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 DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL SACRO COLEGIO CON MOTIVO DEL CONSISTORIO*

 Lunes 28 de marzo de 1960

 

El contacto frecuente entre los colaboradores más dignos y responsables del gobierno de la Iglesia pone una nota de intensa alegría en la diaria labor que la gracia del Señor santifica. Nos qui vivimus benedicimus Domino.

Nos place seguir de cerca, día a día, la labor que se efectúa regularmente en todos los Dicasterios y Oficinas de la Curia Romana, y, al menos hasta el presente, nos alegramos de comprobar que ningún hecho extraordinario ha venido a perturbarla, fuera de la angustia diaria que punza el corazón de todos y provoca angustiosas ansiedades respecto a tantos sagrados Pastores, tan queridos de Nos, de quienes no se tienen noticias o soportan penas durísimas por su noble e intrépida fidelidad a Cristo y a su santa Iglesia.

Nos reunimos tristemente evocando la santa y cara memoria del Cardenal Luis Stepinac, Arzobispo Zagreb, que deseamos proteja desde el cielo a su tierra natal, donde él y la santa Iglesia tuvieron tanto que sufrir. Y pensamos con profundo dolor en el recrudecimiento en muchos lugares de crueles tratos, que conculcan la religión, la civilización humana y cristiana y el respeto debido a la justa libertad individual y colectiva.

Tiempo de prueba, pues, que todavía continúa para la Iglesia y que nos obliga a prolongar fervorosamente nuestras súplicas y a una comunión espiritual en los sufrimientos, que será mérito de todos y, esperémoslo, garantía de victoria in multa patientia.

El éxito del primer Sínodo Romano fue motivo de verdadero consuelo para Nos, en este último lapso de tiempo. La cordialidad y la unión del Clero nos ofrecieron muchas veces, con significativas manifestaciones de conmovedora sinceridad, la prueba del deseo y fervor sacerdotal y apostólico, verdaderamente edificante y estimulante, con miras a un futuro religioso y cristiano de las mejores épocas de la historia de Roma, sede apostólica de Pedro, y, como la Basílica Lateranense, Urbis et orbis mater et caput (madre y cabeza de la Urbe y del Orbe).

En el presente Consistorio, así como en los dos precedentes, ocupa un lugar preeminente la creación de nuevos cardenales, elegidos esta vez con amplitud, incluso audaz, de miras, para dotar el Sacro Colegio de distinguidos y beneméritos eclesiásticos que pertenecen a notables partes de la grey de Cristo, diseminada por lejanos países, pero florecientes de vida y de promesas. Pues tenemos un cardenal del Japón, otro de Filipinas y un tercero de Tanganica, en el África Oriental; todos creados del mismo modo para gloria del Señor que santifica los pueblos sin distinción de lengua, de raza y de color, haciendo que llegue a todos la buena nueva según el Euntes in mundum universum predicate evangelium omni creaturae; docete omnes gentes (Mt 16, 15; 28, 19).

Este acontecimiento tan nuevo, verdaderamente, en la historia de la Iglesia y de los pueblos no es más que la confirmación de una antigua doctrina y de una tradición continuada desde hace dos mil años en el punto preciso, consignado por los Hechos de los Apóstoles de San Lucas (cf. 8, 26-40), que nos narra el bautismo del poderoso ministro de la reina de Candace de los Etíopes, de manos del diácono Felipe, hasta el maravilloso florecimiento de las misiones católicas del continente africano, al que se dirigen nuestras miradas y nuestro corazón con alegría confiada y serena. Cristo es el Redentor de todos los hombres y de todos los pueblos; Él ha fijado el tiempo para cada nación, y su Iglesia asiste a su desarrollo, se lamenta y les consuela de las múltiples y durísimas pruebas, y con alegría ensalza sus méritos y victorias espirituales.

Gran consuelo y amor para todo sacerdote, al celebrar cada mañana su Misa, es comenzar la oración del Canon con el ofrecimiento al Padre celestial del Divino Sacrificio en unión con Jesús, su Hijo, ante todo por su santa Iglesia católica quam pacificare, custodire, adunare et regere digneris toto orbe terrarum. Consideremos atentamente estas cuatro palabras: pacificar, custodiar, convocar y reunir de todos los puntos de la tierra; fuerte en su vitalidad y su gobierno espiritual bajo los extensos pabellones de la santa Iglesia, una santa, católica y apostólica.

Esta ha de ser la visión del Sacro Colegio cardenalicio, aumentado con la noble presencia de miembros que pertenecen a porciones elegidas de la grey de Cristo, ya desde hace siglos en marcha hacia la participación de las riquezas espirituales de toda la catolicidad.

