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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
A LAS ARCHICOFRADÍAS DE VENECIA
*

Sábado 16 de diciembre de 1961

 

Señor Cardenal:

Sus amables palabras han sido un constante recuerdo de las personas, de los lugares, de las circunstancias que la presencia de las archicofradías hace ahora más sensible.

Habéis dicho, señor Cardenal, que los venecianos no olvidan Nuestro servicio de seis años. Tenemos continuas, repetidas pruebas que confirman la impresión que de los años de Nuestra juventud conservamos de Venecia, buena y gentil. Pero queremos decirlo en seguida, también vosotros y vuestras instituciones estáis siempre en el corazón del Papa.

Queridos hijos: Podéis creer que al poner al pacífico león de San Marcos en nuestro escudo de patriarca primeramente, y conservarlo después, no respondía a una simple exigencia de composición heráldica, sino a una inclinación del corazón.

Los estudios históricos a los que dedicamos algún tiempo de Nuestra juventud sacerdotal, permaneciendo siempre naturalmente inclinados a ellos, y los estrechos lazos que cuatro siglos de pertenencia del pueblo bergamasco en la vida de Venecia dejaron en la tradición patria, Nos hicieron familiar vuestra ciudad. La historia religiosa tiene acontecimientos particulares, cuya eficacia es determinante. Baste pensar en los obispos que la Serenísima, casi ininterrumpidamente durante cuatro siglos, dio a Bérgamo, hombres de virtud y de buen sentido, de celo pastoral distinguido, entre los cuales brilla San Gregorio Barbarigo con mayor esplendor, como una estrella de luz vivísima.

Así, pues, el león del Evangelista, inserto en Nuestro escudo, adquiere un relieve particular. Pues por dos veces en este siglo el símbolo de Venecia —que se resume en las palabras pax et evangelium— se muestra ante todo el mundo, como para renovar las relaciones de filiación que unieron a Pedro con su fiel intérprete: Salutat vos... Marcus filius meus (1Petr. 5, 13)

Por esto, la reunión del Padre anciano con sus hijos de Venecia está, y estará siempre, envuelta en la más estrecha sencillez y ternura. Hoy, pues, quiere tener un timbre particular, porque el saludo de la Reina de los Mares Nos es traído por medio de los representantes de las archicofradías, que es como decir por las antiguas y gloriosas instituciones en las que resplandece de una manera particular el espíritu religioso y caritativo de un pueblo entero. En la historia de estas archicofradías se advierte el palpitar de la fe y del amor de vuestra ciudad dedicado a trabajos egregios, en los cuales los hermanos podían esperar su propia santificación, y al ejercicio de formas múltiples de caridad. Lo antiguo se une con lo nuevo, porque aquella misión de piedad y apostolado continúa todavía hoy. En esta misión de continuidad de tan nobles tradiciones cristianas, deseamos escoger dos puntos luminosos.

La única ciudad nacida cristiana

1. La tradición antigua de Venecia resplandece en singular dignidad: noble y sagrada, ella ha querida mantenerse como tal a través de la Historia. De hecho Venecia es la única ciudad de Occidente que nacíó cristiana, con la impronta viva del cristianismo estampada en sus primeras formas de vida organizada. Su horizonte se extiende casi hasta tocar el Oriente, abrazando en la fe cristiana las más lejanas regiones abiertas a su influjo.

Tiene esto un doble relieve, que conserva su valor.

Se puede, pues, afirmar que la inspiración de las leyes y del gobierno aristocrático-popular de Venecia no conoce otra fuente, ni se ha acogido jamás a otra legislación que a la divina; al Evangelio de Cristo, proclamado en alto por su emblema glorioso; al respeto y al culto de las cosas y personas sagradas.

Un profundo sentido religioso hace brotar, desde sus orígenes, las obras e instituciones, aparecen en sus iglesias, se expresa en sus confraternidades. He aquí el surgir industrioso de los edificios sagrados, levantados por todos los habitantes en competición —no sin cierta ingenuidad y picardía— para enriquecer el propio templo de preciosas reliquias, de exquisitas obras de arte, de esplendorosas vestiduras para el servicio divino. He aquí el florecer de la vida religiosa y monástica; la formación de las asociaciones de oración y caridad. En todas estas obras es manifiesta la colaboración de todos los ciudadanos, porque en Venecia desde la más remota antigüedad la fe y la práctica cristiana tuvieron características especiales por la asociación de los fieles y el respeto por una digna vida eclesiástica.

Asociaciones de fe y de arte

2. Esta noble tradición, con la que Venecia puede congratularse, se continúa felizmente con el fervor de hoy. He ahí, por ejemplo, las archicofradías, que han superado las dificultades de los tiempos. Ellas, como se dice, se han puesto al día, sin perder, sin embargo, nada de su brillo más significativo, su antiguo marco tan pintoresco y magnífico. Vosotros sois representantes y estáis aquí con nosotros en nombre de vuestros hermanos, como los veíamos reunidos en las antiguas y espléndidas sedes, renovándonos la promesa de fidelidad a la Santa Iglesia y al Evangelio de Cristo.

