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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LA CONFEDERACIÓN DE CULTIVADORES DIRECTOS DE ITALIA
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Miércoles 11 de abril de 1962

 

El comienzo de la primavera nos reserva la alegría de este encuentro con vosotros, queridos hijos e hijas de la Confederación de Cultivadores Directos de Italia. Junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles, vuestra presencia es un espectáculo de fe y de generosidad cristiana, flor de esperanza y de santos propósitos, prenda de frutos copiosos para vuestras familias y para la sociedad.

Con corazón generoso os damos una amplia y paternal bienvenida.

La particularidad del año litúrgico hace que vuestra reunión se desarrolle en la inminencia de la Pascua, en la atmósfera de trepidante esperar y participación en los misterios más altos y conmovedores de nuestra santa religión. La augusta sencillez y la sugestiva belleza de los ritos de estas semanas hablan al corazón de todos, grandes y pequeños, tocando sus fibras más profundas; y proponen a la meditación la grandeza inconmensurable del amor de Cristo a los hombres, en las etapas dolorosas, y también brillantes, de su bienaventurada Pasión, de su Muerte dolorosa, hasta los resplandores de su Resurrección.

La Pascua, con los sagrados ritos que la acompañan, se celebra, especialmente entre las gentes campesinas, como una manifestación de la vida cristiana que se renueva. Ahí están los retiros pascuales, para disponer el alma a la purificadora limpieza de la penitencia; ahí están las filas compactas de hombres y de jóvenes, sin citar a las madres de familia y a las jóvenes hacia la Mesa Eucarística, al encuentro fervoroso con el Divino Salvador.

Los ritos, celebrados con decoro y participación activa del pueblo, repitiéndose antiguas y profundas tradiciones, que en las diversas localidades están revestidas de sugestivos matices, tienen una profunda finalidad educativa: en las procesiones del Viernes Santo, en las que es llevado en triunfo Cristo bendito, es la glorificación del dolor la gran lección, en la que el hombre aprende a sublimarse y a darse, con la mirada puesta en la cruz. Luego en la pausa del Sábado Santo, la tristeza sofocada por el gozo de la vigilia pascual, cuyos místicos fulgores se reflejan en las almas, inundándolas de la luz de la Resurrección.

También el entusiasmo de los pequeñitos que se preparan a la primera comunión, que es tan elocuente y que llena de suavidad a las familias.

En estos puntos, toma relieve nuestro encuentro de hoy, queridos hijos trabajadores de la tierra; y la finalidad misma de vuestro Congreso adquiere un tono admirable de enseñanza y elevación.

Es verdad que nuestras preocupaciones —según los temas más recientes propuestos a vuestra consideración y a la de cuantos se deben preocupar por vuestro movimiento— están encaminadas a formular especiales demandas a los legisladores de vuestro país para el desarrollo de la economía agrícola, y para la elevación de un modo acorde con la dignidad humana vuestra condición de vida y de trabajo, y para obtener ulteriores y oportunos beneficios de los que puedan disfrutar otros trabajadores. De esta manera los dos Congresos de los Grupos de Mujeres Rurales y de Jóvenes Cultivadores han deseado una vez más, respectivamente, subrayar la nueva responsabilidad de la mujer en el mundo agrícola en transformación, y la posición del joven campesino, en el marco de la empresa familiar. Estos temas tienen un contenido de carácter práctico y han de profundizarse en toda la amplitud de sus aplicaciones.

En esta programación de medidas concretas para el sector agrícola, la Iglesia, madre de todos sus hijos, está junto a vosotros, y participa en vuestras preocupaciones. Ciertamente recordáis, el año pasado, al recibiros el 19 de abril, os anunciamos la publicación de la Encíclica Mater et Magistra que la llevábamos en el corazón "como una llama de doctrina y un propósito de caridad y fraternidad..., para el bien espiritual y material de todos los hijos de Dios, llamados a su conocimiento y posesión". La encíclica, entre otros problemas, afronta con nuevo empeño los problemas de la vida del campo, para proclamar las exigencias de mayor justicia en las relaciones entre los sectores productivos. De hecho, en estas páginas se encuentra el pensamiento de la Iglesia en lo que se refiere a la igualdad en los servicios públicos esenciales en el mundo rural; el desarrollo gradual y armónico del sistema económico; la demanda de una política económica apropiada en las imposiciones tributarias, en las mutualidades y seguros sociales, en la tutela de los precios y en la integración de los réditos, y finalmente en la plena adecuación de las estructuras de la empresa agrícola.

El presente Congreso vuestro —lo hemos advertido con satisfacción—, estudia estos temas y se preocupa por su aplicación. Pero éstos —permitidnos decirlo— no pueden agotarse en una enumeración de datos estadísticos y económicos, ni en una investigación de soluciones puramente técnicas y organizativas. La persona humana, redimida por Cristo y en camino hacia la vida eterna, es el sujeto de la agricultura, como de toda la vida social en sus diversas formas.

Esto es especialmente verdadero en vuestro trabajo, queridos hijos e hijas: "Sea porque —como decimos en la encíclica social— se vive en el majestuoso templo de la creación, sea porque se desarrolla con frecuencia entre la vida de las plantas y de los animales; vuestro trabajo es vida inagotable en sus expresiones, inflexible en sus leyes, rica en recuerdos de Dios Creador y providente... En el trabajo agrícola la persona humana encuentra mil incentivos para su afirmación, para su desarrollo, para su enriquecimiento, para su expansión también en el plano de los valores espirituales. Es por tanto un trabajo concebido como una vocación y una misión".

Así, pues, se eleva ante Dios y ante los hombres vuestra actividad, que en el pasado pudo parecer menos comprendida que lo es hoy.

No hay nada fácil para el mundo, queridos hijos e hijas; lo que vale se conquista con el sudor y con la fatiga, y hay que compadecer al que piensa de otra manera, pues demuestra quererse poner fuera del orden de la providencia. Pero junto a Jesús, con su gracia en el alma, el deber cotidiano se hace ligero, el dolor se transforma en instrumento de expiación y de redención, el hombre se dispone a entregarse por el bien propio, el de la familia y el de sus hermanos. Y de la aceptación de las dificultades de la vida crece la paz interior que produce fuerza y seguridad de carácter. Es necesario ciertamente hacer todos los esfuerzos para ponerse a la altura de las crecientes necesidades de una mayor justicia y equidad. Esta es la enseñanza clarísima de la doctrina cristiana; pero al mismo tiempo es preciso tener presente que sólo la fe y el amor de Dios pueden suavizar las angustias que surjan, aun de orden económico, e infundir energía para continuar ante la paciente fatiga de cada día.

¡Queridos hijos e hijas! Permitidnos repetirlo, estamos junto a vosotros en vuestras esperanzas, en vuestras alegrías y en vuestras más luminosas afirmaciones; con el augurio paterno y con nuestra oración cotidiana, que pide al Señor para vosotros todo cuanto vuestro corazón espera y desea con sencillez y rectitud.

Sea prenda de los bienes concedidos por la Providencia y de los celestiales auxilios, nuestra grande y propiciadora Bendición Apostólica, que hacemos descender sobre vosotros y sobre vuestros familiares lejanos, especialmente sobre vuestros niños, vuestros inválidos, sobre vuestros ancianos, invocando para todos sobreabundantes gracias del Señor.

 


* Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 207-210.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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