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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN XXIII
EN EL VI CENTENARIO DEL COLEGIO INGLÉS DE ROMA
*

Sala del Consistorio
Viernes 15 de junio de 1962

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

Fiesta grande y solemne la de hoy en la que se celebra el VI centenario de la fundación de aquel antiguo hospicio que dio origen al Colegio Inglés.

Es siempre un consuelo para el Papa recibir a sacerdotes y jóvenes seminaristas. Pero es aún más sentida la emoción cuando los recuerdos históricos y la realidad actual presentan un conjunto de flores de esperanza. Vosotros nos traéis el latido de fe de todas las generaciones sacerdotales de vuestra noble tierra, que a lo largo de los siglos se han formado en esta Roma de los apóstoles y de los mártires. Ahora os miran a vosotros vuestros hermanos que en la patria cumplen, con celo y entrega, su ministerio, y está con vosotros el corazón de los católicos de Inglaterra, antes permitídnoslo decir, está con vosotros la simpatía respetuosa de todo aquel pueblo que desde tiempos remotos han considerado a esta ciudad como la patria común.

Recientes encuentros en esta casa de los Papas, tanto con personalidades de vuestro país como también con representantes de diversas clases de ciudadanos —eclesiásticos y seglares—, han dejado suaves recuerdos en nuestro ánimo, al tiempo que suscitaban favorables comentarios en la opinión pública de todo el mundo.

En los días pasados hemos examinado con interés las noticias históricas sobre la fundación del hospicio de la nación inglesa, sobre el lugar en que surgió después vuestro venerable colegio. En esta historia se encuentran recuerdos de personas y actividades que hacen honor a vuestra patria.

Basta pensar en el impulso que el 27 de enero de 1362 movió a vuestros antiguos connacionales a adquirir una casa para destinarla a los pobres, enfermos, necesitados y desgraciados que venían de Inglaterra a la Ciudad; sin hablar de la piedad religiosa, que levantó a su lado el templo en honor de la Santísima Trinidad —del que un siglo más tarde hace mención la bula de nuestro predecesor Eugenio IV, de 1446—, dedicándolo también a Santo Tomás de Canterbury, constituido en centro de irradiación espiritual. Pues allá, como se dice en la citada bula, se reunían muchos de la corte romana y de la nación inglesa para asistir a las sagradas funciones; allí se prodigaban fraternales cuidados a los peregrinos, cada vez más numerosos, entre los que se cuentan hombres ilustres de la Iglesia, de las letras y de las artes.

Los soberanos de Inglaterra, por su parte, quisieron estrechar las relaciones de la Casa Real con el hospicio multiplicando las pruebas de protección y benevolencia, por lo que éste adquirió un creciente florecimiento. Y después de los acontecimientos del siglo XVI, el hospicio, confiado por el Papa Pablo IV primeramente al cardenal Reginaldo Pole, continuó su misión de caridad y de beneficencia, sirviendo de tranquilo refugio y alivio de los exiliados.

Lo que especialmente resalta en estos acontecimientos es la providente sensibilidad apostólica, que, de cara a las nuevas exigencias de una situación tan delicada, supo transformar el hospicio en un cenáculo de almas sacerdotales. La Santa Sede puso allí sus cuidados por medio de nuestro predecesor Gregorio XIII, que el 1 de mayo de 1579 promulgó la bula de fundación del venerable Colegio inglés, destinándolo a la preparación de los jóvenes seminarista, dispuestos a entregarse a las almas y a profesar una fidelidad incondicional a la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

El Colegio, por expresa voluntad del Papa, continúa abierto a todos los peregrinos, ilustres o modestos, aquí llegados por el antiguo amor hacia la patria común. Y en esta patria era y es aún la casa romana de todo inglés que llega aquí. Lo notaba en 1818, apenas llegado a Roma, el joven estudiante Nicolás Wiseman, que treinta y dos años después sería nombrado cardenal por Pío IX: "Nos sentíamos en seguida en casa..., era tierra inglesa, una parte de la patria, una heredad restaurada".

¡Qué bellas palabras, queridos hijos! Encierran el significado histórico de vuestro Colegio, que es la más antigua institución inglesa existente en Europa fuera de Inglaterra.

Estos seis siglos de historia, que recordáis con agradecimiento a Dios, comenzaron, y continúan, bajo la triple nota de la caridad, del apostolado y del testimonio. Es la efusión del Espíritu Santo sobre toda la Iglesia, el don que El envió a los apóstoles: "Verbis ut essent proflui, et caritate fervidi" (Para que fueran elocuentes en sus palabras y fervientes en la caridad) (Himno de Laudes de la fiesta de Pentecostés).

Es bello contemplar la obra ininterrumpida del hospicio, y de su sucesor el Colegio, bajo esta luz continua del espíritu, luz de caridad, que se da todo a todos. (Cf. 1Co, 9, 22), que se alegra con el que se goza y llora con el que sufre (Cf. Rm 12, 15); caridad que se entrega a todos, indistintamente.

Luz de apostolado, que brilla en la cooperación ofrecida con toda generosidad en pro de la formación de los sacerdotes del Señor, para que sean santos y santificadores, espejo de la vida del cielo, ejemplos de entrega heroica a las almas.

Luz de testimonio, aún del testimonio cristiano del sacrificio de la vida al que ha sido llamado una larga serie de sacerdotes de vuestro Colegio: desde el protomártir Ralph Sherwin hasta los cuarenta y cuatro que inmolaron su vida por la fidelidad a la Iglesia romana, y a los ciento treinta encarcelados por el mismo motivo.

Venerables hermanos y queridos hijos. En esta luz se transfigura hoy vuestro gozo. Sobre el surco abierto por vuestros padres, proseguid con plena confianza en Dios. Cuando el camino está marcado de tan sagradas etapas es más alentador el ponerse en marcha y más seguro el recorrerlo, sostenidos por la misma fuerza de aquellos que fueron los primeros, al mismo tiempo que la gracia celestial se derrama suavemente en los corazones.

Bajo el signo del Concilio Ecuménico os esperan nuevas tareas también a vosotros. Seréis invitados a prestar vuestros servicios sacerdotales en una época histórica, en la que la acción apostólica de la Iglesia quiere ser más penetrante, y sabe encontrar corazones dispuestos y generosos, como en el tiempo del primer Pentecostés, aún queremos volver a repetirlo: "Verbis proflui, caritate fervidi" (Elocuentes en sus palabras y fervorosos en la caridad).

En el pasado el venerable Colegio inglés se ha distinguido por su fidelidad a la Iglesia y por los frutos que ha producido con fecundidad inagotable; ahora, estamos ciertos, él querrá ofrecer por medio de vosotros prontas energías, inteligencias preparadas y corazones ardientes. Y el clero de la noble nación británica continuará con tranquilidad y gracia su misión de caridad, de santificación de trabajo eficaz.

Que os acompañe siempre el título litúrgico del templo de Roma, junto al que perfeccionáis vuestra formación, el título de la Santísima Trinidad, y que os anime la protección del glorioso arzobispo Santo Tomás y la de todos vuestros mártires y confesores, a la par que es prenda de las celestiales complacencias la bendición apostólica que de todo corazón concedemos a los aquí presentes, a los ex alumnos del venerable Colegio inglés y a vuestra querida patria.

 


* Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 358-362.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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