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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS MIEMBROS DEL COMITÉ PERMANENTE
DE LAS ASOCIACIONES CATÓLICAS
PARA LA FORMACIÓN PROFESIONAL
*

Viernes 1 de junio de 1962

 

Queridos hijos:

El Congreso Nacional de Estudio organizado por el Comité Permanente de las Asociaciones Católicas para la formación Profesional merece manifestemos viva complacencia por el significado que vuestra presencia reviste y por el objeto al que se dirigen vuestras solicitudes. Ante todo es digna de alabanza vuestra Unión, que aviva y refuerza todas las instituciones promovidas en este terreno por la Acción Católica, Social y Asistencial de los católicos; promovidas, además, por las Congregaciones religiosas que particularmente en los últimos cien años se han distinguido en el servicio de instrucción y educación de la juventud obrera. Habéis formado, pues, un organismo único para dar precisión a vuestra actividad que se dirige a la formación religiosa, moral y profesional de las jóvenes fuerzas del trabajo, El mismo Congreso es fruto y símbolo de aquella unión de propósitos de la que nació vuestro Comité.

De hecho, la presencia de los católicos en la vida social es cada vez más notable y concreta, oportuna y eficaz. En verdad, hay que dar gracias al Señor por el florecimiento de empresas que solamente hace algunos decenios parecían irrealizables. Hoy ya no se trata de leer respetuosamente los documentos sociales de la Iglesia; hoy los católicos están comprometidos en traducirlos en la realidad de la vida moderna y en hacer que penetren en la legislación social para bien de toda la humanidad.

Con todo, en la multiplicación de las iniciativas puede uno correr el peligro de dispersar las energías, disiparlas y disminuir su fecunda eficacia. Este peligro reside en todas las obras, incluso teniendo la misma finalidad son independientes unas de otras; de este modo acontece que los resultados no corresponden a los propósitos y a los esfuerzos hechos generosamente.

Unidad de acción. ¡Es la palabra que resuena con frecuencia en la enseñanza social de la Iglesia desde las proféticas palabras de nuestro Predecesor León XIII a los Círculos Obreros de Francia en 1885: «Queremos esperar que todos los católicos influyentes, siguiendo vuestro ejemplo... tratarán de unirse en el mismo espíritu para trabajar acordes en la aplicación y desarrollo de los principios cristianos en todas las clases sociales y muy especialmente para mantener las instituciones de obreros y todas las que tienen por fin favorecer la educación religiosa de la juventud en el pueblo» (Alocución del 24 de febrero de 1885, Leonis XIII P. M., Acta, Roma, 1886, 5, pág. 190).

Esta mañana tenemos el consuelo de acoger a los representantes de un Comité permanente que, aun en la diversidad de las Asociaciones, une sus esfuerzos hacia una meta común. Las invitaciones del Magisterio Pontificio han suscitado en vuestro corazón pronta y eficaz adhesión. En la Iglesia vosotros sois energías nuevas, junto a las familias religiosas en las que continúan en formas nuevas el ansia de apostolado comunicada por los fundadores, se hallan las organizaciones del apostolado de los seglares. Cada una tiene su autonomía y conserva las características propias porque unidad no quiere decir uniformidad sin distinción. Y todas actúan conjuntamente haciendo converger la actividad hacia un fin común, noble y útil.

Estamos seguros que con la ayuda del Señor vuestro trabajo tendrá buenas y edificantes afirmaciones. Sin embargo, es muy verdadero que queda mucho por hacer todavía. Es necesario ahondar en los temas de estudio, acrecentar las empresas existentes para que puedan consolidarse; desarrollar otras donde sea necesario. El campo en que trabajáis como todos los organismos vivos ofrece siempre mayores exigencias y exige ductilidad, rapidez en las intervenciones, incansable celo.

La fuerza de vuestra unidad de acción sabrá superar todas las dificultades. Nos deseamos, además, que el número de las Asociaciones unidas crezca más con el fin de que se pueda desarrollar un trabajo más provechoso.

Deseamos también expresaras nuestra complacencia por el objeto de vuestras solicitudes: la formación profesional de los jóvenes.

Vuestra obra no sólo tiene grandes repercusiones sociales sino que es apostolado y añade un capítulo nuevo a la apologética. Vosotros dais prueba de las maternales solicitudes de la Iglesia por las exigencias del mundo obrero.

