The Holy See
back up
Search
riga

 DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS PEREGRINOS DE VENECIA, BÉRGAMO Y PADUA
PRESENTES EN ROMA PARA LA CANONIZACIÓN
DEL BEATO GREGORIO BARBARIGO
*

 Basílica de San Pedro
Jueves 26 de mayo de 1960

 

Venerables hermanos y amados hijos:

Hemos pasado de la sacrosanta Basílica de San Juan a la majestuosa de San Pedro para renovar el exultante homenaje a nuestro nuevo Santo canonizado Gregorio Barbarigo.

Letrán es la Catedral del Obispo de Roma y Nos la llevamos en los ojos y en el corazón como a la primera iglesia del mundo, incluso por encima de la inspiración que brota de las palabras esculpidas en su frontispicio: Mater et caput omnium ecclesiarum urbis et orbis (Madre y cabeza de todas las iglesias de la urbe y del orbe). Con este sentimiento de devoto homenaje a nuestra Catedral, a la que van unidas tantos títulos de reverente estima, hemos querido imponer en ella, así como en presencia de todas las iglesias de la Urbe y del orbe católico, la corona del honor supremo en las sienes del glorioso Obispo.

De este modo, las circunstancias de la canonización de hoy en esta feliz coincidencia con la fiesta de la Ascensión, nos sugieren que compartamos el honor conferido al nuevo Santo comenzando en Letrán y terminando en el Vaticano.

San Pedro es, en realidad, el mayor templa del pueblo cristiano: Petrus omnium Pater (Pedro, Padre de todos). Y aquí es donde, junto con las basílicas romanas, se afirma ese sentimiento que da majestad a la Iglesia católica tanto en las solemnes manifestaciones litúrgicas como en los encuentros sencillos y familiares, aunque tan elocuentes.

Por otra parte, nos inclinamos a pensar que las emociones más intensas de nuestra juventud en el acto de ofrendarla al Señor preparándonos para el Sacerdocio nos recuerdan siempre a San Juan de Letrán bajo cuyas imponentes bóvedas nos postramos en la ordenación de subdiácono y de diácono.

Ante el altar de Dios, dispuestos al paso trascendental por la palabra y el ejemplo de insignes y muy piadosos maestros de espíritu, contemplamos en los remotos años de aquel fecundo período de formación del Seminario las figuras de los pastores de almas que en todos los tiempos y lugares engrandecieran la figura del buen Pastor, del eclesiástico perfecto en obras y palabras (cf. Jn 10, 11; Lc 24, 19).

Debemos decir que el respeto, el amor y la devoción al nuevo Santo nos los inculcaron sobre todo en el Seminario de Bérgamo y después —con gran alegría de nuestro corazón— tuvimos confirmación de ello en el Seminario Romano. Por eso Nos complacemos en subrayar aquí que sus disposiciones se encaminaron únicamente en todo tiempo a formar sacerdotes integérrimos, dispuestos a todo, al trabajo del ministerio, al servicio directo de la Santa Sede, pero sobre todo a la oración constante, a la caridad generosa.

Venerables hermanos y queridos hijos: De estos recuerdos de nuestra juventud, que guardamos intactos en el corazón con toda su fragancia y suavidad —y que os contamos como lo hace un padre a una corona de hijos devotos y atentos— podéis imaginar algo la profunda emoción de nuestro ánimo por haber podido en aquella basílica ceñir la aureola de los Santos al patricio veneciano, que hizo de la nobleza de su linaje y de la educación un instrumento de mayor alabanza a Dios y del más ejemplar servicio a la Iglesia y a las almas; podéis comprender nuestro consuelo por haber glorificado con la corona definitiva de la glorificación inmortal a aquel que durante seis años fue celosísimo Pastor de nuestro querido Bérgamo y durante treinta y tres años de la ilustre Diócesis de Padua, tan querida de Nos también.

Hoy, al hacer más esplendoroso el homenaje al nuevo Santo, ved aquí presente con el Cardenal Patriarca de Venecia y los dignísimos Prelados de Padua y Bérgamo, al Cardenal Arzobispo de Milán, sucesor de San Carlos, que fue el modelo de Gregorio Barbarigo.

Proponemos a San Carlos Borromeo y a San Gregorio Barbarigo para edificación y alegría de los obispos y sacerdotes del mundo entero.

 La fisonomía de. San Gregorio Barbarigo, insigne entre los grandes pastores de almas, obispos y cardenales de la Santa Iglesia Romana, revela hoy, además, un rasgo peculiar.

