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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
AL CENTRO TURÍSTICO JUVENIL
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Domingo 24 de septiembre de 1961

 

Queridos hijos:

Vuestra manifestación pone una nota alegre que corona este cuarto domingo de septiembre. El primero estuvo marcado con el encuentro con los queridos alumnos del Colegio Urbano de "Propaganda Fide"; el segundo por la súplica por la paz y por el triste llamamiento a la prudencia dirigido a los hombres de estado y de gobierno de todo el mundo; el tercero, por la serena presencia de los ganadores del concurso "Veritas" para un conocimiento más profundo de las verdades reveladas. Finalmente, nos traeis el fruto decenal del "Centro Turístico" y nos ofrecéis los buenos propósitos para el futuro. ¡Sed bienvenidos y Dios os bendiga!

Así, pues, este mes se ha visto alegrado con encuentros juveniles y también aquel solemnísimo del 10 de septiembre se caracterizó por el gran número de jóvenes que proclamaron en voz alta pensamientos y obras de paz.

Sin otra introducción, como conviene a quien en el espacio de algunas horas ha sabido reunir de los más remotos lugares una asamblea tan vibrante de hermanos, vamos a dirigiros unas palabras.

1. Diez años de actividad benéfica y tranquila pueden merecer con justa razón la amable atención de la opinión pública. Y vosotros habéis sabido suscitarla con gentileza. El estatuto del Centro Turístico es sencillo, lineal, al alcance de todos; vuestro movimiento actúa a la luz del sol. Pues bien, en este instante de reflexión sobre el trabajo realizado, todos los que os conocen pueden alegrarse por el puesto que ocupáis con dignidad junto a otras beneméritas y nobles instituciones que persiguen, al menos en parte, vuestro mismo objetivo.

Vosotros nos comprendéis. Por el hecho de ser una obra de la Acción Católica el Centro Turístico tiene una fisonomía muy definida cuyos rasgos deriva de la inspiración profunda del apostolado católico, de los medios que le impulsan, de los fines a que tiende. Y estos, conviene decirlo claramente, no son puramente recreativos.

El vuestro quiere ser un servicio que corresponde no sólo a las exigencias naturales de los jóvenes para moverse, adquirir nuevos conocimientos, para encontrarse con coetáneos de otras regiones y países, sino para transformar toda la actividad turística como medio de perfeccionamiento interior, de verdadera y constructiva fraternidad, de elevación a Dios.

2. El fenómeno del turismo, aunque con diversos nombres, es antiquísimo; en notables proporciones lo es desde hace casi medio siglo, pero de modo relevante es una señal de nuestra época.

Como todas las manifestaciones de la vida humana, presenta aspectos positivos y negativos. Dejamos hoy a un lado estos últimos, los conocéis o imagináis. Vuestro movimiento surgió precisamente con el empeño de superar los aspectos inquietantes del turismo.

Nos, que peregrinamos a Tierra Santa en los albores de nuestro sacerdocio en 1906, cuando se viajaba con muchas más incomodidades que hoy no se logra soportar, nos limitamos a recomendar vivamente que las nuevas formas de turismo no apaguen el sagrado fuego de los antiguos romeros.

¡Dios os libre de reducirlo todo a una carrera angustiosa, a una acelerada visión, a un simple paseo o diversión dominical, como se acostumbra a decir.

La playa del mar es una cosa, las ruinas de los monumentos antiguos otra, pero el santuario, los lugares santificados por los recuerdos de los santos requieren una preparación, porte, espíritu que denota educación, respeto, correspondencia de sensibilidad interior.

Os dejamos las múltiples aplicaciones de esta simple indicación.

Es natural en el Papa la preocupación por que los católicos más distinguidos logren elevar y santificar esta nueva manifestación de vida social. Y, sobre todo, ruega para que los defectos que pueden hacerla degener hallen como un dique en las formas más serenas, disciplinadas, fraternas, concebidas y propuestas por nuestra querida Acción Católica.

3. Por último, una recomendación más insistente.

El Concilio Provincial Véneto que promulgamos en 1953, el XXXI Sínodo Diocesano del Patriarcado de Venecia que celebramos en 1957 y el Primer Sínodo Romano que la Providencia nos concedió el honor y el gran consuelo de presidir y ratificar, se interesan aquí y allá, más o menos explícitamente, por los problemas que suscita el turismo y por los inconvenientes que, mal entendido, puede acarrear a la vida doméstica, parroquial e incluso civil.

No hay lugar ni éste es tiempo para profundizar en los aspectos más interesantes y graves del problema. Pero, ¿queréis que el Papa no sienta vivo el deber de proclamar con todas sus fuerzas la actualidad y santidad del precepto divino? Acordaos de santificar las fiestas. Lo repetimos, pues, queridos hijos, y no sin un atisbo de tristeza que vosotros compartiréis.

El turismo, sus necesidades, su rapidez, no atenúan la amplitud del mandamiento del Señor. Y vosotros sabéis que no se cumple contentándoos con oír la santa Misa. El precepto se amplía hasta comprender, además del reposo festivo, la oración más intensa y continua, la instrucción religiosa, la reunión familiar y la generosa dedicación a las obras de misericordia.

El citado Concilio Provincial Véneto manda a los sacerdotes que inserten en el programa de las giras turísticas, y no sólo de las peregrinaciones, la pequeña función vespertina. Quod est in votis, que se cumpla siempre no sólo en aquella querida región conciliar, sino por doquier. Esto es conforme al espíritu de la Santa Iglesia y de la piedad y del buen nombre cristiano.

Queridos hijos: El Evangelio de hoy, según San Mateo, comienza con estas admirables palabras que podríais hacer vuestras:

Subió Jesús a una barca, hizo la travesía del lago y vino a su ciudad (Matth. 9,1).

Que también vosotros subáis a la barca donde está Jesús, navegar con Él y llegar a su ciudad, que es la Jerusalén terrena y celestial, el lugar de la paz, de la gracia, de la bendición.

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 433-436.

 

 

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