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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
EN LA CLAUSURA DE LA SEGUNDA SESIÓN DE LA COMISIÓN
CENTRAL PARA LA PREPARACIÓN DEL CONCILIO
*

Viernes 17 de noviembre de 1961

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

La alabanza del Señor resuene en la asamblea de los elegidos (Ps. 149, 1). En esta reunión, con la que terminan los trabajos de los días precedentes, debemos, ante todo, dar gracias a Dios con humilde alegría, porque ha iluminado con su luz vuestras inteligencias. Los frutos, llenos de esperanza, que hemos visto madurar en vuestro trabajo, y nos alegramos de recoger, dan, en efecto, una clara confirmación de que la ayuda divina no falta al trabajo hecho en común.

Os damos también nuestra paternal congratulación por haber llevado a término las tareas confiadas con asiduo interés, voluntad generosa y una continuidad que no conoce descanso. En las discusiones, realizadas con pericia, ha resplandecido vuestra devoción a la Santa Iglesia: en ellas habéis tratado con claridad todo lo que se refiere a las necesidades de la Iglesia y al provecho de las almas; los esquemas que se os han propuesto para examinar han adquirido una formulación más completa, y, enmendadas por obra de las recientes subcomisiones, serán a su tiempo expuestas al juicio de los Padres del Concilio, en la manera más conveniente.

A la vez que os damos gracias por vuestro unánime interés os podemos confiar con razón que la empresa del Concilio tendrá un feliz éxito.

Nos complace también el hecho de que el público, y especialmente los periodistas, han seguido con atención y con laudable respeto vuestros trabajos. Es evidente que no se puede hacer público todo lo que se ha tratado, siendo conveniente una cierta reserva, sobre todo dado que la Oficina de Prensa del Concilio ha procurado difundir las noticias todos los días; pero el general favor con que tales informaciones han sido escuchadas es un buen presentimiento.

Al inaugurar nuestras sesiones os citamos las palabras del profeta Ezequiel, relativas a un antiguo cántico. Y ahora, al final de nuestro coloquio, queremos volver con el pensamiento a aquel himno para invitaros a una alegría confiada y serena.

La Iglesia eleva siempre su canto. Su voz, como escribe San Agustín, "es una sonora confesión de fe, una devoción llena de autoridad, una alegría que nace de la libertad" (In Ps. I Enar., PL 14, 963).

Ella, en efecto, invita a los hombres a superar las circunstancias presentes y a elevar el corazón y la mente. Toda la tarea de la Iglesia está dirigida a este fin, lo mismo el noble esplendor de su enseñanza que la armonía de sus leyes y que la suavidad llena de tristeza de la liturgia de los difuntos.

No temamos; las presentes dificultades no podrán interrumpir este cántico. Por esto, las palabras que os dirigimos, como saludo paterno, quieren ser también un himno, lo cual viene a confirmar vuestra actividad, tan apreciada por nos, y a dar las gracias por vuestra prolongada presencia en Roma para las reuniones de la Comisión Central y por el interés con que estáis dispuestos a volver cuando sea necesario.

Venerables hermanos y queridos hijos: Levantaremos siempre nuestro canto a Dios; lo hemos entonado durante todo el curso de nuestra vida; con esta disposición de ánimo hemos aceptado la tarea pontificia y pensando en el Concilio. "Bendeciré siempre al Señor. Su alabanza estará siempre en mis labios" (PS. 33, 2),

Al mismo tiempo que nos es agradable confiaros estas palabras, os testimoniamos de nuevo nuestra viva benevolencia y satisfacción. Y para que vuestro gozo sea completo, os impartimos la bendición apostólica, como confirmación de nuestros deseos y como renovada animación a vuestras preclaras actividades.

 


* AAS 53 (1961) 731-733;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 41-43.

 

 

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