Al buscar coincidencias que unen a los héroes de la santidad, que han alcanzado la cumbre de la glorificación por los caminos señalados en el decurso de los siglos antes de Urbano VIII y después, hallamos —y lo tuvimos presente esta mañana— en San Vicente de Paúl al gran apóstol de la caridad.

Pues, es característico el hecho de que en el mismo año en que murió San Vicente —también él canonizado en Letrán— Gregorio Barbarigo, Obispo de Bérgamo, fue nombrado Cardenal. Han pasado exactamente tres siglos y así las dos figuras se unen en el fulgor de las fiestas vicentinas que todavía llenan de emoción el ánimo de todos.

Pero, sobre todo, San Vicente de Paúl y San Gregorio Barbarigo están unidos por la elocuente invitación a la caridad que, aún en diversas formas, irradia heroicamente de sus vidas. Por tanto, caridad purísima, siempre como manifestación del profundo mensaje del amor de Dios al hombre, en el cual se muestra lo específico de la religión cristiana. Pues bien, cuatro manifestaciones características de la caridad definen maravillosamente la figura del nuevo Santo y son las que queremos explicar ahora como epílogo de las fiestas de hoy para gozo común y edificación espiritual:

1. La solicitud por los pobres.
2. El catecismo al pueblo.
3. El Seminario y el clero.
4. La cultura católica buena.

I. LA CARIDAD CON LOS POBRES

Gregorio Barbarigo, joven Prelado de treinta años, no se dejó ofuscar por la brillante fascinación de la corte y por las divagaciones, aún elevadas, de la cultura profana. Le bastó la indicación del Papa y de buena gana se entregó al cuidado de los transtiberinos en un momento de trágica devastación cuando se desencadenó la peste en 1656.

Lo que nos cuentan los biógrafos de su ministerio en el Trastévere, organizando centros sanitarios, parece reavivar las hazañas de un San Juan de Dios. Pero lo que le hizo familiar y venerado entre los humildes del pueblo romano no fue sólo la solicitud manifestada en la dirección de las formas de asistencia caritativa, que se esmeraba en los detalles, sino el contacto directo que llevó a cabo con cada una de las familias, con los enfermos, con los pobres, yendo de casa en casa como el ángel bienhechor de consuelo y paz.

A aquella primera prueba siguieron los siete años de gobierno episcopal en Bérgamo, años tan fecundos en enseñanzas, obras e iniciativas memorables y santas. Más tarde, siendo obispo de Padua, la estima que le tenía Inocencio XI, le impidió durante cuatro años ocuparse del gobierno directo de la diócesis de Padua, reteniéndole en Roma.

Sigue siendo, por tanto, característica suya, en Bérgamo y Padua, en las visitas pastorales y en cualquier otro encuentro con su pueblo la constante efusión de caridad que, olvidada de sí, irradia allí donde hay un dolor.

La preocupación por los pobres se refleja en sus cartas y discursos; se ve cómo se hace tangible en su conducta diaria, en el trato, en sus predilecciones; prueba de ella es el séquito de humildes que le sigue, con frecuencia, bendiciendo su munificente generosidad, evangélicamente enemiga de ostentación.

Esta caridad es llama encendida en el candor de su alma inocente; se explica no por un tardío sentimiento de responsabilidad, sino que brotó espontánea desde su incontaminada juventud. Así, del joven aristócrata Barbarigo y de su coetáneo Pedro Duodo, dedicados al servicio diplomático de la República de Venecia, el caballero Contarini en el informe del Congreso de Münster, dirigido al Senado veneciano; pudo escribir lo siguiente: «Han vivido conmigo durante un período de cinco años los señores Gregorio Barbarigo y Pedro Duodo..., ambos de tan altas condiciones que puedo darles el título de ángeles más que de hombres, porque en las virtudes y costumbres han traspasado los límites propios de la edad» (Uccelli, pág. 6).

Aquí, una vez más, brilla el ejemplo de la más sublime caridad, alimentada con la oración intensa, con la pureza de costumbres, por la rectitud en el servicio cívico y religioso, en una palabra, por el buen testimonio de la conciencia. En la época a que se refiere el testimonio de Alvise Contarini, Barbarigo tenía la edad de dieciocho o veintitrés años, por consiguiente el espléndido florecimiento de caridad de los años del ministerio episcopal encuentra en esto su conmovedora explicación. La caridad por los hermanos se desarrolla plenamente cuando halla un corazón libre de todo afecto mundano, de toda ambición, de cálculos y segundas intenciones. Este fue el corazón de Gregorio desde las radiantes promesas de la adolescencia.

