamente se maravillará si aceptamos modestamente oírla llamar y saludar como a la primera catedral y diócesis del mundo— comprenderéis el latir de ternura y paternidad espiritual que invade Nuestro Corazón de Obispo de Roma, en función y al servicio de la Iglesia universal, tarea que tiene como sucesor de San Pedro, por las palabras divinas salidas de los labios de Cristo: "Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam". (Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.) (Mt 16, 18).

Así, pues, modesto hijo: eres el obispo de la Iglesia de Roma, y obispo de Iglesia universal, como tenemos que firmar en los documentos oficiales.

El íntimo sentimiento de esta paternidad que es doble y única al mismo tiempo, Nos penetra y Nos enternece.

Estamos en los umbrales del Concilio Ecuménico Vaticano II. Nuestra reciente carta a los hijos de Roma os ha dado ciertamente una expresión del anhelo sacerdotal de vuestro Pastor, de vuestro Obispo, de sus ansias de que todos, eclesiásticos y católicos, de humilde o de alto rango, animados por el ferviente celo pastoral, que lleguen a las orillas del Tíber, queden edificados y admirados ante la actualidad —mejor modernidad, podría decirse— de las disposiciones que el gobierno de la diócesis emplea para la segura eficacia de las iniciativas, para la dirección de los fieles, para el desarrollo de las múltiples iniciativas dirigidas todas a la asistencia espiritual que en cada parroquia se despliega, y todas en conjunto se centran en un punto de inmediato y pronto contacto, como en torno a un único hogar.

De este modo, la Cabeza de la Iglesia universal, desde la basílica vaticana, junto a la tumba de San Pedro, en la grandiosidad que en la actualidad tienen los palacios apostólicos, gobierna y se relaciona con los obispos y pueblos de todo el mundo.

¡Ah! Si el Papa, reuniendo las oficinas de la administración diocesana, junto a su catedral archibasílica lateranense, y disponiendo de los palacios que la rodean, pudiera juntar aquí con una mayor amplitud, a toda o casi toda la organización de la diócesis de Roma. Hoy el Letrán no se encuentra ya en las afueras de la ciudad, sino en medio como un centro de actividad.

Es natural, queridos hijos, que esta perspectiva de una renovada organización eclesiástica y pastoral más conforme con las circunstancias del urbanismo de una Roma religiosa y civil, que no es la misma de hace sesenta años, cuando comenzamos a conocerla, que contaba cuatrocientos mil habitantes, sino una ciudad que sobrepasa los dos millones de almas y se acerca a los tres, exija esfuerzos y ánimos para fortalecer su cometido. Su realización tendría benéficas repercusiones para el robustecimiento y ejercicio del sentimiento religioso, para salvación, prosperidad, desarrollo y honor de los principios cristianos que hicieron grande a Roma a lo largo de los siglos.

Os dejamos, queridos hijos, este sencillo recuerde de un deseo que la fiesta de San Juan Nos ha sugerido.

Aunque Nuestros ojos no puedan ver su realización, la conciencia del Pastor está desde ahora, y estará siempre, llena de alegría y bendiciones.

 


*  Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 401-406.

 

 

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