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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN EL XLIX CONGRESO NACIONAL
DE LA SOCIEDAD ITALIANA DE OBSTETRICIA Y GINECOLOGÍA
*

Sábado 5 de mayo de 1962

 

Queridos hijos e hijas:

El XLIX Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de Obstetricia y Ginecología ha contribuido con estudios y experiencias a profundizar en un tema de gran importancia, por sus aplicaciones también dentro del campo de la responsabilidad moral; queremos decir: el factor nervioso en la fisiopatología obstétrica y ginecológica con especiales relaciones a las afecciones psicosomáticas. En el curso de los trabajos os encontráis aquí, para recibir nuestro aliento y nuestra bendición; dones paternales que os ofrecemos de todo corazón, subrayando la circunstancia de ser esta vuestra primera reunión con el Papa como pertenecientes a dicha sociedad.

No es nuestra intención entrar dentro de los problemas científicos que interesen a vuestra noble y alta actividad. Por lo demás, la doctrina de la Iglesia os es bien conocida; y ha sido propuesta en numerosos documentos pontificios, y, en época reciente, comprendida por nuestro predecesor, Pío XII, de tan querida memoria. La doctrina está ahí, en toda su extensión y con toda la riqueza de soluciones que proponen. Sus seguras indicaciones alientan el cumplimiento de vuestra profesión, que exige, más que ninguna otra, peso científico y profesional, recta formación religiosa y moral y conciencia de las responsabilidades asumidas.

Vuestra actividad médica específica merece el nombre y el título de misión sagrada. Pues vosotros queréis servir a la persona humana en colaboración con la obra creadora de Dios.

El corazón se conmueve pensando que de vuestra fatiga paciente y prudente, que exhorta, ayuda, aconseja por todas partes, va a florecer una nueva existencia: en circunstancias de alegre esperanza, y tal vez de aprensión, de desaliento, de dolor y también de heroicas decisiones.

Este espectáculo, que se ensalza en la grandeza de la dignidad humana; llamada a cooperar con Dios mismo en la propagación de la vida, Nos deseamos contemplarlo a la luz del nacimiento virginal del Verbo eterno, de Aquél que, aún siendo Dios, quiso nacer en el tiempo para comunicarnos la gracia y la amistad con el Padre Celestial: "Largitus est nobis suam Deitatem” (Nos dio su divinidad.) En cada niño que nace al mundo para comenzar su camino de gozos y de dolores, revive la sonrisa y la inocencia divina del Infante de Belén, y con Él queda como aureolada su dignidad inalienable.

Es la visión, que se abre a la mirada conmovida al recitar el tercer misterio gozoso, en el que se evoca el encanto de aquel nacimiento inefable. Y como hemos comentado en otra ocasión al hablar de cada misterio del rosario mariano al pasar las Ave Marías encomendamos cada día a Cristo que nace la multitud innumerable de todos los niños —¡cuántos son!—, una multitud inmensa de todas las estirpes humanas que en las últimas veinticuatro horas, de noche y de día,. vienen a la luz en toda la faz de la tierra. ¡Cuántos son!, y todos, bautizados o no, todos pertenecen, de derecho, a Cristo, a este Niño que nace en Belén; son sus hermanos, llamados a proseguir su dominación, que es la más alta y la más dulce que se puede dar en el corazón del hombre y en la historia del mundo, la única digna de Dios y de los hombres: una dominación de luz, una dominación de paz.

Así, pues, queridos hijos e hijas, de esta luz, de esta ansiada paz quiere ser fiel instrumento vuestro trabajo, que de esta manera asume un valor sobrehumano.

Vuestros cuidados son con la persona humana redimida por Cristo Salvador, con la persona humana —decimos— que está siempre tendiendo hacia la eternidad. A las nuevas vidas, precioso don de Dios, hay que dedicar la tutela más generosa; y no sólo a los niños, sino también a las madres, que son ayudadas en su vocación desde el primer momento de espera de la prole, para que el curso de la maternidad no quede turbado por ningún desequilibrio síquico, goce del beneficio de una atmósfera serena y confiada., que la fe en Dios prepara y favorece. Aún más: toda la familia saca beneficios de vuestro trabajo médico, porque estáis en contacto con sus diversos miembros en distintas ocasiones; siempre es preciosa vuestra palabra, el parecer profesional unido a la práctica cristiana seria que, especialmente a los esposos, proporciona la gran luz del buen consejo.

Mientras algunos no desisten; sin embargo, de acentuar —lo decimos con íntimo dolor— los señuelos y las lisonjas del hedonismo, que intentan también justificar y revalidar con argumentos tanto más perniciosos por cuanto revestidos de aparente autoridad científica, vuestras convicciones y vuestro buen ejemplo son una gran fuerza en defensa de la familia y del bien de la humanidad. De esta manera, a la estima profesional de que gozáis, "se añadirá en el espíritu de aquellos que recurren a vosotros—como observaba Pío XII en 1951—la bien fundada persuasión de que el cristianismo convencido y fielmente practicado, lejos de ser un obstáculo a los valores profesionales, es un estímulo y una garantía. Aquellos verán claramente que en el ejercicio de vuestra profesión tenéis conciencia de responsabilidad ante Dios; que en vuestra fe en Dios encontráis el más fuerte motivo para asistir con tanta mayor entrega, cuanto mayor sea la necesidad; que en el sólido fundamento religioso encontráis la firmeza para oponer a las irracionales e inmorales pretensiones, de cualquier parte que vengan, un tranquilo, pero impávido e inamovible No". (Discurso a la Unión Católica Italiana de Obstetricia, 29 de octubre de 1951.)

Queridos hijos e hijas:

El augurio está envuelto en oración confiada, llena de ternura; para que estas convicciones profundas sean siempre la luz de la mente, del corazón, de la voluntad, del trabajo, y podáis en el ejercicio, con frecuencia silencioso del deber, y en la paz de la conciencia, contribuir eficazmente al gozo santo y veraz que surge en las familias, cada vez que nace un hombre al mundo (Cf. Jn 16, 21).

A este augurio y a esta oración pone sello nuestra alentadora Bendición Apostólica, que extendemos ante todo a los niños a que atendáis, a vuestros queridos familiares y a cuantos colaboran en vuestras bienhechoras preocupaciones.

 


*  AAS 54 (1962) 390; Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 240-243.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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