III. EL CATECISMO AL PUEBLO

Pero hay una caridad que no se satisface con entregarse a las necesidades corporales de los dirigentes, sino que de ellas se eleva a la visión y solicitud por la miseria espiritual. No sin motivo la primera de las catorce obras de misericordia se presenta como respuesta al precepto divino de evangelizare pauperibus (Lc 4, 18): «enseñar a los ignorantes».

Son motivos constantes de angustia para la santa Iglesia la relajación de costumbres, en todas las clases sociales; las vacilaciones doctrinales de eclesiásticos y seglares exigen en todo tiempo la correlación de los dos deberes: transmitir íntegra la doctrina y vivirla fielmente en la vida individual de cada uno e en las relaciones de orden social.

En una época de florecimiento general de la disciplina eclesiástica en la que los Decretos del Concilio de Trento y los atrayentes ejemplos de un San Carlos Borromeo comenzaban a dar frutos eficaces, aunque, por otra parte, podían ser más intensos los gérmenes de sufrimientos y más radicales los obstáculos de hábitos seculares, éste fue el doble programa de Barbarigo.

Su catecismo fue el de San Roberto Belarmino y su afán por darlo a conocer y enseñar respondía a las leyes sapientísimas del Concilio Tridentino. Pero la organización de la Escuela de doctrina cristiana para adultos y niños en sus múltiples aplicaciones, impuestas por el deseo de llegar a todos, la organización, repetimos, fue personal, de acuerdo con su intuición de estudioso y su celo metódico de pastor.

¡Ah, qué conmovedores ejemplos de buscar las almas para partirles el pan de la doctrina! ¡A qué saludable examen de conciencia invitan al corazón de todo sacerdote de hoy! Desde las caminatas de San Gregorio por el Lungotévere en las horas más calurosas para ir al catecismo de los pequeños en Santo Tomás de Parione hasta el cuidado maternal por atender los pequeñines de Padua, para quienes no tenía a menos preparar bancos y sillas.

Aún hoy en Bérgamo y Padua, que fueron el campo de su apostolado, el surco abierto por él produce copiosos frutos y, por lo general, los esfuerzos de aquella época bendita han logrado muy consoladores resultados.

El catecismo fue, pues, una exquisita forma de caridad con el pueblo.

Nombrado obispo a los treinta y dos años, Gregorio procuró imitar la figura más cercana y familiar a su época para repetir la hazaña sin que faltase la fácil insinuación de alguna lengua mordaz, que siempre hay, que repetía que Barbarigo afectaba la austeridad de San Carlos.

En realidad, tuvo su espíritu y emuló sus ejemplos, especialmente con sus providentes cartas pastorales, en su mayoría consagradas a los problemas pastorales; con la celebración de Sínodos y con la fundación de las Escuelas y Congregaciones «de la doctrina cristiana». Mas, a pesar de los puntos de contacto, Gregorio apareció en su tiempo y a los ojos de los estudiosos posteriores como absolutamente singular, hasta el punto de que se debe proponer ahora a la consideración de los obispos del mundo católico, en los que despertará admiración y deseo de emulación el ejemplo de caridad y de previsión que caracterizó sus cuarenta años de episcopado.

Tal ejemplo pervive con resplandor de atracción irresistible y puede dar el secreto de una penetración cada vez más eficaz del pensamiento cristiana en la sociedad actual mediante la enseñanza constante y paciente de la doctrina cristiana al pueblo, y de modo especial a los pequeños y jóvenes, esperanza del mañana.

III. CLERO Y SEMINARIOS

Queridos hijos: San Gregorio Barbarigo con su esclarecida, diligente y esmeradísima obra de formación espiritual e intelectual del Clero nos enseña también a practicar la caridad, sobre todo, con la Iglesia.

Pues la primera y más urgente caridad, cuyo objeto quiere ser la Iglesia por parte de aquellas familias y parroquias, es buscar muchas y seguras vocaciones al estado eclesiástico.

Barbarigo tuvo una intuición clarísima de las necesidades inmediatas del pueblo de Dios y supo emplear todos los medios de su piedad tan exquisita y de su distinguida cultura para darles respuesta eficaz y saludable. Y ésta fue la preparación del Clero.