La perspectiva que se ofrece a nuestros ojos y es ya exultación, no sin cierto temor, del anunciado Concilio Ecuménico Vaticano II, justifica y acredita con nuevas razones esta tercera creación de Cardenales.

Un Concilio Ecuménico opus grande est, y exige gran acopio de energías, las cuales, conforme a la opinión de personas de mucha autoridad y de varias procedencias, pueden encauzarse hacia una mayor comprensión de todo lo que más conviene a las necesidades de índole local, y a aportar mayor claridad de doctrina y disciplina y a incrementar una actividad más fervorosa de vida y apostolado cristiano.

Entre tanto, el nombramiento en estos meses de nuevos Cardenales pertenecientes a las diferentes naciones del mundo, así como el buen resultado del Sínodo Diocesano de Roma, las muchas respuestas que siguen llegando al Vaticano sobre los múltiples puntos acerca de los cuales cada miembro del Episcopado de todo el mundo ha sido invitado a que libremente proponga y emita su propia opinión, y las respuestas que se esperan igualmente —mediante la invitación que también se les ha hecho— de las Universidades católicas y de los Institutos esparcidos en todos los centros de investigación y de cultura eclesiástica, sin mencionar el respeto tranquilo y estimulante del que nuestra persona, aunque tan humilde y modesta, sigue siendo objeto, por parte de todo el Sacro Colegio, del Episcopado, del Clero y de los pueblos, todas estas circunstancias nos permiten gozar de una paz santa y bendita y mirar al futuro con confianza.

Desde estas alturas de armonía espiritual y de serenidad, a las que Cristo Nos condujo, miramos atentamente y con ansiedad la suerte de los pueblos y de las familias.

A veces nos asalta la angustia ante el espectáculo de tantos sufrimientos, incomprensiones, incertidumbres que perturban la vida social y hacen desconfiar a los gobiernos en sus mutuas relaciones.

La alternativa humana se desenvuelve no sólo en la búsqueda y estimación de la verdad y de la justicia, sino también en la práctica de las múltiples actividades que conciernen a la vida temporal.

De aquí surgen y aumentan los conflictos, tanto más peligrosos cuanto que nos apartan de los ejemplos y enseñanzas de Cristo, cuya Redención se extiende a cada uno de los aspectos de la vida y todo lo purifica, ilumina y eleva.

¡Venerables hermanos y queridos hijos! Quiera Dios misericordioso conceder al colegio episcopal y sacerdotal la gracia de la perfecta entrega y fidelidad a los graves deberes a que ha sido llamado, de manera que en toda manifestación del sagrado ministerio y predicación, así como en esta solemne reunión cardenalicia de hoy en torno al Papa, los pueblos y sus rectores se sientan estimulados a vivir rectamente y a obrar el bien; a vivir en conformidad con su pensar y obrar y en una paz alegre y concorde.

Y ahora sólo nos queda proceder al acto para el que os hemos convocado principalmente en esta tan noble asamblea. Como sabéis, tenemos la intención de incorporar al Sacro Colegio a algunos preclaros eclesiásticos, quienes, ya en los diferentes cargos de la Curia Romana, ya en las Diócesis a ellos confiadas, han desarrollado una actividad diligente, prudente y eficaz, contribuyendo no poco al incremento de la religión cristiana.

Son éstos:

Luis Traglia, Arzobispo titular de Cesara, de Palestina, Vicegerente de la Diócesis de Roma;

Pedro Tatsuo Doi, Arzobispo de Tokio;

José Lefebvre, Arzobispo de Bourges;

Bernardo Juan Alfrink, Arzobispo Utrecht;

Rufino I. Santos, Arzobispo de Manila;

Laureano Rugambwa, Obispo de Rutago;

Antonio Bacci, Secretario de Breves a los Príncipes.

Además de los antes mencionados, hemos determinado nombrar miembros del Sacro Colegio a otras tres ilustres personas cuyos nombres guardamos in pectore.

¿Qué os parece?

Por tanto, con la autoridad de Dios Omnipotente, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la nuestra creamos y proclamamos Cardenales de la Santa Iglesia Romana:

En el orden de los presbíteros:

Luis Traglia, Pedro Tatsuo Doi, José Lefebvre, Bernardo Juan Alfrink, Rufino I. Santos, Laureano Rugambwa.

En el orden de los Diáconos:

Antonio Bacci.

Del mismo modo, como hemos dicho antes, creamos otros tres Cardenales in pectore, cuyos nombres daremos a conocer en el momento que juzguemos oportuno.

Con las dispensas, derogaciones y cláusulas necesarias y oportunas, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 


* Discorsi, Messaggi, Colloqui, vol. II, págs. 262-268.

 

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