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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN LA PEREGRINACIÓN
DE ASTILLEROS REUNIDOS DEL ADRIÁTICO
*

Sala Clementina
Sábado 19 de mayo de 1962

 

Venerable Hermano:

Las conmovedoras y alegres palabras de los Astilleros Reunidos del Adriático han sido particularmente acertadas y emocionantes.

Estos queridos hijos de Trieste no podían tener un preludio más acertado al encuentro y al coloquio con Nos.

En vuestra vibrante voz. Venerable Hermano, hemos sentido el amor del Pastor. Y cuando, al final, habéis pronunciado los dos nombres de San Marcos y San Andrés, podéis imaginar lo que hemos sentido. A San Marcos le conocemos desde la juventud por las relaciones, durante más de cuatro siglos, de Venecia con Bérgamo, que hicieron las delicias de nuestros estudios e hicieron más espontáneo e inmediato el servicio episcopal al que fuimos llamados en 1953 en la ciudad, reina de los lagos y del mar.

Venerable Hermano: Sabéis que guardamos en el corazón dulces recuerdos de nuestras reuniones episcopales, primero en las laderas del Grappa y luego en Torreglia Alta; recuerdos alegres por los innumerables encuentros con los venecianos de triple denominación: Euganea, julia y tridentina. Clero celoso, buenas gentes, familias numerosas, piedad eucarística, y mañana tan destacada; el catecismo tan apreciado. ¡Cuánta riqueza y bendición!

Al nombre de San Marcos se ha unido hoy el de San Andrés, hermano de San Pedro, ambos marinos y pescadores. De San Andrés se cuenta que Jesús le amó en olor de suavidad: Dilexit eum Dominus in odorem suavitatis. Así os acogemos ahora en esta grande y bella Sala Clementina; os acogemos y os bendecimos in odorem suavitatis, como con paternal complacencia por lo que sois y representáis, por lo que hacéis y prometéis realizar.

Esto es suficiente, queridos hijos, para entendernos pronto y dar relieve a la Audiencia de hoy, con la mirada en la vuestra, con el corazón unido a vuestro corazón.

Vuestra peregrinación a Roma se ilumina con hondo sentido por el homenaje que habéis querido rendir a la Iglesia católica en el primer aniversario de la Encíclica Social Mater et Magistra. Os agradecemos el que hayáis venido a celebrar, en familia, esta fecha memorable.

Vuestro obispo ha querido decirnos que entre sus hijos de los Astilleros Reunidos se siente en su caso y ha venido a repetirlo al Sucesor del Pescador de Galilea, a Nos, que nos sentidos en casa con los que por tierra y mar, con el sudor santo, obtiene las primeras materias necesarias para el sustento.

Unamos todos, queridos hijos, la súplica al Padre celestial: "Panen nostrum quotidianum da nobis hodie".

El pan para todos, el pan fruto del trabajo, santificado con la oración, compartido justa y equitativamente con todos, sin restricciones ni demoras.

La encíclica social ha penetrado en el gran surco abierto por los Papas, nuestros Predecesores. En ese surco ha sido arrojada la simiente de la buena doctrina; en él han trabajado inteligencias despiertas, generosas voluntades. Hemos saboreado y saborearemos sus frutos. Palabras de luz, de concordia y fraternidad han vencido las oposiciones de este mundo, han querido apaciguarlos. Palabras enérgicas han condenado egoísmos y violencias; han estimulado el estudio riguroso y la acción prudente y animosa; han aprobado y favorecido la unión, de energías, de intereses comunes, de la actividad bien dirigida con miras a alcanzar nuevos objetivos.

Percibimos, queridos hijos, lo que hay en el fondo de la inquietud que a veces se adivina en el ambiente. En el fondo es la legítima aspiración de los más, empezando por los humildes e indefensos, viendo que todos los esfuerzos de la inteligencia y de la voluntad convergen en la edificación de una comunidad humana, iluminada por la luz divina y consciente de sus graves deberes con cada uno de los individuos, las familias y los pueblos.

La Iglesia católica no rehúye su deber de madre y maestra, Lejos de condenar, ansía presagiar días menos difíciles pata todos, más serenos para las familias, más edificantes para las nuevas generaciones. Se alegra cada vez que en las reuniones internacionales triunfan los principios del derecho natural y divino y son escuchadas las legítimas aspiraciones de los pueblos sin distinción alguna; todos admitidos en el único privilegio de servir a la persona humana, de favorecer el camino de la criatura hacia el encuentro con su Creador.

Vuestra presencia nos ha traído el testimonio de propósitos rectos y nobles que hacen ferviente este coloquio nuestro con vosotros. Los Astilleros Reunidos del Adriático quieren, por tanto, ser expresión y ejemplo de trabajo ordenado que, apoyado en la gracia divina, se inserte en el plano de la Providencia y de la Redención y se eleve como augurio de paz social e internacional.

Venerable hermano, queridos hijos: Conservamos en los ojos y en el corazón la encantadora visión de vuestra ciudad y del golfo de Trieste. Esta mañana releíamos algunas palabras pronunciadas en vuestra iglesia de San Antonio el 8 de julio de 1956 en la celebración del cuarto centenario de la muerte de San Ignacio de Loyola, y al ver las señales de aquella conversación más que discurso nos pareció oír la dulce invitación a repetiros la conclusión.

"A Cristo Jesús la gloria —repetíamos entonces—. El es verdaderamente admirable en sus santos, extraordinariamente admirable en San Ignacio de Loyola. Con su ejemplo nos edifica. Ante todo a no temer por la Santa Iglesia de Jesús. Jesús la conserva y en ella mantiene la misma fuente de la vida, del apostolado, del éxito del apostolado. Ella es combatida en diferentes países, a veces sufre mucho. Pero tras la tempestad viene la calma. Lo importante es que todos unan sus esfuerzos en la propia santificación, por la santificación de las familias y santificación del orden cívico-social.

"A las dificultades y tempestades debemos responder con la calma del Evangelio. Es natural que el que no cree en Cristo se oponga. El otro día leíamos en el Breviario algunas palabras de San Hilario, antiguo Padre de la Iglesia: "Los demonios se agitan al solo nombre de Cristo (Daemonia nomen Christi exagitar)". Dejemos que se agiten. Nosotros seguiremos bendiciendo al Señor Jesús en su nombre y en sus santos." Así hablamos con sencillez y ardor el 8 de julio de 1956.

Y esto basta, queridos hijos, para la serenidad y alegría de nuestro y vuestro corazón. Ahí está la encíclica social, acogida con amor por los hijos de la Iglesia católica, acogida con mucho respeto por otros innumerables hombres de buena voluntad. Ella es objeto de constante estudio y de aplicación deseada en todos los países del mundo. Nos no .nos cansamos de rogar por esto y os invitamos a hacer lo mismo. Por tanto, nada de miedo de dar y de darse, de atreverse y de progresar. Estamos al servicio de Cristo y a Cristo vemos en cada uno de nuestros hermanos.

De esta visión, que es amor grande de nuestro corazón y firme propósito de servir a la Iglesia universal, saca calor de afecto y de estímulo la Bendición Apostólica que impartimos sobre todos vosotros. Bendición que llevaréis a vuestros compañeros de trabajo, a vuestras queridas familias y a toda la amada ciudad de Trieste.


* Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 285-289.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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