Para conducir a la grey a los pastos saludables se necesita el pastor de almas; debe provenir de su pueblo, conocer sus necesidades, costumbres, exigencias espirituales para remediarlas con su más solícita caridad. Aquí tocamos el fondo del problema urgente y grave en todo tiempo, que Barbarigo trazó con palabras inolvidables: «Y que este credo, hijos míos, sea una de las señales más grandes de nuestra vocación: nunca cansarse, nunca decir basta, pensar constantemente en promover la gloria de Dios. ¿Somos así?" (A. Uccelli, Scritti inediti, Parma, 1877, pág. 46.)

En este interrogante del Santo se detiene la afanosa solicitud de todo pastor de almas.

Pero a tan sublime obra debe responder la formación interior de la mente y del corazón buscando un perfecto equilibrio personal. Por tanto, los candidatos al sacerdocio necesitan salud física, intelectual y moral, juicio y trabajo equilibrados, capacidad para soportarlo todo, intensa piedad, doctrina humanista y sagrada bien armonizadas, de manera que la primera prepare los vuelos de la segunda.

La preparación completa de la vocación, concebida así, encuentra su marco natural en el Seminario, corazón de la Diócesis. El es el instituto de primera magnitud, más todavía, el más importante, porque en él se desarrollan las energías del apostolado futuro. Debe insertarse en la más sana tradición, que en toda diócesis tiene el patrimonio inestimable de santos pastores, de maestros clarividentes y celosos, además de adaptarse a las necesidades siempre nuevas para caminar con los tiempos.

Todo esto lo comprendió Barbarigo y lo puso en práctica con increíble voluntad y admirable talento. Nadie podrá celebrar adecuadamente las glorias del Santo como las piedras de su seminario de Padua, que son un monumento más duradero: Te saxa loquuntur! (las piedras hablan de ti). El fue verdaderamente la obra maestra del Santo en la que derramó los tesoros de su alma de pastor; de ello y del espíritu, que allí quiso infundir, quedan como perenne testimonio las sabias normas de educación contenidas en los ejemplares Institutionum Epitome y Ratio Studiorum; con ellos intentó hacer de sus sacerdotes verdaderamente la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt 5, 13), en los cuales las armonías de la humanitas romana y clásica formasen la sólida base para la formación teológica g bíblica con la ayuda del conocimiento perfecto de las ciencias auxiliares.

La esplendorosa figura del nuevo Santo adquiere reflejos más intensos cuando se piensa en esta característica suya que es y sigue siendo su gloria.

 IV. LA BUENA CULTURA CATÓLICA

De la preocupación que demostró Barbarigo por la perfecta preparación eclesiástica de sus sacerdotes se benefició, en primer lugar, la gloriosa Universidad de Padua, y esto nos da a entender el lugar que él ocupó en la defensa y difusión de la verdadera cultura. También esto fue caridad, exquisita caridad que enriqueció a la Iglesia y a la Humanidad con los tesoros perennes del espíritu.

Las biografías ponen de relieve este interesantísimo aspecto de su personalidad, pero no podremos seguirlas exactamente ni catalogar sus méritos. Bastará pensar en todo lo que hizo para dotar a la Biblioteca del Seminario de preciosas obras que mandaba buscar en Europa a personas de confianza y con liberalidad principesca, fundando una imprenta muy bien equipada —que causaría admiración en su tiempo—, dotándola de máquinas y de caracteres raros; fundando bibliotecas y, por último, colegios para jóvenes de buenas familias y del pueblo. Es justo recordar también el incremento que dio al estudio de las lenguas y de las ciencias matemáticas, de manera que desde entonces comenzó el magnífico florecimiento de eruditos y científicos que honraron las letras y la cultura italiana y europea de la época.

Y esto no obedeció a deseo de gratitud humana o a frío ejercicio intelectual, sino que se insertaba en un descubrimiento vital de relaciones humanas para difundir la verdad en un continuo esfuerzo de genuino apostolado. Al introducir en su imprenta los más diversos y costosos caracteres orientales, como buen veneciano experto en los caminos del mar, pensó en establecer relaciones culturales entre los hombres de Europa y de Oriente, con la mirada atenta y vigilante al acercamiento y unión religiosa de aquellos pueblos separados de Roma.

Este último rasgo de la figura acabada de Barbarigo nos hace comprender ahora plenamente su grandeza, en la que se refleja la profundidad de la palabra de Dios: Neminem emim diligit Deus, nisi eum qui cum sapientia inhabitat. Est enim haee speciosior sale et super omnem dispositionem stellarum, luci comparata invenitur prior... «Que Dios a nadie ama sino al que mora con la sabiduría. Es más hermosa que el sol, supera a todo el conjunto de las estrellas, y comparada con la luz queda vencedora» (Sb 7, 28, 29).

