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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A MONSEÑOR JOSEF BERAN, ARZOBISPO DE PRAGA,
 EN EL 50 ANIVERSARIO DE SU SACERDOCIO
*

 

Venerable hermano, salud y bendición apostólica.

La conmemoración del quincuagésimo aniversario de tu sacerdocio, bien merece por nuestra parte la viva expresión de felicitación y felices votos. Pero sobre todo, el estado de prolongada cautividad y de triste arresto en el que continúas encontrándote, exige de Nos que te consolemos en la tristeza y te alentemos en la aflicción. Buscamos, pues, para tu espíritu, expresiones de aliento y de consuelo en el mismo Evangelio, donde se dice: "bienaventurados aquellos que sufren persecución por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos... Alegraos y exultad porque vuestra recompensa es copiosa en el cielo" (Mt 5, 10-12).

Quisiéramos llegar hasta ti. Es cosa bien triste para nuestro ánimo no poder festejar con tus hijos esta conmemoración jubilar de tu sacerdocio, para recordar todo cuanto has realizado y exponed a la luz pública una larga vida sacerdotal que fue motivo de tanta edificación para tu pueblo.

Nos es bien conocido el ardor de tu fe, la agudeza de tu ingenio y la viveza del celo con el que, sostenido por la ayuda celestial, has llenado de fructuosos méritos, de obras buenas, un período tan largo de tu ministerio pastoral.

En primer lugar enseñaste religión en un instituto docente de Praga; luego, fuiste profesor de teología pastoral en la facultad teológica de aquella misma ciudad; seguidamente, nombrado rector del Seminario Mayor, aplicaste tu diligencia y fuerza a la preparación intelectual y espiritual de numerosos sacerdotes, fomentando así el prestigio de la Iglesia.

Durante la tribulación de la última guerra, animado por el sentido de la responsabilidad, te entregaste a aliviar el sufrimiento y a robustecer con cristiana fortaleza los ánimos afectados por la adversidad.

Elevado por nuestro predecesor Pío XII, de venerable memoria, a la sede arzobispal de Praga, honrada por el ínclito nombre y magnánima virtud de San Abelardo, pusiste denodadamente tu mayor empeño, sin ningún descanso, en el trabajo de reconstruir y renovar las ruinas provocadas por la guerra.

Desgraciadamente, cuando te entregabas plenamente en utilidad y honor de la Iglesia y de la patria realizando muchas y laudables empresas, con un gesto de deshonrosa injusticia, fuiste arrancado de tu sede arzobispal y arrestado en un lugar desconocido, donde desde hace diez años suspiras por volver a gobernar tu amadísima grey.

La amarga dureza que tú sufres es, en cierto sentido, un reflejo de todos los sufrimientos que padece la patria.

En Checoslovaquia, como desgraciadamente ocurre también en otras naciones, continúa un inicuo estado de cosas contra la Iglesia:, han sido suprimidas las congregaciones religiosas; abolidas las escuelas privadas; prohibida la prensa católica; impedida toda forma de enseñanza religiosa, mientras una sistemática y encarnizada propaganda atea cunde, con formas siempre nuevas, especialmente entre los jóvenes; los obispos, en gran parte, se ven impedidos para ejercer sus funciones, o encarcelados, o arrestados en localidades desconocidas; y lo mismo ocurre a los eclesiásticos, muchos de los cuales están en las cárceles o exilados, mientras algunos otros viven como trabajadores, sin ninguna posibilidad de realizar funciones sacerdotales.

En este cuadro tristísimo, en este nefasto orden de cosas empeñado en arrancar la fe del corazón de los creyentes, nuestro dolor se acrecienta más todavía, porque al cumplirse el quincuagésimo aniversario de tu sacerdocio, no nos es permitido dirigir nuestra voz ni siquiera enviaros por vía directa estas palabras de aliento y consuelo.

A pesar de todo, te debe servir de consuelo el tener la plena conciencia de haber actuado rectamente. No ha sido la culpa, sino sólo la virtud la causa que ha ocasionado tu postración; no permanecerán estériles, sin fructificar, el silencio inactivo al que te han forzado, la injusticia que sufres, el castigo inmerecido que se te ha infligido. Si el grano de trigo que cae en tierra no se pudre, no producirá espiga ni madurará en una dorada mies.

No siéndonos posible acercarnos a ti para llevarte, junto con tus hijos, una ofrenda de felices augurios y de santa alegría, humildemente invocamos a los santos que florecieron en esa nobilísima nación cristiana y en la venerable archidiócesis de Praga: Santa Ludmila, San Wenceslao, San Adalberto, San Procopio, San Juan Nepomuceno y les rogamos que venga diligentemente a ti, te consuelen y te acompañen con su intercesión.

Por nuestra parte te recordamos con toda benevolencia y pedimos asiduamente al Señor "Padre de la misericordia y Dios de toda consolación" (2 Cor. 1, 3) que te sostenga con la gracia celeste, te levante el espíritu y después de la tempestad y la lucha te conduzca de nuevo a gozar de una paz tranquila.

Con el auspicio de estos dones celestiales, de todo corazón te impartimos, Venerable Hermano, y al clero y fieles de la archidiócesis de Praga y de toda Checoslovaquia, la Bendición Apostólica, en testimonio de nuestro paternal afecto y estímulo para aspirar a una cada vez más elevada conquista espiritual.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 30 de mayo de 1961, tercero de nuestro Pontificado.

 

IOANNES XXIII

 


* AAS 53 (1961) 487-489; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 810-812.

 

 

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