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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN EL I CONGRESO INTERNACIONAL
DE LAS VOCACIONES SACERDOTALES
*

Sábado 26 de mayo de 1962

 

El espectáculo que presencian nuestros ojos, al saludaros paternalmente, reunidos aquí ante Nos, mueve nuestro corazón a las más consoladoras esperanzas.

De todas partes habéis llegado a Roma para estudiar en común los problemas que, sobre todo, despiertan la solicitud de los Sagrados Pastores. Nos referimos a los problemas de la divina vocación de los jóvenes al sacerdocio y de los cuales depende en gran parle el desarrollo de la Iglesia. Por lo cual, a todos os damos las gracias por haber asistido a este Congreso tan trascendental, y de modo especial agradecemos a la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, a cuyo celo y previsión se deben estos comienzos y cuyos trabajos ha expuesto tan brillante y afablemente el cardenal prefecto.

Vuestro Congreso ha reunido a miembros de todos los países, lo cual consideramos muy oportuno. En efecto, era muy conveniente que todos colaborasen en una causa que es común a todos, como lo demuestran las palabras del Divino Redentor: "Id y enseñad a todas las gentes" (Mt 28, 19), y en otro lugar: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo" (Lc 10, 2). "Tengo otras ovejas que no son de este redil" (Jn 10, 16).

Durante estos días hemos seguido con interés vuestros trabajos y sus resultados han colmado plenamente nuestras esperanzas. Por ello, puestos los ojos en el cielo, elevamos a Dios esta confiada súplica: "Señor, da a tu Iglesia sacerdotes santos, llenos de sabiduría, y apostólicos". Y esta súplica constituirá el tema del presente coloquio.

En primer lugar expongamos, por lo que a vosotros se refiere, el porqué es necesario pedir al Señor, sacerdotes santos.

No ignoramos el motivo que os ha impulsado a celebrar este Congreso. No habéis venido a Roma a lamentaros y quejaros inútilmente, sino a recibir de este Congreso fraternal saludables estímulos y ánimos y a poner en común la experiencia de gratos y saludables frutos.

No ignoramos las muchas dificultades con que ha tropezado vuestra santa tarea. Con todo, procurad que no decaiga vuestro ánimo o se incline a temer los males más de lo justo, lo cual ni conviene ni es oportuno. ¿Acaso no nos exhorta nuestro Redentor a rogar al Señor de la mies que envíe operarios a su campo? Por eso, elevemos continuas súplicas a Dios y confiemos en que tendrán feliz cumplimiento.

Por lo demás, los recientes métodos indiscutibles de educación de la juventud, las experiencias realizadas durante largos años, los testimonios de los sabios, y particularmente el magisterio vivo de la Iglesia, vienen a confirmar a los que se entregan a reclutar y escoger vocaciones sacerdotales.

Pues bien: para mover los ánimos y granjearnos la simpatía del pueblo cristiano hay algo en nuestra mano que no puede fallar, y es la santidad de que debe estar adornada la vida sacerdotal.

A este respecto, permítasenos evocar —como lo hicimos en otro lugar— algunos gratos recuerdos.

Desde nuestra infancia no deseamos otra cosa sino consagrar nuestra vida al sagrado ministerio. Mas, antes de realizar nuestro propósito, a nadie dijimos una palabra, ni siquiera a nuestra piadosísima madre ni al párroco del lugar, varón muy santo.

No obstante, mucho nos ayudaron las costumbres de la vida cristiana, que florecían en nuestra familia y los luminosos ejemplos de los sacerdotes, hasta el extremo de concebir desde la infancia una alta idea de la dignidad sacerdotal.

Estos días habéis abordado, entre otros, los problemas de la familia, de la parroquia y de los que se dedican en las diócesis a la obra del fomento de vocaciones sacerdotales.

Todos ellos tienen el grave deber de demostrar claramente con el ejemplo de su vida, observancia y amor a los ministros de Dios la gran estima de la dignidad sacerdotal y cuán santamente deben ejercer los santísimos ministerios a ellos confiados. Si así lo hacéis, vuestros trabajos y comienzos tendrán los resultados esperados. En efecto, la grandeza y hermosura del sacerdocio atraen el corazón de los jóvenes hasta el punto de que, si ven debidamente honrados en la familia a los ministros del Señor, corresponderán espontánea y generosamente a la divina vocación.

En segundo lugar, hemos pedido al Señor que envíe a su Iglesia sacerdotes llenos de sabiduría y apostólicos.

A este respecto queremos manifestaros nuestros sentimientos.

El sacerdote tiene que estar tan afianzado en la santidad de vida propia de su estado, que brille por el estudio de las cosas divinas lo mismo que por la castidad, la piedad, la pobreza y el celo dócil. Estas virtudes, además de adornar convenientemente las almas sacerdotales, son también útiles para atraer a los jóvenes al sacerdocio y hacer que se alcance aquel equilibrio y perseverancia que no pueden hacer desaparecer ni las vicisitudes del tiempo ni el cambio de situación.

Por tanto, procuren los sacerdotes que la corrupción del mundo no menoscabe esta santidad. Vigilen también los menores impulsos, no tan buenos, del alma que se cree erróneamente no merecen atención y son inocuos. Pues tales malas hierbas, si no se extirpan a tiempo, serán causa tal vez, en el correr de los años, de ruina espiritual.

Finalmente, tengan cuidado los sacerdotes de no darse demasiado al activismo y obras exteriores del ministerio. Este celo imprudente, al llevar paulatinamente al alma a la pobreza, es incapaz de procurar el bien de la parroquia y de la diócesis  y perjudica gravemente a las vocaciones sacerdotales, Pues ¿cómo van a comprender los jóvenes la gravedad del ministerio sacerdotal si, observando a los sacerdotes, no ven en ellos un ejemplo de perfección que imitar? Recuerden muy bien los sacerdotes que, para dar este perfecto ejemplo de santidad, tienen como principal misión: 1).Celebrar dignamente la santa misa; 2) Predicar la palabra de Dios; 3) Administrar los sacramentos; 4) Asistir a los enfermos, especialmente a los moribundos; 5) Enseñar a los ignorantes en la fe y rechazar lo que no es necesario para cumplir estos ministerios, o, a lo sumo, tolerarlo.

Hemos querido, venerables hermanos y amados hijos, manifestaros estos sentimientos paternales. Afianzados por las exhortaciones del humilde Vicario de Cristo, seguid trabajando incansablemente —conforme venís haciendo— en las obras a que os dedicáis.

 


* AAS 54  (1962) 450;  Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 290-294.

 

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