Venerables hermanos y queridos hijos:

La fiesta de la Ascensión de este año será memorable para vosotros y para Nos.

Haber !unido solemnemente en esta festividad las dos Basílicas de Letrán y del Vaticano que proclaman los nombres de los Apóstoles Pedro y Pablo y de las Juanes predilectos de Jesús; haber recordado, aunque sólo brevemente, las austeras y amables figuras de San Carlos Borromeo y San Vicente de Paúl y habernos detenido esta mañana durante breves instantes junto a la urna del tan querido San Felipe Neri, para invitarle también a presenciar la glorificación de un eclesiástico que, a imitación suya, amó y quiso con predilección a la ciudad de los Papas, es suficiente para regocijar nuestro espíritu y embellece para siempre las cartas decretales de la canonización de hoy.

Ahora la mirada se dirige a vosotros, venerables hermanos y queridos hijos, y apenas podemos expresaros la íntima satisfacción del ánimo por este edificante espectáculo de fraternidad episcopal, sacerdotal, seminarística y popular que ofrecéis a la faz del mundo, ejemplo magnífico en torno a la figura del nuevo Santo.

San Gregorio Barbarigo no viene de remotas épocas olvidadas, sino que después de tres siglos de su muerte todavía es familiar a las gentes del Véneto, y no sólo a ellas; es ejemplo y estímulo para todos como lo fue para los eclesiásticos y fieles de su tiempo.

Tengamos valor. La Iglesia conoce su misión docente y rectora. Por encima de las heridas que la hacen sufrir y sangrar; por encima de la descarada murmuración de improvisados censores que desearían indicarle nuevos caminos, amenazándola tal vez con tales o cuales desgracias, alegando que no camina al ritmo de los tiempos y de los acontecimientos, la Iglesia continúa con paciencia y longanimidad el ejercicio de su divina misión.

La presencia de todos los párrocos de Padua en la ceremonia de la Canonización de Gregorio Barbarigo es muy significativa a este propósito. Es la proclamación de los pastores de almas en contacto directo con el pueblo, que proclama en el nuevo Santo la figura del pastor sabio, prudente, que descubre los tiempos y métodos para el triunfo del Reino de Dios en las conciencias de los individuos, de las familias y de los pueblos.

En todas las épocas la Iglesia se entrega a su misión, que es ayudar al hombre a ser consciente de su vocación terrena y eterna, a apreciar en su justo lugar jerárquico los dones de la Providencia, a emplear rectamente la libertad, a posponer los intereses y caprichos personales a la fidelidad a los principios y al servicio del prójimo.

Queridos párrocos y sacerdotes: En todas las circunstancias de vuestra vida a menudo difícil, a veces espinosa, dirigid la mirada a las figuras austeras de los grandes obispos de la Iglesias de todos los siglos, de oriente y de occidente, de la cristiandad antigua y de la nuevas y florecientes diócesis que coronan el servicio misionero de los tiempos modernos.

Con distintas facetas encontraréis en cada uno de ellos la misma linfa purísima que alimentó la solicitud pastoral de San Gregorio Barbarigo.

La caridad con los pobres, la enseñanza de la doctrina, el cultivo de las vocaciones, el honor que rindió al resplandor de la cultura son suficientes para la gloria de un pastor; aseguran el éxito del apostolado en todos los tiempos y en todos los lugares.

El espíritu se alegra al saber que están aquí congregadas y representadas las energías más bellas de Venecia, Bérgamo, Padua y de todas las Iglesias vénetas, en perfecta fraternidad con la Iglesia madre de Roma y con muchas otras diócesis, instituciones religiosas y civiles presentes aquí para alegrar y animar la gran fiesta.

Padua sobre todo desea convertirse en la anunciadora feliz al mundo de la gloria actual del nuevo Santo.

Que así sea, queridos Hermanos e hijos, para honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la Santa Iglesia, para el provecho espiritual de nuestras almas, de todas las almas, a las que bendecimos una vez más de todo corazón, no sin antes pronunciar una expresión de especialísimo afecto para los pequeños, los enfermos, los pobres y los hijos y hermanos extraviados, que son objeto de nuestro amor, y que desearíamos conducir de nuevo con nuestro apostolado y con la llama de nuestro ejemplo al amor de Jesús y a la dulce familiaridad con él.


*  Discorsi, messaggi, colloqui, Vol. II, pags. 367-377.

 

 

top