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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LA COMISIÓN CENTRAL PREPARATORIA
DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
*

Lunes 12 de junio de 1961

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

Con viva alegría os damos nuestra cordial bienvenida en esta aula del Palacio Apostólico, cuando está todavía vivo en Nos el dulce eco de la solemne novena por la fiesta de Pentecostés, celebrada en toda la Iglesia católica con fervor de plegarias, conjuntamente con Nos, para implorar del Divino Espíritu abundancia de luces celestiales sobre los trabajos preparatorios del futuro Concilio Ecuménico Vaticano II.

Nuestro corazón se abre aún más a la esperanza del mejor éxito viendo aquí reunidos, en tan relevante número y de todas las partes del mundo, insignes representantes del Sacro Colegio Cardenalicio, del Episcopado y de antiguas y más recientes, pero igualmente beneméritas, Familias Religiosas.

La Divina Providencia nos ha concedido ver germinar pronto y felizmente ante nuestro ojos la pequeña semilla que arrojamos con familiar sencillez y plenísima confianza en los corazones de los venerables señores cardenales en aquel encuentro del 25 de enero de 1959, en la Basílica Ostiense, cuando por primera vez os hablamos del Sínodo Romano, del Concilio Ecuménico y de la actualización del Código.

¡Ah!, realmente a Domino factum est instud, et est mirabile in oculis nostris (Ps. 117, 23). Llegará también, y pronto, la hora para la puesta al día del Código de Derecho Canónico.

Mientras tanto, hace ya un año que el Sínodo Romano ha entrado en vigor y conviene publicar de nuevo el volumen, pues tan fervorosa es su demanda desde los puntos más lejanos de la catolicidad. La expectación ante el Concilio está extendidísima y es serena y cortés, no sólo por parte de nuestros queridos hijos, sino también de aquellos que están fuera de la Iglesia. Todo ello es motivo de tranquilidad y de aliento para proseguir el buen trabajo.

Mientras tanto se ha completado y recogido ya en quince gruesos tomos la colección de criterios y deseos de los Obispos y Prelados; de las propuestas de la Curia Romana y de los estudios de las Universidades. De esta gran mies se han seleccionado los diversos puntos doctrinales y prácticos que forman el objeto del estudio de las Comisiones Preparatorias.

Estas y los Secretariados por Nos constituidos se vienen dedicando con empeño y diligencia al paciente trabajo, como Nos mismo hemos podido comprobar, asistiendo a algunas sesiones de estudio.

Debemos ahora bendecir al Señor por que nos conduce a una nueva fase del arduo camino. Entra en acción la Comisión Central, la más alta e importante, cuya secretaría, desde su constitución, ha desplegado una intensa actividad.

Toda asamblea es tanto más fructuosa cuanto con mayor orden se desenvuelven sus trabajos. De ahí que a vosotros, venerables hermanos y queridos hijos, os corresponde proseguir vuestro trabajo y atender al estudio y los problemas relativos a la convocatoria, desenvolvimiento y a la vida misma de las futuras sesiones conciliares.

Pronto seguirán a estas primeras sesiones otras para la revisión de los proyectos de esquemas elaborados por cada una de las Comisiones Preparatorias.

¡Trabajo arduo y muy delicado el vuestro! En él resplandecerá la luz de aquella prudencia, doctrina, sabiduría y experiencia con que el Señor os ha dotado.

Vosotros estáis llamados a participar más de cerca en nuestros cuidados por el éxito feliz del grandioso acontecimiento. Hemos querido, por ello, desde esta primera reunión, traeros nuestra palabra y nuestra confortadora bendición.

Vuestra presencia descubre los más vastos horizontes que la Iglesia entera presenta en vosotros sus miembros más elegidos para la colaboración con el humilde sucesor de Pedro y os confía también sus aspiraciones y anhelos. Pero esta reunión nutre también las más suaves esperanzas que hay en el fondo de nuestro pensamiento al igual que, de ello estamos seguro, forman también parte viva en vosotros.

De hecho un Concilio es un acontecimiento destinado a dejar una huella indeleble en la Historia de la Iglesia. Ha sido así en todos los que ya se celebraron, en esas veinte constelaciones que brillan en la Iglesia y que encantan y fascinan la mente en la consideración de todas las grandiosas consecuencias de ellas derivadas por lo que respecta a la pureza de la doctrina, la santidad de las costumbres, la piedad religiosa, la disciplina eclesiástica, el impulso misionero...

Las disposiciones de los diversos Concilios han sido el germen fecundo del que, en todas las épocas, han germinado empresas de todo género. Al Concilio Lateranense IV, por ejemplo, siguió una organización precisa y generosa de la evangelización en las regiones devastadas por la herejía. Después del Concilio de Trento, más cercano a nosotros y por tanto más familiar, hubo un florecer de instituciones para el incremento de la caridad, para la tutela de la sana doctrina, para una mayor y más amplia santificación del clero.

Las condiciones históricas que acompañaron a los Concilios nos permiten, con plena confianza en el Señor, más aún, casi nos obligan a abrir más el ánimo a la esperanza en la seguridad de los frutos que se obtendrán también de este Concilio y en que cuantas seguirán trabajando después de nosotros podrán ciertamente recogerlos con mayor abundancia.