Como dijimos en el encuentro con los Astilleros Reunidos del Adriático, el 19 de mayo pasado «la Iglesia católica no rehúye su deber de madre y maestra. Lejos de condenar ansía presagiar días menos difíciles para todos, más serenos para las familias, más edificantes para las nuevas generaciones».

Vosotros preparáis estos días y el ojo previsor sabe escudriñar las señales precursoras que incluso en el terreno social aseguran un futuro más luminoso. Lo que hoy realizaba en unión de propósitos y simultaneidad de obras nos da esta seguridad: las nuevas fuerzas que continuamente se introducen en el mando del trabajo estarán más preparadas espiritual y técnicamente para la vida que les espera.

Ciertamente, vuestra obra se enfrenta con problemas graves. Baste pensar en el número de aquellos, en vuestro país cerca de medio millón al año, que entran en la industria, en el artesanado, en los servicios, en la agricultura. Son jóvenes e incluso muy jóvenes, que de la familia se ven trasladados a un ambiente nuevo para el que no están preparados ya desde el punto de vista psicológico, ya con frecuencia también desde el técnico y profesional. Surgen otros problemas, se toman diferentes actitudes, se afrontan las primeras contrariedades. ¿Quién les dará la fuerza de convicción a estas almas juveniles para permanecer fieles a los propios propósitos, para imponerse con el prestigio del talento, de la preparación y de la dignidad personal, para defenderse de los peligros ideológicos cuando los vínculos con la familia y la parroquia disminuyen o ya no son los de antes?

Esta es la tarea de las Asociaciones, que representáis con autoridad. Las escuelas profesionales, de artes y oficios, los centros de aprendizaje que sostenéis tienen la responsabilidad de ofrecer a esta juventud la armadura espiritual de que hablaba San Pablo en la Carta a los Efesios; de dar una formación profesional que abarque a todo el hombre y forme su mente y corazón. Se trata no sólo de hacer buenos obreros sino de fortalecer a cristianos convencidos que reviven constantemente el Sacramento de la Confirmación en el ejercicio armonioso de todas las facultades espirituales.

Son necesarias grandes ideas que penetren en las mentes suscitando en ellas ardor de verdad bien aprendidas para que en el ambiente de trabajo puedan vivir con tranquilidad la propia grandeza de hijos de Dios; es oportuna la presentación de la doctrina cristiana en forma sencilla y persuasiva que ofrezca una visión uniforme del Credo y del Decálogo; es necesario exponer a grandes rasgos la enseñanza social de la iglesia, cuyo conocimiento abre vastísimos horizontes al apostolado; tampoco deben faltar los elementos de una plena formación cívica y de una sana cultura general para que el joven trabajador se incorpore dignamente al cuadro de la vida pública. Tales elementos unidos a una conveniente preparación técnica y profesional darán confianza a los jóvenes trabajadores haciendo que se anticipen en el trabajo con las afirmaciones a que tienen derecho.

No parezca vasto el ámbito de semejante formación. Cuando se exige todo, se recibe mucho. Los jóvenes son generosos. No se contentan con posturas trasnochadas; tienen ansia de conocer y ahondar, que se estimula. Con sólida preparación sabrán revelar posibilidades insospechadas de que podrán alegrarse la Iglesia y la sociedad.

Queridos hijos: Id, pues, a los jóvenes solícitamente, que desconocen estrechez y costumbre. Sabed secundar y mantener el desarrollo de estos hermanos vuestros que la Providencia os confía para que en el mundo del trabajo resplandezca la dignidad de los hijos de Dios y de la Iglesia, que quieren formar dirigentes y colegas competentes y serenos y esparcir en torno suyo el buen olor de Cristo (2 Co 2,15).

En el esfuerzo cotidiano, sírvaos de consuelo saber que nuestra oración os acompaña y pide por vosotros la constante asistencia divina. El campo está repleto de promesas y con la ayuda omnipotente del Señor es grande el premio que se os ofrece. Las nuevas falanges de trabajadores cristianos que salen cada año de vuestras escuelas os serán motivo de consuelo y prenda de tantos méritos.

Para reforzar estos votos paternales descienda sobre vosotros, sobre vuestras Asociaciones e Institutos y sobre toda la juventud trabajadora, a la que se dirigen vuestras solicitudes, nuestra propiciadora Bendición Apostólica que quiere confirmares en todo santo propósito.

 


* AAS  54 (1962) 458; Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 310-315.

 

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