Nos place saludar primeramente a la Escuela que se embellece con Nuestro mismo nombre de San Juan y que este año ha celebrado su séptimo centenario, pues fue fundada en marzo de 1261. Su historia es el triunfo de la fe y de la caridad, que lleva consigo inspiraciones continuas por la devoción a la Cruz, y que brilla también por las dignísimas formas artísticas que le han acompañado a lo largo de los siglos.

Después el saludo se extiende a las demás Escuelas gloriosas. Dejadnos la dulce visión en los ojos, que conservamos aún intacta a pesar de la distancia. ¡Qué bellos nombres, y qué espléndidas iglesias y edificios! Además de la Escuela, ya mencionada, de San Juan, con "Los Milagros de la Cruz", de Gentile Bellini, en un tiempo en ella conservados; "San Roque", del Tintoretto, en aquel complejo arquitectónico que eleva y emociona; "San Jorge de los Esclavos", con las admirables historias de los "Santos Dálmatas", de Carpaccio; los "Carmini", con los triunfos marianos de Tiépolo, y no menos queridas y apreciadas, Santa María de la Caridad, la más antigua Escuela Grande que el año pasado celebró también su séptimo centenario; Santa María de la Misericordia y San Marcos, que también este año cumplen sus siete siglos de vida; finalmente, San Teodoro, renacida a una nueva primavera, y la Santísima Virgen del Rosario, en San Zanipolo. En esta última, pensamos muchas veces con ternura por la devoción del rosario que ella recomienda, y también Nos salta espontánea una sonrisa al recordar aquel monumento ecuestre que tiene delante, de Nuestro coterráneo Bartolomé Colleoni, que fue un gran devoto de María Santísima.

Las Escuelas grandes o menores son expresiones llenas de una sola fe y de un solo fervor, que animan aún a los hijos de nuestro época.

En este depósito sagrado de recuerdos, de ilustraciones artísticas y de obras benéficas está la prensa de la fidelidad inmutable a todo lo que no pasa, y que está al día con la naturaleza: el conocimiento de la verdad revelada, el servicio a los pobres, a los necesitados, en los cuales está Cristo; sí, queridos hijos, Cristo, el que fue amado tiernamente por San Juan, servido por San Roque en los apestados, llevado en sus espaldas —como cuenta la piadosa leyenda— por San Cristóbal, que habéis escogido como patrón de la devoción a las ánimas. Este es el camino seguro que tenéis trazado, que queréis recorrer con generosidad y fervor, encomendando al que venga detrás de vosotros la antorcha del ejemplo que habéis recibido de vuestros padres, y que custodiáis con particular afecto.

Continuad la siembra, queridos hijos, en este surco antiguo. Se os exige la práctica constante y fiel del cristianismo, en el ejercicio de las virtudes teologales y de las obras de misericordia: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas..., amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éste" (Marc., 12, 30-31).

Señor Cardenal, queridos hijos: Vuestra visita ha causado en Nuestro ánimo una suave consolación, y por esto Nos ha sido grato extendernos en una efusión de paternales sentimientos de complacencia y de ánimo. Volviendo a Venecia, llevad el saludo del Papa a la ciudad que siempre está en su corazón y decid a vuestros hermanos, a vuestros conciudadanos y condiocesanos que les seguimos con paternal interés en la prosecución de las obras antiguas, realizadas con un nuevo fervor.

Y especialmente pedimos para todos, para que sepan tener espíritu de fe y caridad fraterna, para hacer resplandecer de luz el rostro antiguo y nuevo de la Venecia cristiana.

Estos Nuestros anhelos deseamos confiar a la intercesión de la Virgen, lo mismo bajo la invocación de Nicopeia, "portadora de victorias", que de Mesopanditissa, "mediadora en la paz". A la intercesión de los celestiales patronos de la ciudad —ante todo de San Marcos, de San Lorenzo Justiniano y de San Pío X— de cuyo culto se distinguen particularmente los archicofrades de San Roque; mientras, Nuestra apostólica y confortadora bendición desciende sobre vosotros aquí presentes, como también sobre los sacerdotes y toda la población del patriarcado.

Una última palabra, que os dirigimos en tono confidente quiere ser augurio para todos vosotros y también motivo de participación de los sufrimientos del Papa. Hace poco hemos invitado a la plegaria por el Congo ensangrentado. Uníos a Nuestra súplica, queridos hijos. El sello de esta palabra se encuentra en el libro del Eclesiástico y basta para el perfecto conocimiento de nuestras almas: "Os conceda el Señor la sabiduría del corazón y se encuentre la paz entre vosotros" (Eccle., 50, 23).

 


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 95-100.

 

 

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