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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS DELEGADOS DE LA "CARITAS INTERNATIONALIS"
*

Castelgandolfo
Miércoles 27 de julio de 1960

 

Queridos hijos:

Es una alegría para Nos dar hoy la bienvenida a los miembros de la quinta Asamblea general de la Conferencia internacional de las Cáritas católicas, que ha venido a celebrar en Roma el segundo aniversario de su fundación.

Primeramente nos complacemos, queridos hijos, en evocaros como agradable recuerdo, que Nos vimos colocar los primeros jalones de esta Caritas internationalis en 1947 en París, cuando representábamos en Francia a la Santa Sede. ¡Qué largo camino ha recorrido desde entonces esta gran organización que ahora agrupa cuarenta y tres naciones a cuyos dignos representantes tenemos el placer de saludar aquí! Asimismo ¡qué excelente trabajo realizado en el espíritu del Evangelio, cuyos testigos activos sois y del que vuestra caridad os hace los apóstoles eficaces! De todo corazón elevamos nuestra oración, a la que se une la vuestra, estamos seguros, para dar gracias al Señor por tantos favores recibidos y por tantas obras realizadas en este hermoso ministerio de la caridad.

Pero ¡cuántas miserias que aliviar todavía en el mundo! Por eso habéis querido consagrar los trabajos de esta Asamblea a "la necesidad de una pastoral de la caridad en el mundo contemporáneo". Muy por encima de la obra efectuada por la Conferencia internacional de las Cáritas católicas, queda todavía, sin duda, mucho por hacer para que los católicos de todo el mundo sean más solícitos en cumplir con su deber en este campo, y para dar más eficacia al conjunto de sus cooperaciones en el plano internacional.

Se trata, como ya lo habéis comprendido perfectamente de crear en los católicos un clima de caridad, una especie de emulación contagiosa en que cada uno se sienta apremiado a dar lo que tenga, a hacer lo que pueda de todo corazón. Se trata también, en un mundo sensible con tanta frecuencia a las relaciones basadas en la fuerza y casi únicamente preocupado de aplicar una justicia a veces demasiado estrecha, de rehabilitar la verdadera noción de caridad y de devolver el honor a las humildes obras de misericordia, "cuya práctica la Iglesia recomienda tan encarecidamente a sus hijos" (Mensaje en la apertura de la campaña de la FAO contra el hambre; L'Osservatore Romano, 3 de julio1960).

Se trata, sobre todo de coordinar la acción caritativa en el Plano internacional, para que la solidaridad de los católicos hacia sus hermanos necesitados y muy especialmente hacia los que son afectados por repentina catástrofe, pueda manifestarse con rapidez y eficacia, y esta es vuestra tarea insustituible. Al organizar, utilizando los medios técnicos apropiados, la caridad de los católicos en escala mundial facilitáis a la Iglesia el que esté constantemente presente y operante allí donde alguien sufra en el mundo. Así lleváis a cabo una adaptación efectiva de la caridad a las necesidades de los verdaderos pobres de hoy, cuya miseria hay que aliviar, y hacéis más eficaces los socorros que proporcionan los católicos para aliviar la miseria humana.

Haciendo esto, sois buenos imitadores de San Vicente de Paúl, cuyo tercer centenario ha celebrado la Iglesia recientemente con la debida brillantez. Ponéis en práctica la consigna que os dimos entonces: "La caridad, alimentada y practicada por móviles e intenciones siempre y únicamente sobrenaturales de un San Vicente de Paúl, exige en muestro tiempo, además de los procedimientos tradicionales, iniciativas y métodos nuevos" (Carta de S. S. Juan XXIII a William Slattery, Superior General de la Congregación de la Misión, 20 de febrero de 1960, AAS., vol. LII, pág. 147 y sig.). Así como hace tres siglos San Vicente de Paúl despertó numerosas vocaciones abnegadas para servicio de los desamparados, al mismo tiempo que coordinaba sus esfuerzos, es necesario suscitar también hoy en la Iglesia los apóstoles generosos y desinteresados que necesita la miseria del mundo. Igualmente es necesario también que hoy la caridad de los católicos sea para todos los hombres un testimonio palpable de la misión salvadora y universal de la Iglesia de Cristo.

Os felicitamos, queridos hijos, por haber tomado con interés nuestras exhortaciones paternales a todo el orbe católico en nuestra reciente Encíclica Princeps Pastorum, para que todos practiquen "esta caridad, que es la señal distintiva del cristiano, caridad que se aparta de toda discriminación racial, que abre los brazos y el corazón a todos, hermanos y enemigos" (AAS, LI, 1959, pág. 853). Cada uno sabe la parte que habéis tomado en el hermoso esfuerzo de solidaridad que se ha manifestado en todo el mundo en favor de las víctimas de las recientes catástrofes, muy especialmente en Chile. Y Nos alentamos y bendecimos de todo corazón vuestros proyectos de ayuda fraternal a los países de África, Asia, América Latina, ayuda inmediata indispensable para procurar pan a los que padecen hambre, ayuda a más largo plazo también y no menos importante para permitir a esos países, en vías de desarrollo, alcanzar una sana economía que permita a sus habitantes una vida más humana.

Por último, queremos repetiros, al concluir la amable conversación de esta mañana, los alientos que dimos, hace poco, a los representantes de las Obras de misericordia de Roma: "¡Que también vosotros sepáis estar llenos de fe y del Espíritu Santo, de gracia y de fortaleza, como el santo Levita Esteban, para responder dignamente a las esperanzas que la Iglesia pone en vosotros, y para realizar con un esfuerzo de perfección las distintas obras confiadas a vuestra compasión cristiana!" (L'Osservatore Romano, 22-23 de febrero de 1960).

Con esta confianza y todos nuestros votos y mayores estímulos paternales porque continuéis vuestra tarea, invocamos sobre vosotros la abundancia de las gracias divinas en prenda de las cuales os impartimos de todo corazón una copiosa Bendición Apostólica.


* AAS 52 (1960) 767-769;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 444-447.

 

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