Por esto hemos promovido la invocación, con particular fervor, del Espíritu Santo en la reciente novena de Pentecostés, y no cesaremos de invitar a nuestros hijos y a lodo el mundo a rogar al Señor para que fecundice con su gracia esta obra grandiosa.

Ahora bien, para que el trabajo, ya tan diligentemente realizado por las Comisiones Preparatorias, sea sometido a conocimiento de la Comisión Central, deseamos que los presidentes de cada una de las Comisiones y Secretariados nos den una sucinta relación.

En los días siguientes se examinarán las cuestiones relativas a la celebración del Concilio que han sido sometidas ya a vuestro estudio.

Nos es muy especialmente grato presidir estas reuniones; pero si nuestros deberes pastorales nos impidieran participar en ellas personalmente confiamos la tarea de dirigir la discusión al eminentísimo Cardenal Presidente de la Comisión o del Secretariado a que corresponda la materia sobre la que se discuta. Y puesto que los temas que son tratados en las reuniones de estos días corresponden exclusivamente a la Comisión Central, en nuestra ausencia dirigirá la discusión el Eminentísimo Cardenal más anciano.

Séanos propicio con sus gracias el Divino Paráclito a quien hemos suplicado ardientemente; escúchenos María, nuestra abogada; ayúdenos San José, patrono de la Iglesia.

Después de esta alocución, Su Santidad concedió la palabra a los presidentes de cada una de las Comisiones y de los Secretariados preparatorios del Concilio a fin de que informaran a la Comisión Central sobre los trabajos hasta ahora realizados. Siguió una relación de Mons. Felici, Secretario general, sobre la actividad de la Comisión Central.

Terminada ésta, el Augusto Pontífice dirigió a los reunidos el siguiente discurso de clausura y de fervoroso augurio

Esta primera reunión de la Comisión Central del Concilio Ecuménico bien merecía unas palabras de apertura, cual, las hemos dirigido en nuestro primer encuentro como indicación de normas directrices, de augurio y de aliento para este más solemne comienzo de nuestros trabajos.

Ahora, al terminar, las palabras de auspicio nos vienen dadas del breviario y del misal.

Acudimos a los tres santos de la liturgia de estos tres días. San Bernabé, ayer; San León III Papa, con los santos Juan de S. Facundo, y los mártires Basílides, Girino, Nabor y Nazario, hoy; San Antonio de Padua, mañana.

De todos nos viene dado como resumen la general advertencia evangélica: Nolite timere pusillus grex, quia placuit Patri vestro dare vobis regnum (Lc 12, 32).

En primer lugar, Bernabé, primer compañero de San Pablo y después de San Marcos en el apostolado activo, llamado filius consolationis (Act 4, 36), vir bonus, et pienus Spiritu Sancto (ib. 11, 24).

Después, San León III, Pontífice, de la fiesta de hoy, piísimo, mansísimo, brillante, de singular amor de Dios, de caridad hacia el prójimo, de prudencia en la administración; padre de los pobres, defensor de la Santa Iglesia, promotor del culto divino; servidor insigne de Cristo y de la catolicidad, nombre unido a la corona y a las gestas de Carlo Magno, y desde Letrán, durante veinte años, luz preclarísima de civilizaciones cristianas. Junto a San León III se celebra hoy en el sagrado rito a San Juan de S. Facundo que también viene a asociarse a las intenciones santas de nuestro Concilio, ya que él fue en la tierra mirifica dissidentes componendi gratia decoratus. Con él forman corona nuestros mártires romanos de la vía Aurelia, al primero de los cuales dedicó y restauró San León III una antigua basílica sobre la vía Merulana.

Para mañana, San Antonio de Padua, cuyo culto es continuación de un poema amado y bendito de popular y universal piedad; su vida fue y continúa siendo ejercicio de fervoroso apostolado. De esta selecta compañía celestial recabamos el auspicio de un feliz éxito en la preparación de nuestro Concilio del que hoy es parte previa e importante trabajo esta reunión.

Las palabras que la liturgia de hay continúa repitiéndonos nos sean propicias. Estas se conjugan y condensan en el acento evangélico: Nolite timere, pusillus grex (Lc 12, 32). Capilli capitis vestri omnes numerati sunt (Lc 12, 7)). Esto para nuestro consuelo: Nolite timere, multis passeribus pluris estis (Lc 12, 7).

Particular característica de esta nuestra reunión es levantar nuestros ánimos en comunión con la Iglesia triunfante. Los santos nos miran desde el cielo, nos siguen en nuestro camino y, alegres, ven crecer y ensancharse la obra por ellos iniciada sobre la tierra.

Sírvanos esto de aliento al comienzo de estos nuestros trabajos y sea de feliz augurio para el futuro.

Con estos votos impartimos a todos vosotros aquí presentes, de todo corazón, la Bendición Apostólica, prenda de la ayuda divina.

 


* AAS 53 (1961) 495-499; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 322-327.

 

 

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